Fernández Giua dirige en la Beckett un texto de Carnevali
que se pregunta por los mecanismos del recuerdo y la identidad, con Europa como
trasfondo
'Variacions sobre el model de Kraepelin' Gachi-La Conquesta
del Pol Sud
publicat per Albert Lladó 11 de octubre de 2012 http://www.lavanguardia.com
El Primer Hombre, interpretado por un impecable Artur Trias,
sufre algún tipo de demencia senil. A saber, aunque no se cita específicamente,
alzhéimer. El Segundo Hombre, al que le da voz un correcto Jordi Brunet, es el
hijo que acompaña al padre enfermo durante su travesía de recuerdos rotos.
Encima del escenario aún encontramos a un Tercer Hombre, protagonizado por el
actor Hans Richter, médico que va intentado explicar la manera en la que el
paciente, que no sabe que lo es, va estructurando su memoria. Es un
rompecabezas inconexo, de pedazos que no encajan porque no siguen una
estructura lógica. Un tenedor es una pistola. La referencia, el significante y
el significado han perdido toda relación causal. El triangulo semiótico de
Sanders Pierce, así, salta por los aires. Ese atentado se titula Variacions
sobre el model de Kraepelin (o el camp semàntic dels conills a la cassola), una
pieza de Davide Carnevali que ahora se representa en la sala Beckett bajo la
dirección de Carles Fernández Giua.
Podríamos acudir a otro lingüista, a Ferdinand de Saussure,
para defender que la relación entre significado y significante es arbitraria.
O, si queremos ir más allá en la interpretación, llegaríamos a Lacan y a cómo
el significante sólo puede ser significante cuando ya se ha instaurado en el
terreno de lo simbólico. Si se destruye la pertenencia, si se sale de ese orden
y se instaura en otro, llamar pistola a un tenedor tiene tanto sentido como
llamarle tenedor.
Sin embargo, la obra de Carnevali no intenta explicar (no
únicamente) cómo funciona una patología tan compleja. Se trata de una reflexión
sobre la memoria individual, sí, pero también sobre la colectiva. ¿Qué somos
como comunidad? ¿Lo que hemos ido tejiendo a partir de fragmentos, recuerdos,
que hemos seleccionado nosotros mismos? ¿De qué hablamos cuando hablamos de
identidad?
En un espacio escénico pensado por Eugenio Szwarcer, las
paredes del comedor se convierten en pantallas donde vemos proyectadas imágenes
de la Segunda Guerra Mundial. El Primer Hombre cree, a ratos, que es un jefe
militar. Su hijo, para que no sufra, le acompaña en la paranoia con una ternura
que recuerda a La vida es bella de Roberto Benigni. Hay que seguir el código, a
veces con humor, del que está fuera de la realidad. El enfermo repite sin cesar
“La familia es muy importante, no me cansaré nunca de repetirlo”. Y,
precisamente con un juego de repeticiones, se va constituyendo el ritmo de la
obra, que no tiene una evolución lineal.
El médico, el tal Kraepelin, prefiere hablar de vejez y no
de enfermedad. Y, de alguna manera, justifica los actos aparentemente absurdos
del Primer Hombre. Es cierto, no une acontecimientos, ha perdido los nexos,
pero “un nombre sólo es un nombre”. Europa sigue como trasfondo y, cuando el
viejo dice que la guerra nunca ha acabado del todo, nos preguntamos si es el
personaje más lúcido. Las armas han cambiado, las ciudades se llaman diferente,
la historia nos viene dada, y no sabemos quién es el enemigo ahora. ¿Pero tan
equivocado está el Primer Hombre?
La figura del conejo, claro, va apareciendo y
desapareciendo. Es el significante que salta de un lejano primer amor hasta el
plato preferido del enfermo. Los tres personajes, después de jugar una partida
de cartas, recitan al unísono una receta. La memoria colectiva, tal vez, es
algo parecido, un consenso. La mezcla de los ingredientes. Y el cómo salen
cocinados de la chistera.

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