
malagahoy
8 de maig de 2006
victoriano moreno
tragedia. Marisa Paredes y Eduard Fernández, ayer, en el Teatro Cervantes.
victoriano moreno
tragedia. Marisa Paredes y Eduard Fernández, ayer, en el Teatro Cervantes.
PABLO BUJALANCE
Hay algo en el Hamlet de LLuís Pasqual que recuerda al teatro de Bertolt Brecht. Seguramente la intención: el director refuerza los elementos del discurso más relacionados con la lectura de la Historia hasta presentar el crimen y la posterior venganza como perpetuum mobile decisivo en la civilización europea. En cuanto a los elementos tangibles, la iluminación exterior al escenario en un 90 por ciento, el uso del pasillo como recurso espacial y hasta la conversión del propio teatro físico en metateatro para la representación del asesinato a cargo de los cómicos sugiere una y otra vez la ruptura de la cuarta pared, aunque la geometría de la escenografía obliga al espectador a tomar puntos de vista inéditos y, en consecuencia, a guardar las distancias pertinentes. Es posible, entonces, que al alemán le hubiera gustado este Hamlet que no reniega de su carácter épico, juega a la actualización con los elementos justos –los pasamontañas– y encaja como un guante en la realidad perenne sin ofrecer respuestas. Sólo preguntas.
Sin más objeto escénico que el propio escenario, con el vacío como protagonista y a la vez comparsa eficaz de la tragedia, ajustado el fondo de la Historia, Hamlet sirve en esta ocasión más como objeto intelectual que emocional, aunque no reniega de la pasión prevista en el tormento de unos personajes que, de nuevo, se ven obligados a proyectar demasiada humanidad sin ser reales. Eduard Fernández realiza una composición de muy difícil equilibrio, que arranca en la debilidad suprema, transita por una locura en cuyo éxtasis tal vez sobran algunos aspavientos y culmina en la venganza y la invalidez de la vida frente a la desesperación. Su interpretación, tal y como el personaje al que encarna aconseja al cómico, gana puntos cuando se resuelve en lo cercano, con el verso declamado casi al oído. Marisa Paredes resuelve bien su cometido pero parece guardarse continuamente la llave maestra. Cabe destacar la actuación del siempre depurado Aitor Mazo y de la joven Rebeca Valls, creíble y generosa a la hora de entonar su registro.
Shakespeare tocó en Hamlet el alma humana como pocas veces el mismo hombre lo ha siquiera intentado. Cabe preguntarse hoy por la posibilidad de pensar a Hamlet: ¿qué mecanismo universal nos hace volver a la misma piedra? Sirva este montaje para abrir el debate.
Sin más objeto escénico que el propio escenario, con el vacío como protagonista y a la vez comparsa eficaz de la tragedia, ajustado el fondo de la Historia, Hamlet sirve en esta ocasión más como objeto intelectual que emocional, aunque no reniega de la pasión prevista en el tormento de unos personajes que, de nuevo, se ven obligados a proyectar demasiada humanidad sin ser reales. Eduard Fernández realiza una composición de muy difícil equilibrio, que arranca en la debilidad suprema, transita por una locura en cuyo éxtasis tal vez sobran algunos aspavientos y culmina en la venganza y la invalidez de la vida frente a la desesperación. Su interpretación, tal y como el personaje al que encarna aconseja al cómico, gana puntos cuando se resuelve en lo cercano, con el verso declamado casi al oído. Marisa Paredes resuelve bien su cometido pero parece guardarse continuamente la llave maestra. Cabe destacar la actuación del siempre depurado Aitor Mazo y de la joven Rebeca Valls, creíble y generosa a la hora de entonar su registro.
Shakespeare tocó en Hamlet el alma humana como pocas veces el mismo hombre lo ha siquiera intentado. Cabe preguntarse hoy por la posibilidad de pensar a Hamlet: ¿qué mecanismo universal nos hace volver a la misma piedra? Sirva este montaje para abrir el debate.
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