12 de novembre 2006

Juego de farsa y farsantes

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1 de novembre de 2006
ALBERTO GONZÁLEZ LAPUENTE
De ser un cuento todo sería más sencillo. El príncipe crónico hipocondríaco, la bruja que, en su torpeza, le hará reír, tres naranjas de las que se tiene que enamorar, una princesa que le pone los pies en la tierra, el alfiler que la convierte en rata y un mago que le devuelve la belleza para que despose con el protagonista. Felicidad y perdices. Pero «El amor de las tres naranjas» es algo más. Un algo absurdo, una locura. Se dice que es drama lírico, amor romántico, que es decir poco, pues con ánimo de intrigar así lo describió su autor: Sergei Prokofiev. Habrá, entonces, que olvidar las palabras y fiarse de los hechos: atender a la obra tal y como acaba de presentarla el Teatro Real. Anoche puso en escena la primera de las nueve funciones previstas, hechas todas ellas a partir de una producción realizada en colaboración con el Festival de Aix-en-Provence que se apoya en la interpretación de un plantel de cantantes formados en la academia del Teatro Mariinski de San Petersburgo.
El trabajo teatral lo firma Philippe Calvario y añade de su cosecha una vuelta de tuerca a lo inverosímil. Por supuesto que ante los ojos desfilan personajes increíbles, gente, mucha gente, y entre ella los trágicos, los cómicos, los excéntricos, los médicos, diablillos, cortesanos, tontos, glotones y guardias, amén del largo reparto plagado de curiosidades. Hay luces sorprendentes de Bertrand Couderc, colores, grandiosos figurines firmados por Aurora Popineau, tan imaginativos como el que muestra el mago Chelio, giros de escenario, trampas en el suelo, fuego de mentirijillas, humo que no ofende y un teatro impecable, rápido, ágil, que mueve las piezas arriba, abajo, dentro y fuera del escenario. Todo trazado con un punto de golfería, a veces con su detalle kitsch, y, a ratos, con su aportación gay. Tan complicado (o eso aparenta la realización) como para que al menor tropiezo la técnica también quiera tener su protagonismo. Sucedió anoche y no quedó más remedio que bajar el telón mientras del cielo colgaba la Cocinera. En el ínterin a nadie se le movió un pelo.
Y no porque el público estuviera con la boca abierta. Hay que decir que «El amor de las tres naranjas» ha entrado en el Teatro Real con las alegrías justas y algún hueco en la sala. La de ayer era función de estreno pero en víspera de fiesta. Y ha sido así aun habiendo méritos más que sobrados para que la obra pueda calar en la afición. Para ello, al margen del alarde teatral, está el trabajo musical. El del director Tugan Sokhiev es de gran importancia, lo mejor, pues consigue de la Orquesta Titular un notable grado de incisión y un sonido con cuerpo y hechuras, muy llamativo en los dos primeros actos, que, a veces (tal y como es de rigor en el Real) se desborda un poco. Maneja la obra con pulcritud y lleva a los cantantes con comodidad. En esa línea trabaja el coro, suelto y bien integrado en la vorágine. No menos llamativa es la regularidad con la que se presenta el reparto. Al margen de matices individuales. Así, frente al alicorto Príncipe de Andrey Ilyushnikov, demasiada constreñida la voz por mucho que mejore a lo largo de la obra y manifieste materia lírica, suena resonante el Rey de Alexei Tanovitski, incisivo el timbre eslavo del Truffaldino de Sergey Semishkur o grave la anchura de Yuri Vorobiev transformado por mor del guión en la mencionada y sufrida Cocinera. Pero no se olvide: «la culpa la tienen esas farsas».
Prokofiev: «El amor de las tres naranjas»
Int.: A. Tanovitsky, A. Ilyushnikov, N. Serdiuk, E. Tsanga, S. Smishkur, Vl. Tyulpanov, P. Schmulevich, Coro y Orquesta del Teatro Real. Esc.: J. M. Stehlé. Ilum.: B. Couderc. Fig.: A. Popineau. Dir. escena: Ph. Calvario. Dir. musical: T. Sokhiev. Lugar: Teatro Real. Fecha: 31-X