
la vanguardia
7 de març de 2006
Cinco actrices en ropa interior marcan un hito con una obra teatral sobre un tema tabú en Oriente Medio
TOMÁS ALCOVERRO
Beirut. Corresponsal
Tagrit, Rosana, Nadin, Hala y Carole saltando del escenario, vestidas tan sólo con blusas blancas y slips, se mezclaron entre el público, se acercaron a algunos espectadores del teatro para decirles, casi susurrarles al oído, la palabra prohibida: "Masturbación", esa palabra que fue tachada por la censura. Las cinco chicas, con atrevimiento, con desparpajo, deambularon por el patio de butacas en el que no cabía ni un alfiler, distribuyendo folletos en inglés que explicaban y glosaban la masturbación femenina. Después de encaramarse sobre la silla de algún sorprendido espectador cuya cabeza quedó entre sus desnudas piernas, volvieron desafiantes al escenario a contar los reprimidos deseos sexuales de la mujer, y romper los tabúes de la sociedad libanesa y árabe. Nunca se había representado en un escenario árabe de Oriente Medio una obra como La vida secreta de las mujeres, primero montada en el pequeño teatro Monot en el barrio cristiano de estilo más desenfadado de la capital, y después en pleno barrio de Hamra, en la zona comercial musulmana por antonomasia de Beirut.
La principal escena, el momento culminante de esta obra del estilo de La vagina de una mujer de Evel Ensler, es cuando una de las protagonistas cuenta cómo su padre le pegó hasta hacerle sangre, cuando la sorprendió masturbándose ante un aparato de televisión. "Odio a mi padre -gritaba llorando la actriz-, le odio porque me destrozó la vida. Odio también a aquel ginecólogo que sentenció que ya no podría tener hijos por haberme masturbado".
El público estaba sobrecogido. Al principio de esta pieza de teatro experimental, dirigida por el joven director palestino Charif Abdunnur, Tagrit, Rosana, Nadin, Hala y Console, las chicas actrices, habían roto sus inhibiciones aceptando contar la verdad de sus ocultos deseos sexuales, despojándose, no sin resistencia, de las faldas y sentándose en corro para atreverse a violar, juntas, los ancestrales tabúes.
Si en la primera parte de la obra criticaron la forma en que las libanesas se entregan, en cuerpo y alma, a las operaciones de cirugía estética -Beirut es, sin duda, la ciudad árabe con más institutos de belleza-, a sus alienantes cánones de seducción, incluidos modelos de alta costura impuestos por los hombres, en la segunda representaron un esperpéntico retablo del estilo masculino local. Con la música de fondo de I ama sexy boy, salieron imitando a los hombres, vestidas con camisetas con inscripciones como ¡Qué cuerpo tienes, león! o El rey del sexo, parodiando sus vulgares gestos, desde cómo escupen en la calle, hasta cómo pretenden hacer alardes de su machismo o expresan sus rupestres y arraigadas ideas sobre para qué sirve una mujer. Evidentemente, varios pasajes de la obra fueron censurados.
Pero hay que decir que, pese a este tabú sexual nunca expuesto en la escena, pese al atrevimiento de las palabras y gestos de las actrices, a la ausencia de agentes de la policía en las puertas del teatro, no hubo insultos ni provocaciones. En la historia teatral contemporánea árabe, se citará el éxito de esta representación inusitada en la ciudad de Beirut.
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