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18 d’octubre 2018

Rusiñol a lo grande en el TNC con Els Jocs Florals de Canprosa



El Teatre Nacional de Catalunya se ha trasladado momentáneamente al mítico restaurante Els Quatre Gats para presentar Els Jocs Florals de Canprosa. El espectáculo inaugural de la temporada es uno de los principales señuelos del Epicentre Rusiñol, cuya intención es la de mostrar al autor como un gran reformador del teatro, así como sus formas y puntos de vista contemporáneos.

Xavier Albertí ha introducido el acto acompañado por Raül Garrigasait, Eduard Vallès, Jordi Prat i Coll y Dani Espasa. Juntos han explicado las distintas actividades en torno al autor y a la representación teatral. Además de varias publicaciones literarias y de distintas conversaciones y coloquios serán las siguientes: Estat d’excepció. Canprosa l’any 1902 (exposición en el vestíbulo principal que se podrá ver del 4 de octubre al 31 de diciembre y que recuerda la polémica a raíz del estreno de la obra en el Teatre Romea), proyección de Le Bal (película de Ettore Scola de 1983 que se podrá ver en la Filmoteca de Catalunya el 31 de octubre) y L’any de la picor (concierto escenificado de la pieza de Enric Morera y Rusiñol con dirección de David Albet y a cargo de la ESMUC que se interpretará en la Sala Gran el 4 de diciembre).

Celebramos el feliz reencuentro con Orationibus #SR, un apasionante concierto performance de Albert Arribas a partir del libro de Rusiñol. En esta ocasión lo podremos ver en el Museu Nacional d’Art de Catalunya del 20 al 23 de noviembre. Precisamente, Eduard Vallès ha destacado del artista que es de los pocos que por sí solos puede explicar una época, así como la teatralidad de su vida. Entre todos también han destacado su relación con Picasso o Josep Pla, entre otros.

Garrigasait ha dado algunas pincelada sobre su libro El fugitiu no se’n va. Santiago Rusiñol i la modernitat. El autor desarrolla en esta obra narrativa la figura de Rusiñol como primer artista moderno de Cataluña y explora su relación con la modernidad y la bohemia parisina. Cómo se traduce y transfiere esta atmósfera y su capacidad para captar sensibilidades son ejes transversales de la novela, así como los conflictos entre el artista moderno y el individuo, el estado o los cambios sociales. Publica Edicions de 1984. Albertí también ha aprovechado para presentar el libro Teatre polèmic, que se lanza al mercado el mismo día del estreno de la función. El volumen incluye las obras Llibertat! (1901), Els Jocs Florals de Canprosa (1902), L’Hèroe (1903), El Místic (1903), El bon policia (1905) i La“merienda”fraternal (1907) y está prologado por Margarida Casacubierta. En este caso, publica L’Avenç.

Para presentar Els Jocs Florals de Canprosa, Prat i Coll se ha centrado en explicar cómo ha planteado el espectáculo teniendo en cuenta que el Teatre Nacional de Catalunya es un servicio público. Entiende que ha de haber una parte pedagógica (como la hubo con Sagarra y Pitarra en anteriores trabajos vistos en la casa). “Hay que ofrecer la pieza con la calidad que consideras que tiene”, ha dicho. En este caso, “un diálogo con la polis de Cataluña”. Para el dramaturgo esta oportunidad supone la culminación de muchos años indagando en lo que se puede y se debe hacer con los clásicos. Lamenta que no despierten la fascinación que debería residir en nuestra popularidad. “No hace falta colocar demasiados espejos” y ve en algunos aspectos de la función una metáfora sobre el momento político actual.

El proceso de creación se ha estructurado a partir de la investigación de la vida y obra de Rusiñol y de la creación de un equipo sólido. La coreografía corre a cargo de Montse Colomé y la escenografía de Laura Clos “Closca”, que ha diseño un “envelat” donde todo es posible y que permite explotar toda la teatralidad de la pieza. Para la parte musical ha querido incluir canciones de la época (en catalán y no). Obviamente estará presenta el trabajo de Enric Morera, pero también el sonido del Paral·lel, Carles Santos, Albertí o Els Joglars. Prat i Coll considera que “ni la derecha de la izquierda de nuestro país no saben qué hacer con la cultura”.

