Francesc Amaro dirige en La Seca un texto de Heiner Müller
sobre el fracaso de las utopías y la decadencia de Europa
publicat per Albert Lladó www.lavanguardia.com 8 de novembre de
2012
Hay riesgo, hay teatro. Sorpresa (sorpresa, por fin) al
entrar en La Seca y encontrarse con una pasarela por la que los actores nos
mostrarán el texto de Heiner Müller, Hamlet Machine, bajo la dirección de
Francesc Amaro.
Un trajín de cajas. Olor a pintura de spray con el que
escriben las principales marcas que venden en el almacén. Las utopías, muertas,
dentro de nichos de cartón. La pieza es una constante aceleración, el público
roza con sus rodillas a los intérpretes, que parecen estar en medio de los
Tiempos modernos de Chaplin. En vez de tornillos y llaves inglesas, los
protagonistas siguen un albarán que les garantiza el caos. Somos robots.
De una de las cajas, que hace de ataúd, brotan panfletos y
proclamas comunistas. Las ideas para un mundo mejor, gracias al dogmatismo, se
han convertido en confetis de colores. Hamlet acude al entierro mientras su
madre y su tío practican sexo. La traición, a un compromiso, se hace evidente
así. En la pared vemos reflejado el título Álbum de familia. El duelo, en medio
de un aquelarre desenfrenado, es vivido con alegría. Luego llegarán los
intentos de suicidio.
La propuesta de Francesc Amaro es de gran violencia
escénica. Una hora intensísima (mucho movimiento, nada de estructuras rígidas ni
convencionalismos) donde Pau Sastre ofrece una interpretación inolvidable. Mira
a la cara del espectador, corre, se tira por el suelo, se sube a unos
peligrosos tacones, se retuerce. Hace palpitar. Le acompañan con acierto
(aunque con algo menos de credibilidad) Jordi Sanosa y Andrea Portella. Trabajo
nada fácil para ninguno de los tres.
Llega el Scherzo, una sinfonía en la que el trío juega con
las páginas escritas por Dante, Joyce, Mann, Freud o Proust. El edificio de la
cultura europea se tambalea, y surge la pregunta por la identidad (¿cómo hemos
permitido que siga el estereotipo de mujer-objeto como principal tótem
televisivo?) y la relación con el cuerpo.
Estamos, pues, ante una obra (¡escrita en 1977!)
deconstructivista, más de quitar que de poner, que ha ido a las ruinas de
nuestra civilización para despojar todos los escombros y mantener, únicamente,
algunas potentes imágenes poéticas. Hay algo de Godard, y su Film Socialisme,
en esta alerta de Müller.
Llega un nuevo capítulo, la “peste en Buda”, y el actor se
sienta entre el público. Ya no hay máscaras, el autor nos habla sin personaje
ni arquetipos. La decoración se ha convertido en paisaje, y el drama se nos
presenta en forma de monumento. La multitud, en la calle, desdibuja la
individualidad. De frente, las fotos de Marx, Fidel, Mao y Stalin. Los
cadáveres, muñecas de plástico sin brazos, son incapaces de pronunciar un “no”
como afirmación de su propia voluntad. La sumisión es, ya, absoluta.
La pieza dirigida por Amaro es la radiografía de una decadencia.
El ciudadano (Electra), convertido en máquina sin dolor ni pensamiento, es
envuelto en plástico (una terrible armadura) y se le coloca un código de
barras. El producto, empaquetado, está listo para ser consumido.
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