04 de març 2008

Espejo del mundo


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28 febrer 2008

Alfredo Alcón

CRÍTICA
«Rey Lear»
Autor: William Shakespeare. Versión: Juan Mayorga. Dirección: Gerardo Vera. Escenografía: G. Vera y Ricardo Sánchez Cuerda. Vestuario: Alejandro Andújar y G. Vera. Iluminación: Juan Gómez-Cornejo. Música: Luis Delgado. Intérpretes: Alfredo Alcón, Jesús Noguero, Pedro Casablanc, Carme Elías, Cristina Marcos, Miryam Gallego, Juli Mira, Albert Triola, Luis Bermejo, Víctor Pi, Chema Ruiz, Chisco Amado y Abel Vitón, entre otros. Lugar: Teatro Valle-Inclán. Madrid
JUAN IGNACIO GARCÍA GARZÓN
Parece que Shakespeare, siempre con tan buen olfato en la búsqueda de argumentos que llevar a escena, pescó el de «El rey Lear» en la nutricia «Historia de los Reyes de Britania» de Godofredo de Monmouth, un fascinante mamotreto del siglo XII (existe una reciente edición de bolsillo en Alianza) en el que hechos históricos y leyendas se entreveran inextricablemente, y en el que, a su vez, se recogen ecos más antiguos: en la mitología anglo-irlandesa, hay un rey Ler, Leir o Lyr cuya genealogía se remonta al troyano Eneas; de él habló también Raphael Holinshed en 1577, en sus «Crónicas de Inglaterra, Escocia y Gales», y los especialistas citan, entre otras referencias, una pieza teatral de ignoto autor unos años previa -al parecer se estrenó en 1594- a la redactada por el Bardo en 1605. En cualquier caso, el Lear paradigmático que reina en los escenarios universales es el de don William, que concibió en torno a la figura del viejo monarca la que es considerada su mejor obra, una magistral combinación de lo trágico y lo grotesco, de indagación en las miserias de la condición humana y de fe en la fuerza final de la piedad y la expiación.
El perfil del soberano se alza como espejo de la ceguera del ser humano, tantas veces incapaz de ver lo que parece obvio, obcecado en despeñarse desde los acantilados de su soberbia; así, el poderoso rey que renuncia al trono no aprecia la actitud desinteresada de su hija menor, anegado como está de ciega infatuidad, en contraposición a su fiel Gloucester, al que sacan los ojos y que, sin embargo, mira más allá de ese territorio que no ve. Con su pluralidad de lecturas políticas, psicológicas, sociales, de descomposición de la familia y como mapa de la ambición, «Rey Lear» resume el gran teatro del mundo, un panorama sombrío iluminado por insólitas abnegaciones y lealtades que destacan en el abigarrado muestrario de bajezas. Juan Mayorga firma un versión muy fluida, flexible, directa, que recoge la complejidad del gran texto y explicita sus líneas de tensión. Gerardo Vera la dirige con solvencia, con un buen tono general en el que se alternan los momentos espléndidos con alguna caída de ritmo en las escenas colectivas. Un montaje lujoso y oscuro, en el que la escenografía del propio Vera y Sánchez Cuerda transmite la atmósfera ominosa de la tragedia con el auxilio de la matizada iluminación de Gómez-Cornejo.
El Lear de Alfredo Alcón es monumental, una creación de antología irisada de infinitos matices, en la soberbia y en la humillación, en la recuperación de su ser esencial impelido por el dolor infinito; su reencuentro con Cordelia (luminosa Miryam Gallego) es memorable. Junto a él se alza el poderoso Edmond de Jesús Noguero, bello tenebroso y resentido, pariente de Yago en su sinuosa abyección, otra gran creación actoral. En el conjunto del amplio reparto, que se desenvuelve con altibajos notables, destacan también el Gloucester de Juli Mira, el Kent de Pedro Casablanc y, más en las escenas de pesar que en las de normalidad palaciega, el Edgard de Albert Triola.