07 de juliol 2006

Vuelve la fórmula argentina del musical


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1 de juliol de 2006

Vuelve la fórmula argentina del musical
Se trata de un reestreno que viene de gira por el interior.
Por Patricia Slukich
No es desconocido en Mendoza el tipo de musical que plantea Pepe Cibrián y su músico Ángel Mahler.

Ya nos han visitado, en otras oportunidades, con títulos como “Drácula” o “Calígula” y siempre han tenido la bonhomía del público, generoso en aplausos.Esta vez, de lo que se trata es de un musical que tiene más de diez años de existencia (precisamente, Pepe Cibrián Campoy escribió “El jorobado de París I”, en 1993 y “El jorobado de París II”, en 1995). Lo que sucede es que esta dupla artística volvió a reestrenar el musical en el Teatro Ópera de Buenos Aires durante este año y, ahora, toca la gira por todo el país.No se le puede negar a Cibrián el ahínco y la dedicación que ha puesto en su trabajo: desde 1969 a la fecha ha escrito 28 espectáculos (el último ha sido “El fantasma de Canterville”, estrenado en 2003).Siempre en las lindes del musical teatral, Pepe Cibrián y Ángel Mahler serían para la Argentina lo que Andrew Lloyd Weber y Tim Rice en Broadway (“Jesucristo Super Star”, “Evita”); aunque salvando las distancias de producción y concepciones escénicas, más el hecho de que Weber no se ató a un solo compositor musical para sus creaciones.Podríamos apuntar que éste es un mérito, y grande, en este país en el que el género musical no goza de masas adeptas. Pues bien, Cibrián-Mahler han logrado que esta forma escénica (mezcla de teatro y música) sea, a través de sus nombres, un sello que invita a las masas a concurrir al teatro.No obstante, con el transcurrir de los años, las diversas puestas de esta dupla artística han variado en argumentos e ideas, pero no en su fórmula escénica. Es que ya sea “Drácula” (1991) o “Calígula” (1983) o alguna de sus otras puestas en escena, las variaciones se instauran sólo a niveles de superficie. Esto se debe a que los artistas han apostado al género como un espectáculo concebido para el público masivo; es decir, para que se encuentre en connivencia con el mercado industrial del arte.Es claro que, tratándose de una obra escénica su condición “aurática” (es decir, la posibilidad de que sea única e irrepetible) es inevitable: toda obra que es puesta sobre un escenario es única e irrepetible por el solo hecho de que jamás puede una función ser idéntica a la otra (cosa que no sucede en el cine). Pero esa cualidad no le viene dada por los aspectos creativos de la puesta sino por el mero hecho de no ser reproducida en fílmico sino sobre un escenario.Desde esta perspectiva, lo que el espectador mendocino verá sobre las tablas del Independencia no diferirá demasiado de lo que vio con “Drácula” o “Calígula”, respecto a la concepción profunda del espectáculo. Sí serán distintas las letras de las canciones, las melodías, el argumento, el vestuario, la escenografía y las coreografías (que esperamos que llegue completa a nuestro teatro y no en la tan habitual “versión de cámara”, que suelen traer los elencos porteños a las ciudades del interior -sin ir más lejos el “Drácula” que llegó al Independencia en el ‘98, tuvo una puesta esmirriada en comparación con la que se ofrecía en Buenos Aires).Claro que siempre, en el ámbito de los espectáculos y las creaciones artísticas nos reservamos la mirada crítica para después de vivenciado el acontecimiento, y otorgamos el beneficio de sorprendernos con una obra nueva y bien aceitada. Es por ello que esperamos con ansias la representación de “El jorobado de París”, en nuestra sala mayor, para que desmienta, con sus planteos escénicos, cualquier prejuicio en su contra.