26 d’octubre 2006

Los miserables

16 octubre 2006
GAUDEN VILLAS
Cuando en España uno comete la torpeza de hacer público que va a viajar al extranjero, así sea para cruzar unos metros la frontera con Portugal, está perdido. Lo quiera o no, va a tener que enfrentarse con el típico pelmazo, muy habitual en las cenas de grupo, que, supuestamente, se lo sabe todo acerca del lugar que vas a visitar, de modo que no deja de darte el coñazo hasta que le dejas claro que no te interesan sus consejos y que si quieres información, para eso están las guías de viaje. Y es que parece proliferar en nuestro país una nueva hornada de exploradores que creen que por haber hecho tres viajes asiáticos, dos parisinos y haber estado un par de veces en Nueva York, ya han subido a los altares del trotamundos, dispuestos a hacer palidecer al mismísimo Phileas Fogg.
A estos intrépidos viajeros les encanta derivar toda conversación hacia sus exóticos viajes, para los que, gran hazaña, han llegado incluso a inocularse anticuerpos peligrosísimos de fiebres casi extintas y durante los que suelen presumir, con gran éxito de crítica y público, de haber tenido que compartir choza y suelo con arcaicos y desconfiados nativos (como si eso tuviera algún mérito). Viene esto al caso porque desde hace años, cada vez que el que suscribe venía a Londres, llovían las conminaciones a acercarse al West End para ver uno de los muchos musicales que en esta ciudad se representan. Obviamente, jamás hice ningún caso de esas recomendaciones, convencido, como estaba, de que el musical es un género para un público esencialmente femenino o, en todo caso, más propicio a una sensibilidad alejada de la mía. Continúo pensando, ahondando en esa idea, que el hombre, hasta que una ley -que no tardará en aprobarse en España- no le imponga lo contrario, tiene, en muchos ámbitos, gustos diferentes a la mujer y el del género musical me parecía uno de ellos. Pero me equivocaba. Con la comodidad que supone estar ya instalado en esta magnífica ciudad, decidí, en un acto de osadía, ratificar lo que sospechaba y, ni corto ni perezoso, me planté en la taquilla del teatro para hacerme con una entrada para ver «Los Miserables». Si tenía que ver un musical, tampoco era cuestión de arriesgar, así que escogí éste, que lleva veintiún años en cartel. Y, oigan, salí de allí un hombre nuevo. Me pareció un espectáculo vibrante, con un montaje agilísimo, una escenografía impactante y unos actores que dominaban las tablas como verdaderos maestros. Tanto me gustó que estoy ya deseando ver el siguiente espectáculo en la lista. Queda mi pasión por el asunto, en todo caso, a años luz aún de la de doña Sally Frith. La buena mujer ha visto «Los Miserables» 740 veces desde el año 88 (menos mal que no lo descubrió antes). A sus 41 añitos, se ha gastado ya la friolera de 45.000 euros en entradas para el show, afirma que se sabe la obra de cabo a rabo y que detecta de inmediato si alguno de los actores tiene el más mínimo tropiezo (lo sorprendente sería lo contrario). Amenaza, además, para desesperación de su penitente cónyuge, con no rendirse al desaliento. Vamos, que va a seguir igual. El otro día, los productores le hicieron un pequeño homenaje, pero no cedieron a la idea de darle a la pobre señora un pase de temporada. Saben que saldrían perdiendo.