12 de febrer 2010

Bieito, o el esfuerzo de motivar al público


www.abc.es
1 de febrero de 2010

JOSÉ GABRIEL LÓPEZ ANTUÑANO
VALLADOLID

En el año 1995, presencié la presentación de Calixto Bieito en el Teatro de la Abadía (Madrid) con un Shakespeare, «El rey Juan», que curiosamente suprime de sus biografías por razones que desconozco. Aquel montaje venía precedido de una cierta expectación, motivada por sus tres propuestas precedentes, las realizadas desde que terminó su aprendizaje en el Institut del Teatre de Barcelona. Me quedan vagos recuerdos de ese rey Juan, pero sí conservo algunas impresiones: ruptura convencional del espacio, cierta violencia en algunas acciones y alejamiento de los clichés estandarizados en nuestro país para representar a Shakespeare.
Pocos meses después, el Auditorio de la Feria de Muestras de Valladolid programaba «Anfitrión» de Molière con una importante intervención dramatúrgica del director afincado en Barcelona. Con una de sus actrices que le ha acompañado en un buen número de montajes, Àngels Bassas, divertía y escandalizaba al mismo tiempo, con unos dioses muy terrenales que disputaban su particular guerra de cuernos.
Desde 1996 hasta la fecha Bieito ha subido a escena 20 obras más y supera la veintena de espectáculos líricos. De este repertorio teatral, sorprende el peso mayoritario de los grandes títulos de autores clásicos como Shakespeare: ha montado seis a lo largo de su carrera, porque «te ayuda a conocerte a ti mismo y además te proporciona oficio y un importante bagaje cultural»; y se ha atrevido con las tragedias más complicadas («Macbeth», «El rey Lear» y «Hamlet», quizás uno de sus mejores trabajos, realizado con actores ingleses).
Junto al autor inglés, Ibsen, Brecht, Schiller o Esquilo, y autores españoles, dos versiones muy personales de «La Celestina» y «Tirant lo Blanc», Valle Inclán («Las Comedias Bárbaras») en inglés, y Calderón («La vida es sueño») y Lorca («La casa de Bernarda Alba»), iniciando con estos dos últimos títulos un interesante camino para conjugar la dicción del verso y la organicidad del actor, que no ha seguido después.
La aproximación de Bieito a los clásicos se produce en una doble dirección. En primer lugar un texto de estas características debe servir para retratar la sociedad de hoy, porque no le interesan las propuestas escénicas arqueológicas, en función de la belleza del texto u otros motivos más literarios que sociológicos y teatrales. En este sentido resultaba muy ilustrativo el gran espejo, situado en «La vida es sueño», que reflejaba al público del patio de butacas, integrándolo en la escena.
Escogido el texto, la lectura alimenta su creatividad, estimula su fantasía para concebir múltiples imágenes con su correspondiente translación a la escena, y le ayuda a encontrar explicaciones a temas recurrentes de la humanidad o para expresar sus inquietudes. En su proceso con los clásicos existen dos pasos interesantes: la intervención del texto mediante una dramaturgia con la que traza las equivalencias entre los temas de ayer y hoy, aproximando más el contenido al espectador. En este trabajo, se reelabora el texto original, se incluyen interpolaciones textuales y, de ordinario, se reducen las diferentes tramas de estas grandes obras a una sola, que se concentra en un único personaje.
EL TRABAJO DEL ACTOR
El otro aspecto de la contemporaneidad de sus montajes se centra en el trabajo del actor, con el que trata de hacerle actual al personaje que debe interpretar: los dibuja y antes de empezar los ensayos atisba hacia dónde ir con ellos, pero sin estudiar su psicología, porque le interesa contar con la complicidad del actor para levantar la propuesta escénica. Luego en el proceso de ensayos les pide energía, fuerza, expresividad y, en ocasiones, una cierta carga expresionista en la interpretación.
La poética de Bieito evoluciona sobre unas bases que permanecen inalterables desde los primeros trabajos. Le interesa retratar la sociedad contemporánea, que se define por su egoísmo, hipocresía y materialismo, que acarrea unas fuertes desigualdades sociales, encontrándose muy influenciada por la cultura consumista americana, que aborrece y detesta. Junto al retrato, los comportamientos de las personas, donde el odio, la envidia, el poder o la sexualidad marcan su proceder. De ahí, la presencia de escenas con violencia, procacidad, felaciones y la presencia de la muerte, para enfrentar al hombre con su temporalidad.
Estas divisas, que han escandalizado y que en su recurrencia, a veces, resultan gratuitas, la tensión dramática, la concentración argumental, la fuerza plástica de sus imágenes y el carácter de denuncia caracterizan un teatro que, difícilmente deja indiferente al espectador.