divendres, 22 de juliol de 2016

Abel y Caín revierten el mito



Marc Artigau i Queralt, si bien había realizado ayudantías de dirección en montajes importantes, así como dramaturgias que le habían valido premios como el de la Crítica por su adaptación de L’orfe del clan dels Zhao, por ejemplo, hasta la fecha había estrenado siempre en salas alternativas, pequeñas, como la Flyhard o la Beckett. Pero esto ha cambiado con su último montaje, Caïm i Abel, producido por La Perla 29 y que puede verse aún hasta el 24 de julio en el teatro de la Biblioteca de Catalunya, sede de la compañía dirigida por Oriol Broggi, con quien Artigau ha trabajado en varias ocasiones.

Caïm i Abel es una pieza ambiciosa, tanto por su contenido como por su duración, de más de tres horas, que cuenta la historia de dos generaciones, de dos mundos que se enfrontan, de dos hermanos (que no son Caín y Abel). Es, por un lado, una historia familiar y, por otro, una historia sobre la inmigración que golpea a Europa en los últimos años. Con una clara influencia de aquel maravilloso texto de Wajdi Mouawad, Incendios, Artigau busca un lenguaje propio para presentar una obra cercana a un relato épico contemporáneo, a un fresco de más de diez personajes presentado en dos partes.

En la primera, se recrea a través del recuerdo de Caín (el versátil Marc Rodríguez) su adolescencia en el pueblo, antes de que su padre −entrañable y magistralmente interpretado por Lluís Villanueva− enfermara, con su madre (Berta Giraut), su hermana (Clara de Ramon) y el recién llegado Set (Sergi Torrecilla), un inmigrante al que acogen. La segunda parte, situada años después, presenta a dos muchachos, Abel (Sergi Torrecilla) y Lilith (Clara de Ramón), que pertenecen a la siguiente generación inmigrada y que logran con dificultades cruzar las fronteras del país al que desean llegar para encontrar al padre del chico, un Set ya entrado en años, interpretado en esta segunda parte por Jordi Figueras.

El entrelazado de casualidades y causalidades de los destinos de los personajes llega a resultar, sobre todo en la segunda parte, un tanto forzado y un poco inverosímil en algunos momentos. La obra, por más que resulte interesante tanto por la historia como por su planteamiento escénico, podría haberse contado igual en menos tiempo, llegando incluso a eliminar ese entreacto que reparte de manera desigual el contenido de ambas partes, surcando de detalles la primera y quedando un tanto huérfana la segunda, en la que el espectador ya conoce los antecedentes de lo ocurrido a este lado de la frontera.

Sin embargo, la buena dirección del montaje, también en manos de Artigau; el trabajo de los intérpretes, en el que sobresalen los tres hombres protagonistas (Villanueva, Rodríguez y Torrecilla); y la creación del espacio escénico, lumínico y sonoro, obra de Sebastià Brosa y Josep Iglesias, de David Bofarull y de Joan Solé, respectivamente, hacen de Caïm i Abel una buena e interesante propuesta teatral −como no podía ser de otro modo llevando el sello de La Perla−, con momentos conmovedores y fragmentos lacerantes.

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Por Esther Lázaro -  Sábado, 16 | julio | 2016
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