06 de juliol 2006

El macarra de la Corte


1 de juliol de 2006

ARTURO TENDERO

TREINTA AÑOS DE EXISTENCIA.
El festival comenzó con una adaptación de un clásico.
TL

Ricardo III existió de verdad. Vivió un siglo antes que Shakespeare y fue un bicho malo con fama de estar además mal acabado. Claro, que ni fue tan perverso como lo pinta Shakespeare, ni tan contrahecho como el personaje de su obra. El mejor dramaturgo de todos los tiempos, dicen que en colaboración con Marlowe, necesitaba en esta tragedia primeriza extremar los rasgos del protagonista para que el público entendiera el porqué de su crueldad. Por cierto que el mundo palaciego debía de parecerse mucho al que retrata la obra, un mundo dominado por las teorías de Maquiavelo según las cuales el Príncipe debía olvidarse de la moral, matar cuando hiciera falta y aliarse con el diablo cuando fuese necesario. Sobrevivir en medio de este ambiente, y no digamos ya medrar, obligaba a ser igual de perverso por lo menos que el resto de los cortesanos.Álex Rigola ha trasladado la corte inglesa del siglo XV a un puticlub, poco más o menos. Los ambientes son comparables, aunque sea desde la perspectiva poética: tras unos momentos de extrañeza, enseguida se acostumbra uno a que los macarras discutan y se maten por un reino, a que las prostitutas acusen a gritos a un sicario de la muerte del monarca al que estaban unidas, para terminar dejándose seducir por el mismo asesino, todo regado con abundante alcohol y visto a través de los cristales de unas gafas de sol que escamotean la mirada y con ella las verdaderas intenciones.La escenografía de Bibiana Puigdefàbregas enmarca y enriquece esta atmósfera. Una enorme pantalla de televisión situada en un segundo nivel del escenario, junto a una ventana característica del teatro clásico, permite al espectador observar lo que sucede entre bastidores, en los estrechos pasillos donde se decide lo esencial, lo que suele escaparse a la mirada. Al mismo tiempo añade un efecto cinematográfico al teatro, ofreciendo primerísimos planos de algunos personajes, ya sea para mostrar la intensidad de sus sentimientos, ya para aderezar la acción principal con presencias simbólicas.En medio de este panorama, emerge Pere Arquillué (Gloucester/Ricardo III), más alto de lo que marcan los cánones, cojo, con un guante negro en su mano izquierda y algo cargado de ese mismo hombro, una deformidad discreta y naturalista, incluso discreta de más para mi gusto. Unas gafas de montura gruesa intentan añadirle cierta fealdad. Se cubre todo el tiempo con un sombrero del oeste, como el que usaban los forajidos. No se lo quita ni para calzar la corona, cuando es coronado rey. Declama al principio (la otra noche fue así) el texto de forma automática y fría, como si estuviera ensayándolo. Luego se va calentando, a veces se atropella, en otras Shakespeare lo lleva en volandas, sobre todo en las escenas famosas, como la discusión con Anna Ycobalzeta (Lady Anne) o con Alicia Pérez (Elizabeth), y en el final, cuando exclama de forma contenida, sin estridencias,«mi reino por un caballo».La obra es coral, aparecen y desaparecen personajes; brillan por un momento, su momento de gloria, para luego caer en desgracia, morir, ser sustituidos por otros. Sólo Gloucester/Ricardo se mantiene en el centro de la atención desde el principio hasta el final, la obra es él, su talante es el que define el ritmo de las acciones incluso cuando se desvanecen en una pieza musical, sea ésta melancólica o rockera, vaya o no acompañada de baile. La música y la danza están bien encajadas en el fluir del montaje, contribuyen a la atmósfera opresiva, aportan un trasfondo onírico o una distensión necesaria.El Teatre Lliure se ha especializado en este tipo de obras clásicas implantadas en un mundo contemporáneo al nuestro (hace dos años pudimos ver en Chinchilla el Julio César del mismo director). Está cumpliendo esta Compañía treinta años de existencia en los que han pasado por sus filas algunos de los profesionales más talentosos del teatro español. Hace tiempo que ya no es una cooperativa teatral, pero no ha perdido aquel afán que le dio impulso de asociar el teatro a una idea. En este caso, una cita inicial de Emmanuel Kant sugiere que Ricardo III, como todos los humanos, fue el fruto de la educación recibida. Y sin duda debió serlo, pero la relación causa efecto no queda suficientemente aclarada en el montaje, por lo demás magnífico, si soslayamos este detalle.Asistió bastante público a esta primera representación del Festival de Teatro Clásico de Chinchilla 2006, si bien no llegó a llenarse el patio de sillas. Los asistentes aplaudieron hasta que los actores hubieron asomado tres veces. Aunque la temperatura era buena, alguno echó en falta un jersey, y quizá un tablado algo más bajo del que ha instalado este año la organización que obliga a los espectadores de las primeras filas a seguir la representación con el cuello estirado.