12 de febrer 2010

LA MATERNIDAD DE ELNA AVUI DIVENDRES A 2/4 DE 10 DE LA NIT A SALA CABAÑES


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En los últimos días de la Guerra Civil española, medio millón de españoles cruzaron la frontera con Francia para huir de las tropas franquistas. Allí lo que esperó fue mucho peor que lo que dejaron atrás. El gobierno francés esperaba 50.000 refugiados, y se vio desbordado ante el alud de gente. Lo único que se les ocurrió fue encerrar en los exiliados en un campo de concentración en la playa, sin comida, sin agua y sin lugar para refugiarse de las inclemencias. Allí, la gente moría de hambre, de frío y de miseria. Los más débiles, mujeres y niños, caían como moscas. ¿Y que ocurría cuando una mujer embarazada tenía que dar a luz? La mortandad infantil era del95% y las madres tenían que enterrar a sus hijos bajo la arena de la playa. En este dramático paisaje apareció una mujer, de apenas 24 años que se encargó de ayudar a las mujeres embarazadas a dar a luz y poder cuidar de sus hijos. Elisabeth Eidenbenz, una joven suiza alquiló un palacete en Elna, donde se encargó de las mujeres embarazadas tuviesen los medios humanos para parir con una cierta seguridad y dignidad.

Esto, explicado de esta manera, parece una más de las historias de la guerra. Cuando en realidad ha sido uno de los episodios oscuros, dramáticos y esperanzadores de nuestra historia, desconocido u olvidado hasta hace pocos años, 597 niños y niñas nacieron en la Maternidad de Elna entre 1939 y 1945, la mayoría de ellos hijos de mujeres españolas. Estos niños y niñas, a los que esperaba una muerte segura en las playas francesas, deben su vida a una mujer que se paseaba con una bata blanca y se hacía llamar Señorita Isabel.

Assumpta Montallà, tras un arduo trabajo de investigación descubrió, que la señorita Isabel no era otra que Elisabeth Eidenbenz, una maestra suiza que estuvo en España ayudando a los republicanos y que huyó también a Francia tras la caída del gobierno.

El pasado día 13, tuve la ocasión de escuchar la historia de labios de la autora del libro, y me emocioné, ante una explicación tan tierna y dramática a la vez. Nos dijo que una mujer joven fue capaz de enfrentarse a un mundo en guerra para llevar a cabo una gran labor humanitaria; ella era la encargada de llevar el registro de todo lo que ocurría en la maternidad, y guarda exhaustivamente los nombres de las madres y los niños que nacieron allí así como un archivo de unas 800 fotos como testimonio histórico de suma importancia. Este testimonio es una parte muy importante de nuestra historia, de nuestro pasado que no debe olvidarse puesto que solamente conociendo el pasado podemos entender el presente y crear un futuro. La memoria histórica, que tan en boga está en estos días, que tanto detractores y defensores tiene es una manera de legar a nuestros hijos la forma de no cometer los mismos errores, de crear una conciencia del horror que vivieron nuestros abuelos, hace apenas dos generaciones. Solo legando a las generaciones venideras la historia podemos asegurarnos de que intentarán por todos los medios que no vuelva a ocurrir lo mismo. Debemos tener esperanza que persona como Elisabet existen y existirán, para recordarnos que no todo está perdido en el género humano.

"Había una madre que no tenía leche y el niño lloraba de hambre día y noche. Cuando se agotaba de tanto llorar, se dormía y ella le daba calor con su cuerpo. Las mantas que tenían todavía estaban empapadas de aquellos días tan malos de febrero. Cuando salía el sol, enterraba al bebé en la arena hasta que le dejaba fuera solo la cabecita. La arena le servía de manta.

Pero al cabo de unos días el niño se murió de frío y de hambre. Yo estaba embarazada y con solo pensar que mi hijo nacería en aquel infierno me desesperaba. Después de unas semanas, en el barracón de enfermería del campo encontré a la señorita Elisabeth o, mejor dicho, ella me encontró a mí. Me propuso parir en una Maternidad situada en Elna, allí mismo, en el Rosellón.

El día que nació mi hijo en la sala de partos de la Maternidad, no pude reprimir las lágrimas. Todo el mundo creyó que lloraba de emoción, pero solo yo sabía que lloraba por el niño enterrado en la arena de Argelers."

(testimonio de Mercè Domènech extraído del libro de Assumpta Montellà)