Para explicar esta historia de “gente tocada por la poesía en un lugar que se llama Canprosa” ha querido ampliar el original (especialmente con la parte musical, pero también con fragmentos de otras obras de Rusiñol) sin que el público lo perciba durante el visionado y ha explotado la comedia a partir de la verbo y no de la construcción de personajes, algo que mantiene del original. “Los catalanes estamos hechos de una pasta que hemos encontrado en el humor anglosajón un filtro para nuestras frustraciones”. Sardanas, Rocío Durcal, Manolo Escobar y la posibilidad de ganar una botella de cava o un jamón nos esperan en la Sala Gran a partir del 4 de octubre.

Espasa, director musical del espectáculo, ha explicado que la propuesta supone una verdadera maratón con más de 30 canciones. Músicas reconocibles que se interpretarán durante los 4 cuadros en que se divide la obra. No hay composiciones originales pero sí que se ha cambiado alguna letra y se han realizado arreglos para dotar de unidad al espectáculo. Ha alabado la versatilidad de los 5 músicos que le acompañan en la orquesta (Joan Aguiar, Gregori Ferrer, Martí Hasta, Xavier Lozano y Dick Them) y del coro (Lorena García, Oriol Guimerà, Mariona Llobera, Alba Quinquillà, Queralt Sales y Víctor Vilca), que en el último cuadro adquiere especial protagonismo. De la obra destaca su naturaleza coral, donde cada uno de los personajes tiene su momento de protagonismo.

De este modo, un extenso reparto que integrado por Clara Altarriba, David Anguera, Albert Ausellé, Rosa Boladeras, Jordi Coll, Ana Domínguez, Francesc Ferrer, Oriol Genís, Àngels Gonyalons, Oriol Guinart, Jordi Llordella, Anna Moliner, Albert Mora, Albert Pérez, Mireia Piferrer, Kathy Sey y Yolanda Sey promete sorprendernos con solos, duetos, cuartetos y momentos de interacción colectiva.

En palabras de Prat i Coll, “un espectáculo-experiencia trabajado desde la libertad (creativa) y la disciplina”. Albertí ha cerrado la presentación con la última réplica de una de las obras de Rusiñol: “La revolució no es fa amb xefles. La revolució es fa anant a escola”.

Els Jocs Florals de Canprosa puede verse en la Sala Gran del 4 de octubre al 11 de noviembre de 2018. Puedes conseguir tus entradas en la web del Teatre Nacional de Catalunya.

