04 de novembre 2012

Crítica de 'El Montaplatos': Hay alguien allí arriba




Animalario presenta su última propuesta, 'El montaplatos' de Pinter, en el Teatre Lliure

publicat per Albert Lladó www.lavanguardia.com 25 octubre 2012, foto :  Alberto San Juan y Willy Toledo Andrés de Daniel


Sólo durante seis días, hasta el domingo 28, se puede ver, en el Teatre Lliure, la última pieza de la compañía Animalario. Luego, tal y como explicaba Alberto San Juan a este diario, se tomarán un mínimo de dos años de descanso para dedicarse a trabajos individuales. Es el mismo San Juan quien, junto a Willy Toledo, protagonizan El montaplatos, texto de Harold Pinter dirigido en esta ocasión por Andrés Lima.
Lo primero que se encuentra el público es que el escenario central, como las butacas, está cubierto de bolsas de basura negras. Algo importante va a pasar para que tengan tanto miedo a ensuciarnos. Dos camas y dos puertas son los únicos elementos. Un prolongado silencio es el largo despertar de Ben (San Juan) y Gus (Toledo) - muy compenetrados - que han llegado a esta suerte de refugio y que esperan hasta que alguien les dé la orden. Hablan del Barça y de las noticias intrascendentes del diario que leen y releen. Uno hace maquetas. El otro sólo piensa en comer. Sin decirlo, Pinter se las ingenia para que entendamos que son dos asesinos a sueldo. Ahora se comprende lo de las bolsas.
Los diálogos emparejan la pieza con el teatro del absurdo y el guiñol. Ben y Gus parecen una actualización de la clásica pareja del payaso serio y el payaso gruñón.
Los protagonistas se sienten seguros allí, en ese sótano, aunque el personaje de Toledo (a ratos lo exagera demasiado) no para de quejarse. Cada vez las condiciones de trabajo son peores. No hay ventanas, la cisterna no funciona, ni siquiera tienen un poco de gas para hacerse un café. El exterior es la amenaza. Armados con una pistola cada uno, descubren con angustia un montaplatos. Alguien desde arriba les irá pidiendo platos elaborados y, así, se dan cuenta de que están en lo que podría haber sido una antigua cocina.
Gus pregunta quién va a ser esta noche. Un tal Gutiérrez, quien les tiene que dar las instrucciones precisas, no aparece. Y el esbirro se pone nervioso. Recuerda la última (supuesta) víctima. Mientras, el montacargas no para de subir y bajar, con nuevos pedidos y comandas. ¿Pero a quién están obedeciendo exactamente? Sin darse cuenta, sin salir de la habitación en la que permanecen aislados, se han convertido en servidumbre de alguien al que ni siquiera conocen. ¿Por qué aceptan, pasivamente, darles lo poco de comida que tienen?
El montaplatos (un traducción libre del título es El camarero estúpido) es una advertencia sobre la irracionalidad de ciertas jerarquías. También, claro, acerca de la toma de conciencia, la repercusión moral y física de nuestros actos, y la necesidad de preguntarse por el sentido de la inercia.
Lo que pase luego, si no hacemos nada para combatir el orden establecido, será únicamente responsabilidad nuestra.