Es probable que hubiera algún antecedente, tal
vez en forma de leyenda, pero es el don Juan de Tirso de Molina -o del
fantástico Andrés de Claramonte como afirman diversos estudiosos- el primero
que contribuyó a convertir al personaje en arquetipo del imaginario universal.
El fraile mercedario cimentó el mito del galán canalla y descreído en el primer
cuarto del siglo XVII, dibujando como fondo doctrinal el castigo de la
confianza fanfarrona y culpable, ese «¡Qué largo me lo fiáis!» con el que don
Juan, que ve lejano el juicio divino y no teme la justicia humana, navega sobre
el mar de sus fechorías protegido por su elevada posición social, hasta que don
Gonzalo de Ulloa, una de sus víctimas, lo arrastra irremisible y
ejemplarizantemente a los infiernos.
Borja Ortiz de Gondra ha afinado un versión
muy ágil, con algún añadido de otras piezas, que Josep Maria Mestres dirige con
solvencia en una onda transversal acorde con una concepción estética que
combina propuestas indumentarias de distintas épocas, tal vez para incidir en
el carácter atemporal y movedizo del protagonista. A la cabeza de un buen
reparto, Raúl Prieto es un don Juan de afilada y seductora amoralidad mundana y
Pepe Viyuela da una lección de buen hacer como su criado Catalinón.
«El burlador de Sevilla» (***)
Autor: Tirso de Molina. Versión: Borja Ortiz
de Gondra. Dirección: Josep Maria Mestres. Escenografía: Clara Notari.
Iluminación: Juanjo Llorens. Vestuario: María Araujo. Vídeoescena: Álvaro Luna.
Intérpretes: Raúl Prieto, Pepe Viyuela, Elvira Cuadrupani, Mamen Camacho, Pedro
Miguel Martínez, Irene Serrano, Lara Grube, Egoitz Sánchez, Samuel Viyuela,
Juan Calot y Ángel Pardo, entre otros. Teatro de la Comedia. Madrid.
Publicat per
Crítica del montaje de la Compañía Nacional de
Teatro Clásico de la obra de Tirso de Molina
Juan Ignacio García Garzón

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