publicat
per
Teatro Cofidis Alcázar. Madrid
Cinco sólidos actores, cinco piezas sin historia como tal y
un montaje sin interés más allá de ser el reflejo de una época. Así se podría
resumir Los hijos de Kennedy, que se ha estrenado en el Teatro Cofidis (antiguo
Alcázar). José María Pou dirige el texto de Robert Patrick (estrenado en 1973)
cincuenta años después del asesinato de Kennedy. Pero tal vez este motivo
conmemorativo no es suficiente para rescatar un texto que, dejando aparte el
hecho de que a los españolitos de a pie nos quede algo a desmano (con la
dificultad de identificación consiguiente), no llega a enganchar a causa de una
estructura que juega en su contra.
Patrick construyó su obra como cinco monólogos que se van
intercalando. Cinco personajes en un bar (o en cinco bares diferentes) que
reflexionan sobre los años sesenta y cómo en la década siguente todos aquellos
sueños de libertad se hicieron añicos. Cinco prototipos que (supuestamente,
porque finalmente sólo una de ellos se centra en el tema) afrontan la muerte de
su presidente como imagen de la defunción de un futuro posible y diferente.
Cinco seres humanos que no llegan a interactuar, excepto al final del montaje
(algo que se agradece como no se puede hacer uno idea, vamos). Un escenario
interesante y unas cuantas proyecciones intentan animar el tema y hacerlo algo
más moderno, pero no lo consiguen. El problema no parece tanto de la puesta en
escena ni de las actuaciones, sino del propio texto en sí, que resulta
interesante y sólido si se tratara de monólogos independientes (aunque alguno
no aporte más que contexto al asunto). Pero como obra no llega a interesar ni
encandilar, y acaba por pesar, excepto por momentos aislados, como una losa
made in the USA. Podría durar una hora menos, y no pasaría nada.
Y eso que el reparto hacía augurar uno de los estrenos de la
temporada. Pero ni el buen hacer de los intérpretes conseguiría levantar esta
familia. Álex García interpreta de forma correcta al combatiente de Vietnam,
imagen viviente de los horrores de la guerra. A Emma Suárez se le va un poco de
las manos la marujez de su personaje, una administrativa obsesionada por
Kennedy (“para mí fue el día más importante de mi vida. Desde entonces digo
Antes de y Después de”). Sin embargo, los dos personajes (tanto el del
combatiente como el de la secretaria) resultan completamente accesorios.
Podrían no existir y no se les echaría de menos. La hippie borracha de Ariadna
Gil, con su desencanto, tiene potencial para llegar a emocionar. Pero nunca se
presenta ese momento. Fernando Cayo en su papel de patético actor underground
(y marica desaforada) acaba por resultar algo cansino. Aunque, eso sí, continúa
demostrando que es un actor de tremenda solvencia que se puede enfrentar a lo
que le echen. Pero hay un personaje y una actriz que se lleva de calle el
montaje, y sólo por esto merecería la pena acercarse a estos hijos. Y es que
Maribel Verdú está espléndida como Carla, la actriz obsesionada con Marilyn y
remedo de la ambición rubia. La Verdú (aparte de seguir teniendo un cuerpo de
infarto) protagoniza los mejores momentos de la función, los más divertidos
pero también los más emotivos, y consigue disipar el sopor en el que poco a
poco se va deslizando el montaje.
Tal vez en su momento y lugar (los 70 y EEUU) este texto
tenía un sentido, y su reflexión sobre el fin de una época tocaba de manera
diferente. Pero, parafraseando al personaje de Emma Suárez (“y a pesar de todo
les resulta difícil comprender por qué fue una época maravillosa”), a algunos
creo resulta difícil comprender por qué éste era un texto tan interesante para
poner en pie. Y es que el trabajo en sí es sólido, pero esta familia americana
(excepto por Carla, que menos mal que ella y su pelucón andan por ahí) acaba
por resultar algo aburridilla.

Cap comentari:
Publica un comentari a l'entrada