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2 de novembre de 2013
Eduardo VIÑUELA Musicólogo
En los alrededores de la Laboral se respiraba el aire
revival propio de un musical ya intergeneracional. Se escuchaba tararear
algunas de las canciones más conocidas, abundaban las faldas de vuelo y las
chaquetas de cuero, y hasta se pudo ver algún coche americano de época en el
aparcamiento. El teatro estaba lleno y un disc jockey caracterizado de Vince
Fontaine caldeaba el ambiente previo a la función con clásicos de Ritchie
Valens y The Coasters. Todo estaba listo para que comenzara la versión española
de Grease, un espectáculo musical que vio la luz el año pasado para conmemorar
las cuatro décadas desde su estreno en Broadway en 1972.
La trama sigue fielmente el guión de la película, hasta el
punto de reproducir los diálogos entre los personajes. No podía ser de otro
modo en un musical que apela a la nostalgia y al recuerdo. La recreación de la
escena del amor veraniego de Sandy y Danny en la playa abrió el musical, al
igual que la película, en una proyección en vídeo. A partir de ahí los números
musicales mandaron y condujeron la narración hasta el punto de dejar en mera
anécdota la parte teatral. La escenografía evidenció ciertas limitaciones
presupuestarias, pero el efecto de las coreografías grupales en canciones como
"Dime más" convencieron y estuvieron bien solventadas. No es un
musical de grandes piruetas, pero la caracterización de los personajes a través
de vestuario y peluquería, así como el impacto de contar con muchos actores en
el escenario consigue hacer avanzar una acción que cuenta con la complicidad de
un público que conoce perfectamente el argumento.ç
El ritmo en general es fluido, pero sorprende la inclusión
de escenas y canciones que no aparecen en el film, como "Dulces
acordes" o la canción de Marty a sus Freddies en la fiesta de pijamas,
para alargar el tiempo del musical. La conocida coreografía de "Greased
Lightnin" no consiguió el efecto para el que fue diseñada y el público no
llegó a levantarse de sus asientos, pero es que Albert Martínez (Kenickie)
tampoco llegó a dar el Do de pecho en la cadencia final. Todo lo contrario que
el polifacético Noli Ramos (Vince Fontaine), que demostró sus dotes como
cantante y como showman en numerosas ocasiones. Javier Arroyo (Danny Suko) no
destacó vocalmente como era de esperar por su papel protagonista y se vio
sobrepasado constantemente por Marta Arteta (Sandy), que brilló en la balada
"Hopelessly devoted to you" y en el dúo con Eva Manjón (Rizzo), quien
también tuvo una notable actuación. Todo ello con la música en directo de una
banda de rock muy solvente en la que tuvo especial protagonismo el sintetizador
y en la que, afortunadamente, no faltó el viento metal.
La escena más lograda fue la del baile grupal en el gimnasio
del instituto, tanto en la cuidada coreografía como en los efectos escénicos al
incluir la imagen de una cámara de televisión en blanco y negro en el
escenario. De entre las escenas añadidas, merece especial mención la pertinente
alusión a la escena del balcón de Romeo y Julieta entre Danny y Sandy.
Es un musical que no deslumbra, pero que entretiene; sin
grandes momentos estelares, pero con un nivel constante en un desarrollo
dramático ágil que no busca sorprender con innovaciones narrativas. Un
espectáculo diseñado para todos los públicos, en la línea de los musicales que
desde hace unos años llenan los teatros de toda España, que tuvo su traca final
con un medley de los temas más conocidos y con los actores bailando entre el
público.

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