La Villaroel programa 'Perversiones sexuales en Chicago',
una adaptación que se acerca más a la televisión que al teatro
publicat per Albert Lladó www.lavanguardia.com 1 de novembre de
2012
Barcelona puede acoger, al mismo tiempo, el teatro más
arriesgado, lo más experimental, el musical masivo, la danza clásica, y la
comedia ligera. Pese a la crisis, el público parece que aguanta, y aún hay
espacio para todos. Buena muestra de ello es la dirección artística de La
Villaroel que lleva a cabo Carol López, y que ya ha conseguido éxitos como
L'any que ve serà millor. El espectador busca entretenimiento y lo encuentra.
Sin embargo, esta vez, la propuesta Perversiones sexuales en
Chicago, versión de Roberto Santiago de la pieza de David Mamet, no produce las
mismas sensaciones. El teatro ha de aportar un valor añadido, una excusa, para
que el público deje la butaca de su casa y se traslade a una platea.
En esta obra, dirigida por Juan Pedro Campoy, uno tiene la
impresión de que se ha querido transportar la televisión a escena, y se nota.
No es sólo porque los actores sean televisivos (Adriana Torrebejano y Javier
Pereira hacen lo que pueden para meter verosimilitud allí donde no la hay,
Fernando Gil hincha su personaje hasta convertirlo en una suerte de Torrente
treintañero, y Cristina Alcázar es la única que realmente aporta capas en su
interpretación). El constante product placement (nos enseñan una y otra vez la
marca de una conocida cerveza) también ayuda. Y la renuncia absoluta a una
escenografía (dos espacios; un sofá y una mesa con sus taburetes) que nos
transporte al ritual que hemos venido a ver. Ni siquiera nos encontramos el
telón bajado cuando llegamos. Todo, gags y trucos, a la vista.
Claro que las comparaciones son odiosas, y es evidente que
las intencionalidades son distintas, pero ver este Mamet después de Oleanna
resulta algo frustrante. El dramaturgo estadounidense ofrece un texto en el que
el lenguaje es explícito, la contundencia quiere mostrarnos los disfraces del
deseo, que a veces se camufla entre lo que llamamos amor. Los personajes (dos
chicas y dos chicos jóvenes se encuentran en un bar y de allí nace una pareja)
utilizan la incorrección política y se dicen las cosas a la cara. Hasta que se
instaura la relación oficial.
Mamet tiene la indiscutible habilidad de zarandear nuestras
convicciones más profundas. Es esta pieza un retrato de la obsesión, de los
celos y los reproches, de la violencia verbal, del egoísmo (en las relaciones
sentimentales y en la amistad) enmascarado en caricias y carantoñas. Pero, como
decimos, la versión dirigida por Campoy pone el énfasis en los adjetivos, como
en un continuo chiste del a ver quién la dice más gorda. Los diálogos rápidos y
sorprendentes se convierten, así, en réplicas que recuerdan a series como
Escenas de matrimonio o Aquí no hay quien viva. Pero en una sitcom – esa es la
gran diferencia entre el plató y el escenario - las risas pueden ser enlatadas.
El teatro es otra cosa.
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