24 de febrer 2004

Els pastorets del Radio City

www.carlosherrera.com
24 de febrer de 2004


El Radio City Hall de Nueva York es algo más que un teatro: es un pueblo pequeño en el que cabe, tranquilamente, todo el barrio de Cerdañola, Mataró. En su seno se desenvuelven no pocos creadores y sus tablas convocan a las primeras figuras del espectáculo mundial, aunque es en navidad cuando llevan a la escena su espectáculo más carismático, más esperado: el “Christmas Spectacular”. Las Rockettes, Santa Claus, los patinadores, los ositos juguetones, los renos voladores, los Reyes Magos y otros iconos forman un musical muy entretenido, algo pastelito, que hace las delicias de niños y grandes. Incluso grandes progres, tipo Academia de Cine, a los que les gusta secretamente. Es raro el año en que no tengo la fortuna de acercarme a la Sexta Avenida, que es la de Las Américas, a distraerme con el chán tatachán de su orquesta móvil y todo eso, pero este año, de forma significativa, he querido recordar cómo los americanos han tomado la referencia que ha supuesto para el occidente cultural la representación de Els Pastorets de Mataró, provincia de Barcelona. En la Sala Cabanyes, a la vera, vera, de la humilde morada que me vio crecer, interpretan desde hace tantos años que ni recordar puedo una recreación navideña que dura más de cuatro horas, cuatro, y en la que interviene –o ha intervenido-- medio pueblo. Dicho así desanima un poco, lo sé, pero no se engañen por injustos prejuicios. Las representaciones vienen a durar hasta febrero y se caracterizan por la disputa entre los demonios y los ángeles por controlar la voluntad de los hombres, humildes pastores que acuden en masa a conocer a la Virgen y a asistir al nacimiento de su hijo. Algo más rudimentario que el Radio City, todo sea dicho, el espectáculo de Pastorets está escrito en un catalán primoroso del que ya no se usa –en Barcelona, por ejemplo, se habla un catalán prácticamente tan malo como el castellano de Madrid-- y adornado por una música llena de primores que cantan como pueden los protagonistas y un coro de refuerzo que, afortunadamente, está bajo el foso. A mí de pequeño me llevaba Doña Teresa Pujolá, que era la abuela de unos amiguitos, propietaria de “La Moreneta”, comercio inalterable de la Riera, y que fue siempre una catalana divertidísima y adorable. Doña Teresa, como todos los mataroneses, se sabía de memoria el libreto de Pastorets y hubiera podido, en cualquier momento, interpretar indistintamente a San José o a Naim, el hijo pródigo que se da un hartón de llorar durante media obra, cuando no acarrear con las dos ovejas que acompañan a los gañanes Jonás y Matatías que tanto se asustan con una luna que saca la lengua y abre los ojos, para delirio de los chiquillos. Recuerdo, incluso, que durante muchos años, la hija de la inolvidable familia Clariana, que regentaba el colmado de ultramarinos de la calle Obispo Más, es la que interpretaba al arcángel Miguel, lo cual, en lugar de restarle credibilidad alada, le daba una indudable pátina ecuménica. Ahora, algunos modernos enfundados en el agotador diseño septentrional que asola aquél territorio, acusan a los Pastorets de ser una carrinclonada kistch, ignorando que las cosas pequeñas, embrionarias, añosas, atesoran más claves que las plazas duras, por poner un ejemplo, y que si borramos todos los anclajes populares, por inocentes que sean, nos condenamos a comer permanentemente en los abrevaderos culturales de la comida rápida.

Cuando descubrí, años ha, el espectáculo neoyorquino, quiero recordar que a punto estuve de levantarme en plena sesión y señalar con el dedo el escenario magnífico del Radio City y vocear con cierta impertinencia un estentóreo “esto ya lo hacíamos en Mataró”, pero me contuve. Me dio cierta envidia el despliegue, lo reconozco, al igual que envidié que a la salida vendieran el disco con la banda sonora, cosa que llevo años sugiriendo a los mataroneses con escaso éxito. Alguna caja de ahorros, en efecto, podría subvencionar la grabación –eso sí, que no canten los actores, por Dios— y regalarlo al abrir una libreta, que es cosa que ya se inventó en Cataluña a la par que el pan con tomate. Como quiera que sale más barato acudir al Maresme que viajar a la Gran Manzana, les conmino a que el próximo año se dejen de zarandajas y se dispongan a admirar un espectáculo... digamos diferente. Cambiará su vida.

