diario de sevilla
14 de maig de 2006
ROSALÍA GÓMEZ
Más difícil si cabe que Hamlet, con todo su entramado de sentimientos, pensamientos y acciones plenamente humanas, se presenta siempre el reto de escenificar la última pieza teatral que William Shakespeare escribiera antes de su muerte, acaecida, como la de nuestro Cervantes, en 1616. Y es que La tempestad (1611), al igual que El sueño de una noche de verano, está llena de hadas y de espíritus, seres ligeros y vivaces que poseen poca entidad en nuestro materialista siglo XXI y cuya puesta en escena añade algo más que problemas estéticos al montaje.
En ese sentido, Lluis Pasqual, director de la propuesta y asesor de la Compañía del Arriaga de Bilbao, ha aportado su talento y su nada desprecialble experiencia y se ha decantado por el humor y por un lenguaje tan de moda hoy como el del musical. Claro que para ello sabía que tenía una buena carta en la manga, un as llamado Anna Lizarán quien, con su peto y sus alitas de juguete, logra dar una original visión de Ariel, el espíritu del aire –paradójicamente, el que ordena la realidad siempre contrapuesto al terrenal Calibán. Ariel brilla a las órdenes de un Próspero –magníficamente interpretado por Francesc Orella– que, junto a su hija Miranda, representan la inocencia, el ideal.
Con un cortinón, canciones y poco más se van delimitando las escenas y sus distintos lenguajes: el mundo fantástico de Próspero, las bajezas de los cortesanos, que persisten incluso en el naufragio, el amor de los jóvenes...
Al frente de su gran equipo, Pasqual logra hacer entender, es decir, pone al alcance del más amplio público actual una de las piezas más enigmáticas del autor. Una pieza en la que, al contrario que en Hamlet, triunfan la piedad y el perdón. Quién sabe si fue el esperanzado epílogo de una vida llena de azares y trabajos
Cap comentari:
Publica un comentari a l'entrada