18 d’octubre 2012

La chistera de la memoria




Fernández Giua dirige en la Beckett un texto de Carnevali que se pregunta por los mecanismos del recuerdo y la identidad, con Europa como trasfondo

'Variacions sobre el model de Kraepelin' Gachi-La Conquesta del Pol Sud

publicat per Albert Lladó 11 de octubre de 2012 http://www.lavanguardia.com

El Primer Hombre, interpretado por un impecable Artur Trias, sufre algún tipo de demencia senil. A saber, aunque no se cita específicamente, alzhéimer. El Segundo Hombre, al que le da voz un correcto Jordi Brunet, es el hijo que acompaña al padre enfermo durante su travesía de recuerdos rotos. Encima del escenario aún encontramos a un Tercer Hombre, protagonizado por el actor Hans Richter, médico que va intentado explicar la manera en la que el paciente, que no sabe que lo es, va estructurando su memoria. Es un rompecabezas inconexo, de pedazos que no encajan porque no siguen una estructura lógica. Un tenedor es una pistola. La referencia, el significante y el significado han perdido toda relación causal. El triangulo semiótico de Sanders Pierce, así, salta por los aires. Ese atentado se titula Variacions sobre el model de Kraepelin (o el camp semàntic dels conills a la cassola), una pieza de Davide Carnevali que ahora se representa en la sala Beckett bajo la dirección de Carles Fernández Giua.
Podríamos acudir a otro lingüista, a Ferdinand de Saussure, para defender que la relación entre significado y significante es arbitraria. O, si queremos ir más allá en la interpretación, llegaríamos a Lacan y a cómo el significante sólo puede ser significante cuando ya se ha instaurado en el terreno de lo simbólico. Si se destruye la pertenencia, si se sale de ese orden y se instaura en otro, llamar pistola a un tenedor tiene tanto sentido como llamarle tenedor.
Sin embargo, la obra de Carnevali no intenta explicar (no únicamente) cómo funciona una patología tan compleja. Se trata de una reflexión sobre la memoria individual, sí, pero también sobre la colectiva. ¿Qué somos como comunidad? ¿Lo que hemos ido tejiendo a partir de fragmentos, recuerdos, que hemos seleccionado nosotros mismos? ¿De qué hablamos cuando hablamos de identidad?
En un espacio escénico pensado por Eugenio Szwarcer, las paredes del comedor se convierten en pantallas donde vemos proyectadas imágenes de la Segunda Guerra Mundial. El Primer Hombre cree, a ratos, que es un jefe militar. Su hijo, para que no sufra, le acompaña en la paranoia con una ternura que recuerda a La vida es bella de Roberto Benigni. Hay que seguir el código, a veces con humor, del que está fuera de la realidad. El enfermo repite sin cesar “La familia es muy importante, no me cansaré nunca de repetirlo”. Y, precisamente con un juego de repeticiones, se va constituyendo el ritmo de la obra, que no tiene una evolución lineal.
El médico, el tal Kraepelin, prefiere hablar de vejez y no de enfermedad. Y, de alguna manera, justifica los actos aparentemente absurdos del Primer Hombre. Es cierto, no une acontecimientos, ha perdido los nexos, pero “un nombre sólo es un nombre”. Europa sigue como trasfondo y, cuando el viejo dice que la guerra nunca ha acabado del todo, nos preguntamos si es el personaje más lúcido. Las armas han cambiado, las ciudades se llaman diferente, la historia nos viene dada, y no sabemos quién es el enemigo ahora. ¿Pero tan equivocado está el Primer Hombre?
La figura del conejo, claro, va apareciendo y desapareciendo. Es el significante que salta de un lejano primer amor hasta el plato preferido del enfermo. Los tres personajes, después de jugar una partida de cartas, recitan al unísono una receta. La memoria colectiva, tal vez, es algo parecido, un consenso. La mezcla de los ingredientes. Y el cómo salen cocinados de la chistera.