12 de novembre 2013

Los hijos de Kennedy




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Teatro Cofidis Alcázar. Madrid


Cinco sólidos actores, cinco piezas sin historia como tal y un montaje sin interés más allá de ser el reflejo de una época. Así se podría resumir Los hijos de Kennedy, que se ha estrenado en el Teatro Cofidis (antiguo Alcázar). José María Pou dirige el texto de Robert Patrick (estrenado en 1973) cincuenta años después del asesinato de Kennedy. Pero tal vez este motivo conmemorativo no es suficiente para rescatar un texto que, dejando aparte el hecho de que a los españolitos de a pie nos quede algo a desmano (con la dificultad de identificación consiguiente), no llega a enganchar a causa de una estructura que juega en su contra.

Patrick construyó su obra como cinco monólogos que se van intercalando. Cinco personajes en un bar (o en cinco bares diferentes) que reflexionan sobre los años sesenta y cómo en la década siguente todos aquellos sueños de libertad se hicieron añicos. Cinco prototipos que (supuestamente, porque finalmente sólo una de ellos se centra en el tema) afrontan la muerte de su presidente como imagen de la defunción de un futuro posible y diferente. Cinco seres humanos que no llegan a interactuar, excepto al final del montaje (algo que se agradece como no se puede hacer uno idea, vamos). Un escenario interesante y unas cuantas proyecciones intentan animar el tema y hacerlo algo más moderno, pero no lo consiguen. El problema no parece tanto de la puesta en escena ni de las actuaciones, sino del propio texto en sí, que resulta interesante y sólido si se tratara de monólogos independientes (aunque alguno no aporte más que contexto al asunto). Pero como obra no llega a interesar ni encandilar, y acaba por pesar, excepto por momentos aislados, como una losa made in the USA. Podría durar una hora menos, y no pasaría nada.

Y eso que el reparto hacía augurar uno de los estrenos de la temporada. Pero ni el buen hacer de los intérpretes conseguiría levantar esta familia. Álex García interpreta de forma correcta al combatiente de Vietnam, imagen viviente de los horrores de la guerra. A Emma Suárez se le va un poco de las manos la marujez de su personaje, una administrativa obsesionada por Kennedy (“para mí fue el día más importante de mi vida. Desde entonces digo Antes de y Después de”). Sin embargo, los dos personajes (tanto el del combatiente como el de la secretaria) resultan completamente accesorios. Podrían no existir y no se les echaría de menos. La hippie borracha de Ariadna Gil, con su desencanto, tiene potencial para llegar a emocionar. Pero nunca se presenta ese momento. Fernando Cayo en su papel de patético actor underground (y marica desaforada) acaba por resultar algo cansino. Aunque, eso sí, continúa demostrando que es un actor de tremenda solvencia que se puede enfrentar a lo que le echen. Pero hay un personaje y una actriz que se lleva de calle el montaje, y sólo por esto merecería la pena acercarse a estos hijos. Y es que Maribel Verdú está espléndida como Carla, la actriz obsesionada con Marilyn y remedo de la ambición rubia. La Verdú (aparte de seguir teniendo un cuerpo de infarto) protagoniza los mejores momentos de la función, los más divertidos pero también los más emotivos, y consigue disipar el sopor en el que poco a poco se va deslizando el montaje.

Tal vez en su momento y lugar (los 70 y EEUU) este texto tenía un sentido, y su reflexión sobre el fin de una época tocaba de manera diferente. Pero, parafraseando al personaje de Emma Suárez (“y a pesar de todo les resulta difícil comprender por qué fue una época maravillosa”), a algunos creo resulta difícil comprender por qué éste era un texto tan interesante para poner en pie. Y es que el trabajo en sí es sólido, pero esta familia americana (excepto por Carla, que menos mal que ella y su pelucón andan por ahí) acaba por resultar algo aburridilla.