22 de febrer 2004

Els Pastorets de Radio City

xl semanal
22 febrero 2004
carlos herrera

Me dio cierta envidia que a la salida vendieran el disco con la banda sonora

El Radio City Hall de Nueva York es algo más que un teatro: es un pueblo pequeño en el que cabe, tranquilamente, todo el barrio de Cerdañola, Mataró.
En su seno se desenvuelven no pocos creadores y sus tablas convocan a las primeras figuras del espectáculo mundial, aunque es en Navidad cuando llevan a la escena su espec- táculo más carismático, más esperado: el Christmas Spectacular. Las Rockettes, Santa Claus, los patinadores, los ositos juguetones, los renos voladores, los Reyes Magos y otros iconos forman un musical muy entretenido, algo pastelito, que hace las delicias de niños y grandes. Incluso grandes progres, tipo Academia de Cine, a los que les gusta secretamente.
Es raro el año en que no tengo la fortuna de acercarme a la Sexta Avenida, que es la de Las Américas, a distraerme con el chan tatachán de su orquesta móvil y todo eso, pero este año, de forma significativa, he querido recordar cómo los americanos han tomado la referencia que ha supuesto para el Occidente cultural la representación de Els Pastorets de Mataró, provincia de Barcelona. En la Sala Cabanyes, a la vera, vera, de la humilde morada que me vio crecer, interpretan desde hace tantos años que ni recordar puedo una recreación navideña que dura más de cuatro horas, cuatro, y en la que interviene –o ha intervenido– medio pueblo. Dicho así desanima un poco, lo sé, pero no se engañen por injustos prejuicios. Las representaciones vienen a durar hasta febrero y se caracterizan por la disputa entre los demonios y los ángeles por controlar la voluntad de los hombres, humildes pastores que acuden en masa a conocer a la Virgen y a asistir al nacimiento de su hijo. Algo más rudimentario que el Radio City, todo sea dicho, el espectáculo de Els Pastorets está escrito en un catalán primoroso del que ya no se usa –en Barcelona, por ejemplo, se habla un catalán prácticamente tan malo como el castellano de Madrid– y adornado por una música llena de primores que cantan como pueden los protagonistas y un coro de refuerzo que, afortunadamente, está bajo el foso. A mí, de pequeño, me llevaba doña Teresa Pujolá, que era la abuela de unos amiguitos, propietaria de La Moreneta, comercio inalterable de la Riera, y que fue siempre una catalana divertidísima y adorable. Doña Teresa, como todos los mataroneses, se sabía de memoria el libreto de Els Pastorets y hubiera podido, en cualquier momento, interpretar indistintamente a San José o a Naim, el hijo pródigo que se da un hartón de llorar durante media obra, cuando no acarrear con las dos ovejas que acompañan a los gañanes Jonás y Matatías que tanto se asustan con una luna que saca la lengua y abre los ojos, para delirio de los chiquillos.
Recuerdo, incluso, que durante muchos años, la hija de la inolvidable familia Clariana, que regentaba el colmado de ultramarinos de la calle Obispo Más, es la que interpretaba al arcángel Miguel, lo cual, en lugar de restarle credibilidad alada, le daba una indudable pátina ecuménica. Ahora, algunos modernos enfundados en el agotador diseño septentrional que asola aquel territorio acusan a los Pastorets de ser una carrinclonada kitsch, ignorando que las cosas pequeñas, embrionarias, añosas, atesoran más claves que las plazas duras, por poner un ejemplo, y que si borramos todos los anclajes populares, por inocentes que sean, nos condenamos a comer permanentemente en los abrevaderos culturales de la comida rápida.
Cuando descubrí, años ha, el espectáculo neoyorquino, quiero recordar que a punto estuve de levantarme en plena sesión y señalar con el dedo el escenario magnífico del Radio City y vocear con cierta impertinencia un estentóreo «esto ya lo hacíamos en Mataró», pero me contuve. Me dio cierta envidia el despliegue, lo reconozco, al igual que envidié que a la salida vendieran el disco con la banda sonora, cosa que llevo años sugiriendo a los mataroneses con escaso éxito. Alguna caja de ahorros, en efecto, podría subvencionar la grabación –eso sí, que no canten los actores, por Dios– y regalarlo al abrir una libreta, que es cosa que ya se inventó en Cataluña a la par que el pan con tomate. Como quiera que sale más barato acudir al Maresme que viajar a la Gran Manzana, les conmino a que el próximo año se dejen de zarandajas y se dispongan a admirar un espectáculo… digamos diferente. Cambiará su vida.

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