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23 de març 2016

Cinco hermanas para el recuerdo



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17 de març de 2016

Ferran Utzet lo ha conseguido de nuevo. Tras su montaje de “Translations” en 2014, el dramaturgo vuelve al mismo autor y al mismo espacio con uno de los platos fuertes de la temporada teatral.
Tres son los motivos principales por los que DANSA D’AGOST supone un punto cumbre dentro de la trayectoria teatral de La Perla 29 y de su esfuerzo por situar la Biblioteca de Catalunya como una de las salas referenciales de Barcelona.
En primer lugar, por la línea de continuidad que Utzet traza desde su anterior montaje, siguiendo con la voluntad del autor de ambos títulos. En “Translations”, Brian Friel situaba la acción en un pueblecito imaginario llamado Baile Beag (condado de Donegal, noroeste de Irlanda). La llegada de un regimiento de geógrafos militares trastocaba la esencia toponímica de la región, ya que su misión era encontrar un nombre inglés a los originales irlandeses. Eso sucedía en 1833.
En DANSA D’AGOST, nos situamos en 1936, en la misma aldea, ahora ya llamada Bally Beg. Este pequeño detalle es clave. Realmente, el espacio temporal nos remitirá a muchos años después de esta fecha, ya que será Michael (Albert Triola) el que explicará al público sus recuerdos de aquella época, convirtiéndose a momentos en el niño que era entonces y participando de ellos.
El espacio escénico de Sebastià Brosa y Elisenda Pérez separa al público en dos gradas pero no hace lo mismo con la escenografía. Lo mismo sucede con el movimiento de los intérpretes sobre el mismo (gran labor de Marta Filella). No habrá dos espectadores con la misma perspectiva del mismo modo que los recuerdos son intrínsecamente individuales para cada persona. DANSA D’AGOST no tiene una trama propiamente dicha. A partir de estos recuerdos, Michael desgranará algunos momentos destacados del pasado de su familia. Aquéllos en los que parece hallar las respuestas al porqué de la infelicidad y el desarraigo de sus ascendientes. Al fin de su harmonía familiar. A las posibles conclusiones de cada uno se llegará a partir del contraste y contraposición entre actitudes y personajes. Cada una de las cinco hermanas Mundy será más o menos víctima de los constructos sociales adscritos a un comportamiento católico que se supone incuestionable, pero que será fuertemente confrontado por el estado anímico de todas ellas. La escenografía se ha trabajado desde el punto de vista de Michael y este es un detalle que aunque puede llegar a desconcertar resulta imprescindible para que entendamos cómo el personaje se enfrenta a sus recuerdos. La falta de frontalidad, siempre de lado, asimila su actitud al punto de vista de la platea.
En este nivel es imprescindible el rastreo de “Translations”, ya que veremos que lo que ahora (1936) parece inamovible no siempre ha sido así. En 1833 vinieron unos extranjeros a nuestro mismo lugar y construyeron e inventaron cómo sería nuestra identidad en el futuro. Utzet ha mantenido su trabajo de entonces, así como Guillem Gilabert el suyo en la iluminación, Damien Bazin en el espacio sonoro y Annita Ribera en el vestuario. Todos ellos, junto Brosa y Pérez, han conseguido fijar en nuestra retina lo visto entonces de un modo similar al inherente en toda la obra, a partir de la mirada, la nostalgia y el recuerdo. En el proscenio vemos la cocina y sala de estar, así como el jardín. Pero la amplitud del fuera de campo (o fuera de escena) adquiere en DANSA D’AGOST una importancia especial. El exterior de la Biblioteca se transformará en nuestra mente en el corral de los Mundy, pero el camino imaginario que lleva al exterior de la casa (detrás de una de las gradas) nos situará mentalmente en el marco geográfico tan relevante en el título anterior. El exterior no tendrá cabida en la escenografía y la sensación de opresión de los personajes será compartida en todo momento por el público.
En segundo lugar, se ha hablado mucho del montaje que Pere Planella dirigió de la misma obra en el Teatre Lliure en 1993. Por los nombres implicados entonces y por el recuerdo que tanto el público como muchos de los profesionales que intervienen aquí conservan todavía hoy, la apuesta era no por intrépida menos estimulante. Utzet ha convertido lo que podría haber resultado un hándicap en una de las mayores bazas de su espectáculo, evitando cualquier rivalidad o relación de interdependencia, pero sí amplificando la esencia metateatral del material de Friel. Como hemos dicho, DANSA D’AGOST trata, entre otras muchas cosas, de la nostalgia por el tiempo pasado, el conocimiento de uno mismo, los orígenes…
