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24 desembre 2007
TEATRO
«Hay que purgar a Totó»
Autor: Georges Feydeau.
Traducción y adaptación: Luis Blat.
Dirección e iluminación: Georges Lavaudant.
Escenografía y vestuario: Jean-Pierre Vergier.
Intérpretes: Nuria Espert, Jordi Bosch, Gonzalo de Castro, Tomás Pozzi, Ana Frau, Carmen Arévalo y Manuel Millán.
Lugar. Teatro Español. Madrid.
JUAN IGNACIO GARCÍA GARZÓN
Hace casi un siglo -la estrenó en 1910- Georges Feydeau (1862-1921) sirvió al público parisiense de la época esta «farsa conyugal moderna» en la que los pequeños sucesos intrascendentes llevan ocultas cargas de vitriolo en el dobladillo de la cotidianeidad. «Hay que purgar a Totó» es un vodevil doméstico y escatológico, un vodevil de la mediocridad y la hipocresía, cuya trama gira en torno a un negocio de orinales y el estreñimiento de un niño consentido; adheridas a esa línea argumental, el autor ha colocado, como dispuestas en una mesa de autopsias, cuestiones como la doble moral pública y privada, las pequeñas miserias matrimoniales que alimentan la pelusa gris del desafecto, la mentira como hábito social, la mala educación, la avaricia como guía de las acciones, las esquinas tramposas del lenguaje, la opulencia de la incultura... En fin, una suma de factores que indican que algo huele mal en los mecanismos de nuestra sociedad y no sólo el cubo de aguas sucias que Julia, la protagonista, pasea durante buena parte de la función.
Georges Lavaudant dirige esta pieza de un acto con la limpieza y la precisión de un cirujano; un trabajo transparente que transcurre en el amplio y asumidamente agobiante espacio expresionista concebido por Jean-Pierre Vergier: un despacho cuyas paredes están forradas con un papel abarrotado de enormes rosas rojas, una gran mesa central y dos puertas laterales, grande y ostentosa la que da al exterior, pequeña y fea la que conduce a la intimidad de los aposentos, o sea, una propuesta que explicita el sentido del montaje.
Nuria Espert, que tenía pendiente en su hoja de servicios el capítulo vodevilesco, se baja de sus coturnos de gran trágica y se calza unas pantuflas de andar por casa para componer magistralmente su Julia: descuidada, en bata, con bigudíes y las medias caídas, hace exhibición de grosera espontaneidad burguesa, y se nota que disfruta como payasa excelsa. Le da réplica un estupendo Jordi Bosch, sufrido prisionero de las convenciones sociales, los intereses comerciales y las cargas familiares; junto a ellos, un impecable Gonzalo de Castro que parece escapado de un daguerrotipo, el niñazo terrible Tomás Pozzi y el resto del reparto completan un divertido espectáculo teatral cuyo estreno fue acompañado por las constantes risas del respetable.
24 desembre 2007
TEATRO
«Hay que purgar a Totó»
Autor: Georges Feydeau.
Traducción y adaptación: Luis Blat.
Dirección e iluminación: Georges Lavaudant.
Escenografía y vestuario: Jean-Pierre Vergier.
Intérpretes: Nuria Espert, Jordi Bosch, Gonzalo de Castro, Tomás Pozzi, Ana Frau, Carmen Arévalo y Manuel Millán.
Lugar. Teatro Español. Madrid.
JUAN IGNACIO GARCÍA GARZÓN
Hace casi un siglo -la estrenó en 1910- Georges Feydeau (1862-1921) sirvió al público parisiense de la época esta «farsa conyugal moderna» en la que los pequeños sucesos intrascendentes llevan ocultas cargas de vitriolo en el dobladillo de la cotidianeidad. «Hay que purgar a Totó» es un vodevil doméstico y escatológico, un vodevil de la mediocridad y la hipocresía, cuya trama gira en torno a un negocio de orinales y el estreñimiento de un niño consentido; adheridas a esa línea argumental, el autor ha colocado, como dispuestas en una mesa de autopsias, cuestiones como la doble moral pública y privada, las pequeñas miserias matrimoniales que alimentan la pelusa gris del desafecto, la mentira como hábito social, la mala educación, la avaricia como guía de las acciones, las esquinas tramposas del lenguaje, la opulencia de la incultura... En fin, una suma de factores que indican que algo huele mal en los mecanismos de nuestra sociedad y no sólo el cubo de aguas sucias que Julia, la protagonista, pasea durante buena parte de la función.
Georges Lavaudant dirige esta pieza de un acto con la limpieza y la precisión de un cirujano; un trabajo transparente que transcurre en el amplio y asumidamente agobiante espacio expresionista concebido por Jean-Pierre Vergier: un despacho cuyas paredes están forradas con un papel abarrotado de enormes rosas rojas, una gran mesa central y dos puertas laterales, grande y ostentosa la que da al exterior, pequeña y fea la que conduce a la intimidad de los aposentos, o sea, una propuesta que explicita el sentido del montaje.
Nuria Espert, que tenía pendiente en su hoja de servicios el capítulo vodevilesco, se baja de sus coturnos de gran trágica y se calza unas pantuflas de andar por casa para componer magistralmente su Julia: descuidada, en bata, con bigudíes y las medias caídas, hace exhibición de grosera espontaneidad burguesa, y se nota que disfruta como payasa excelsa. Le da réplica un estupendo Jordi Bosch, sufrido prisionero de las convenciones sociales, los intereses comerciales y las cargas familiares; junto a ellos, un impecable Gonzalo de Castro que parece escapado de un daguerrotipo, el niñazo terrible Tomás Pozzi y el resto del reparto completan un divertido espectáculo teatral cuyo estreno fue acompañado por las constantes risas del respetable.
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