Animalario presenta su última propuesta, 'El montaplatos' de
Pinter, en el Teatre Lliure
publicat per Albert Lladó www.lavanguardia.com 25 octubre 2012,
foto : Alberto San Juan y Willy Toledo
Andrés de Daniel
Sólo durante seis días, hasta el domingo 28, se puede ver,
en el Teatre Lliure, la última pieza de la compañía Animalario. Luego, tal y
como explicaba Alberto San Juan a este diario, se tomarán un mínimo de dos años
de descanso para dedicarse a trabajos individuales. Es el mismo San Juan quien,
junto a Willy Toledo, protagonizan El montaplatos, texto de Harold Pinter
dirigido en esta ocasión por Andrés Lima.
Lo primero que se encuentra el público es que el escenario
central, como las butacas, está cubierto de bolsas de basura negras. Algo
importante va a pasar para que tengan tanto miedo a ensuciarnos. Dos camas y
dos puertas son los únicos elementos. Un prolongado silencio es el largo
despertar de Ben (San Juan) y Gus (Toledo) - muy compenetrados - que han
llegado a esta suerte de refugio y que esperan hasta que alguien les dé la
orden. Hablan del Barça y de las noticias intrascendentes del diario que leen y
releen. Uno hace maquetas. El otro sólo piensa en comer. Sin decirlo, Pinter se
las ingenia para que entendamos que son dos asesinos a sueldo. Ahora se
comprende lo de las bolsas.
Los diálogos emparejan la pieza con el teatro del absurdo y
el guiñol. Ben y Gus parecen una actualización de la clásica pareja del payaso
serio y el payaso gruñón.
Los protagonistas se sienten seguros allí, en ese sótano,
aunque el personaje de Toledo (a ratos lo exagera demasiado) no para de
quejarse. Cada vez las condiciones de trabajo son peores. No hay ventanas, la
cisterna no funciona, ni siquiera tienen un poco de gas para hacerse un café.
El exterior es la amenaza. Armados con una pistola cada uno, descubren con
angustia un montaplatos. Alguien desde arriba les irá pidiendo platos
elaborados y, así, se dan cuenta de que están en lo que podría haber sido una
antigua cocina.
Gus pregunta quién va a ser esta noche. Un tal Gutiérrez,
quien les tiene que dar las instrucciones precisas, no aparece. Y el esbirro se
pone nervioso. Recuerda la última (supuesta) víctima. Mientras, el montacargas
no para de subir y bajar, con nuevos pedidos y comandas. ¿Pero a quién están
obedeciendo exactamente? Sin darse cuenta, sin salir de la habitación en la que
permanecen aislados, se han convertido en servidumbre de alguien al que ni
siquiera conocen. ¿Por qué aceptan, pasivamente, darles lo poco de comida que
tienen?
El montaplatos (un traducción libre del título es El
camarero estúpido) es una advertencia sobre la irracionalidad de ciertas
jerarquías. También, claro, acerca de la toma de conciencia, la repercusión
moral y física de nuestros actos, y la necesidad de preguntarse por el sentido
de la inercia.
Lo que pase luego, si no hacemos nada para combatir el orden
establecido, será únicamente responsabilidad nuestra.

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