Y Utzet nos regala con este montaje la posibilidad de participar de un ejercicio similar al del personaje de Michael. Tanto al público de 1993, como al que no lo vio, como a los intérpretes de 2016. La puesta en escena nos convierte de nuevo a todos los implicados en aquella persona que éramos hace más de dos décadas y nos sitúa ante un espejo invisible que permite contemplar con ojos más experimentados lo que buscábamos ante una representación teatral. Evasión como público, identidad como espectadores, profesión y oficio como intérpretes, compañía y aprendizaje de algunos nombres referenciales todavía hoy… Por la originalidad que esto supone y por la espontaneidad con la que sucede y especialmente por el vahído sentimental que provoca, DANSA D’AGOST merece una de las ovación más atronadoras de la temporada.
Finalmente, las actrices y actores. La mayor parte de las escenas en las que se divide la obra son recuerdos, evocaciones, quizá alteraciones de lo que realmente sucedió, y así lo han entendido todos los implicados. Las interpretaciones son realmente sensacionales y, a pesar del dramatismo descorazonador, de una vitalidad que consigue transmitir una alegría que eleva los corazones de todos los presentes a esa sensación extática y catártica que buscamos cuando acudimos a una representación teatral.
Todos los personajes tienen que pasar por el punto de vista de Michael. Albert Triola se desdobla en el niño que fue con una naturalidad que consigue que su condición infantil nos resulte verosímil desde el primer momento. Su yo adulto es muy distinto y el actor consigue transmitir toda la fragilidad y desnudez del personaje, mostrándonos a un Michael completamente sobrepasado. Òscar Muñoz interpreta a Gerry (padre de Michael) bajo la mirada irreal e idealizada de su hijo sin caer nunca en el tópico o lugar común y transmitiendo siempre una humanidad que puede costar ver en su personaje en un principio. A su vez, Ramon Vila nos muestra todo el proceso interno y externo de Jack tras su vuelta de África como misionero y la superación de su enfermedad. Con su actitud, y la progresión de su interpetación, pasará del desconcierto inicial a la seguridad del segundo acto, resultando imprescindible para el choque ideológico y el contraste imperante en el texto.
Párrafo aparte para las hermanas Mundy. Se nota que Utzet ha propiciado el acercamiento de cada actriz a su personaje prevaleciendo la visión conjunta con el intérprete y de la unión de las cinco surge el delirio. El trabajo corporal es excepcional, anticipando todas ellas los movimientos que finalmente no sucederán con sus miradas y silencios.
Quizá la Agnes de Nora Navas sea la que consigue con su actitud reservada y sigilosa mostrar el rompimiento interno con mayor sutilidad, con una mirada luminosa y triste a la vez, esperanzada y fracturada al mismo tiempo. Carlota Olcina comprende que Chris, a pesar de ser la más joven, es la que menos ha vivido la juventud, siendo madre soltera en este contexto. De la frialdad del principio la actriz nos mostrará todo el proceso de manera inversa a las demás, recuperando el ánimo progresivamente. Su interpretación es tan tierna como la promesa de la ilusión de su personaje. Rose es la hermana que vive un poco al margen de las demás, debido a una leve disfunción psíquica. Màrcia Cisteró mantiene un comportamiento creíble en todo momento que consigue emocionarnos en su devenir hacia el final, consiguiendo que veamos a través de sus ojos todo lo que ni siquiera se atreven a nombrar las líneas de diálogo.
Mónica López destaca por su manera de decir el texto y la capacidad para mostrarnos los miedos de Kate a través de su expresión facial, así como la contradicción entre los movimientos de su cuerpo (que luchará por liberarse de sí misma) y la inflexibilidad y rigidez de su comportamiento. Asombrosa labor. No menos que la de Marta Marco. Maggie es aparentemente un personaje que oculta tras su charlatanería un cierto conformismo, pero la actriz consigue una interpretación emocionante tanto en sus parlamentos como en sus silencios. La vitalidad con la que se relaciona con el resto de los personajes y su última aparición invitan a perdernos en su rostro y su mirada, indagando con ella en las profundidades de su personaje. Impresionante.
Será el primer acto, con la famosa danza que todas ellas nos mostrarán la necesidad de la catarsis. Pero no sucederá hasta los últimos minutos del segundo, en el cierre de la obra, cuando todas y cada una conseguirán con el gesto de una acción concreta que lleguemos al deslumbramiento. Aquí veremos la verdadera danza que da título a la obra. La plasticidad de este último momento es verdaderamente sobrecogedora.
A destacar también la traducción de Utzet. Más allá del impulso que propician algunos detalles argumentales, el dramaturgo ha conseguido transmitir una sensación de cercanía geográfica a nuestro aquí y ahora sin modificar ninguno de los localismos (ni temporales ni geográficos). DANSA D’AGOST, imprescindible visita. En la Biblioteca de Catalunya hasta el próximo uno de mayo.

Crítica realizada por Fernando Solla