
www.elconfidencial.com
29 desembre 2007
Nuria Espert y Tomás Pozzi, insoportables madre e hijo.
María José S. Mayo
HAY QUE PURGAR A TOTÓ
Dirección: Georges Laudavant.
Autor: Georges Feydeau.
Intérpretes: Nuria Espert, Jordi Bosch, Gonzalo de Castro, Tomás Pozzi, Ana Frau y Cármen Arévalo.
Lugar: Teatro Español. Príncipe, 25. Madrid
Teléfono: 91 360 14 80; tel-entrada 902 10 12 12.
Horario: Martes a sábado a las 20h; domingos, 18h.
Fecha: Hasta el 27 de enero de 2008.
Precio: 4 a 22 €.
www.esmadrid.com/teatroespanol
Tras Play Strindberg, el director Georges Laudavant vuelve a contar con Nuria Espert para su incursión en el vodevil de la mano de un autor francés especialista en el género: Georges Feydeau. Con Hay que purgar a Totó se nos introduce en una pieza teatral de un solo acto en la que se despliegan las características de esta especialidad teatral -equívocos, confusiones, resurgimientos- sin ningún tipo de pausa, como mandan los cánones.
El telón se abre desvelando una oficina de dimensiones algo distorsionadas. Una puerta altísima deja pasar a las visitas; otra, pequeña y sencilla, es la que utiliza una mujer para entrar y salir y martirizar a su marido con sus pequeñas preocupaciones magnificadas. Entre esas dos facetas, social y privada, se mueve el personaje central, el señor Rebollo, un comerciante de orinales que espera una importantísima visita que le puede brindar su mejor negocio, mientras su mujer le azuza con sus preocupaciones por los intestinos de su hijo Totó, al que no consigue purgar. Incómodas y algo cansinas se muestran las entradas y salidas de la mujer con ese cubo de agua sucia que no termina de tirar, ante la desesperación de su marido, incapaz de aguantar una situación que termina de írsele de las manos con la aparición de la visita y de su hijo Totó, un caprichoso y consentido niño de mamá.
Los actores están correctos, pero no brillantes. Nuria Espert no termina de convencer en su papel de maruja irracional: sus gestos acaban cargando al espectador. A pesar de su acertadísima escenografía a la obra le falta ritmo y se hace excesivamente irritante, tanto que entendemos la renuncia del Señor Rebollo, que, como una Nora ibseniana, abandona ese hogar de locos que no superaron su fase anal.
29 desembre 2007
Nuria Espert y Tomás Pozzi, insoportables madre e hijo.
María José S. Mayo
HAY QUE PURGAR A TOTÓ
Dirección: Georges Laudavant.
Autor: Georges Feydeau.
Intérpretes: Nuria Espert, Jordi Bosch, Gonzalo de Castro, Tomás Pozzi, Ana Frau y Cármen Arévalo.
Lugar: Teatro Español. Príncipe, 25. Madrid
Teléfono: 91 360 14 80; tel-entrada 902 10 12 12.
Horario: Martes a sábado a las 20h; domingos, 18h.
Fecha: Hasta el 27 de enero de 2008.
Precio: 4 a 22 €.
www.esmadrid.com/teatroespanol
Tras Play Strindberg, el director Georges Laudavant vuelve a contar con Nuria Espert para su incursión en el vodevil de la mano de un autor francés especialista en el género: Georges Feydeau. Con Hay que purgar a Totó se nos introduce en una pieza teatral de un solo acto en la que se despliegan las características de esta especialidad teatral -equívocos, confusiones, resurgimientos- sin ningún tipo de pausa, como mandan los cánones.
El telón se abre desvelando una oficina de dimensiones algo distorsionadas. Una puerta altísima deja pasar a las visitas; otra, pequeña y sencilla, es la que utiliza una mujer para entrar y salir y martirizar a su marido con sus pequeñas preocupaciones magnificadas. Entre esas dos facetas, social y privada, se mueve el personaje central, el señor Rebollo, un comerciante de orinales que espera una importantísima visita que le puede brindar su mejor negocio, mientras su mujer le azuza con sus preocupaciones por los intestinos de su hijo Totó, al que no consigue purgar. Incómodas y algo cansinas se muestran las entradas y salidas de la mujer con ese cubo de agua sucia que no termina de tirar, ante la desesperación de su marido, incapaz de aguantar una situación que termina de írsele de las manos con la aparición de la visita y de su hijo Totó, un caprichoso y consentido niño de mamá.
Los actores están correctos, pero no brillantes. Nuria Espert no termina de convencer en su papel de maruja irracional: sus gestos acaban cargando al espectador. A pesar de su acertadísima escenografía a la obra le falta ritmo y se hace excesivamente irritante, tanto que entendemos la renuncia del Señor Rebollo, que, como una Nora ibseniana, abandona ese hogar de locos que no superaron su fase anal.
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