
15 octubre 2006
Emili J. Blasco, Corresponsal en Londres
Un Gadafi ataviado con sus más personales atuendos, desde el turbante de beduino a las llamativas gafas de sol, y una coreografía de guardaespaldas femeninas con zapatos rojos de altos tacones jalonan número a número la puesta en escena de «Gadafi: un mito viviente», la «ópera» que ha abierto esta temporada en la English National Opera (ENO) londinense.
Circula por aquí la broma de que la Embajada libia se ha dedicado a repartir entradas para que la obra aguante en cartel. Y es que la pieza es muy benevolente con Muammar al Gadafi. Y eso parece imperdonable en un país contra el que el régimen de Trípoli perpetró varios atentados, entre ellos el de Lockerbie, que provocó la muerte de 270 personas.
¿Dedicará algún día Broadway un musical a Osama bin Laden? Seguramente, no. Pero el coronel libio —el Bin Laden de los ochenta—, que tantas veces se ha reinventado a sí mismo, se presenta en este capítulo ((¿el último?) como amigo de Occidente. No deja de ser curiosa su figura, por cambiante y enigmática. Como actor que se reinterpreta, es sin duda un personaje de escenario.
Así lo considera Steve Chandra Savale, líder de la Asian Dub Foundation —un grupo de música rapera— a quien la ENO encargó que rompiera moldes con esta ópera. El resultado ha tenido pésima acogida, e incluso críticos inclinados a saludar apuestas alternativas se han negado a otorgarle siquiera una de las cinco estrellas con que los periódicos británicos ilustran sus reseñas.
Ha habido, en primer lugar, un rechazo de los aspectos puramente artísticos de algo que no parece ni ópera —ni siquiera «ópera hip-hop» como fue anunciada por la ENO—, ni musical, ni teatro musical. Ninguno de los principales actores canta, y los únicos ejercicios de verdad vocales que se dejan oír sobre el escenario de la English National Opera son los de un secundario y de un esporádico coro. Lo que sí hay es una banda musical, de cierto interés, que acompaña una acción en el escenario, no muy bien narrada.
Pero sobre todo lo que se ha criticado es que, bajo la pretensión de mito, se ofrezca una visión épica de Gadafi con la que se barnizan sus aspectos más siniestros. Se ridiculiza a Ronald Reagan, como si el terrorismo propiciado por el coronel fuera una respuesta a la presión norteamericana; y se extrema la emotividad en la muerte de la hija del líder libio durante el bombardeo efectuado por Estados Unidos en 1986.
La obra arranca con la ocupación de Libia por las tropas de Mussolini. Sigue con la presencia británica y la independencia en 1950. Luego llega el panarabismo de Nasser y la misión redentora que cree recibir Gaddafi. En un confuso ir y venir a través de la historia, se retrata la títere monarquía del rey Idris, el golpe de Gadafi en 1969, la nacionalización de las compañías petroleras y las sucesivas transformaciones de la «revolución» del coronel.
Es un repaso de las reencarnaciones del liderazgo de Gadafi, desde su mesiánico Libro Verde a la instauración de un régimen de comités revolucionarios y a su padrinazgo de movimientos terroristas extranjeros (hasta los etarras aparecen en escenario con txapela).
La pretensión de la obra era indagar en la personalidad de Gadafi, pero al final sólo quedan sus contradicciones. La «ópera» tuvo su estreno absoluto en Londres, y quizás se quede sólo en eso, porque no es fácil que otro coliseo operístico se anime a programarla.
Emili J. Blasco, Corresponsal en Londres
Un Gadafi ataviado con sus más personales atuendos, desde el turbante de beduino a las llamativas gafas de sol, y una coreografía de guardaespaldas femeninas con zapatos rojos de altos tacones jalonan número a número la puesta en escena de «Gadafi: un mito viviente», la «ópera» que ha abierto esta temporada en la English National Opera (ENO) londinense.
Circula por aquí la broma de que la Embajada libia se ha dedicado a repartir entradas para que la obra aguante en cartel. Y es que la pieza es muy benevolente con Muammar al Gadafi. Y eso parece imperdonable en un país contra el que el régimen de Trípoli perpetró varios atentados, entre ellos el de Lockerbie, que provocó la muerte de 270 personas.
¿Dedicará algún día Broadway un musical a Osama bin Laden? Seguramente, no. Pero el coronel libio —el Bin Laden de los ochenta—, que tantas veces se ha reinventado a sí mismo, se presenta en este capítulo ((¿el último?) como amigo de Occidente. No deja de ser curiosa su figura, por cambiante y enigmática. Como actor que se reinterpreta, es sin duda un personaje de escenario.
Así lo considera Steve Chandra Savale, líder de la Asian Dub Foundation —un grupo de música rapera— a quien la ENO encargó que rompiera moldes con esta ópera. El resultado ha tenido pésima acogida, e incluso críticos inclinados a saludar apuestas alternativas se han negado a otorgarle siquiera una de las cinco estrellas con que los periódicos británicos ilustran sus reseñas.
Ha habido, en primer lugar, un rechazo de los aspectos puramente artísticos de algo que no parece ni ópera —ni siquiera «ópera hip-hop» como fue anunciada por la ENO—, ni musical, ni teatro musical. Ninguno de los principales actores canta, y los únicos ejercicios de verdad vocales que se dejan oír sobre el escenario de la English National Opera son los de un secundario y de un esporádico coro. Lo que sí hay es una banda musical, de cierto interés, que acompaña una acción en el escenario, no muy bien narrada.
Pero sobre todo lo que se ha criticado es que, bajo la pretensión de mito, se ofrezca una visión épica de Gadafi con la que se barnizan sus aspectos más siniestros. Se ridiculiza a Ronald Reagan, como si el terrorismo propiciado por el coronel fuera una respuesta a la presión norteamericana; y se extrema la emotividad en la muerte de la hija del líder libio durante el bombardeo efectuado por Estados Unidos en 1986.
La obra arranca con la ocupación de Libia por las tropas de Mussolini. Sigue con la presencia británica y la independencia en 1950. Luego llega el panarabismo de Nasser y la misión redentora que cree recibir Gaddafi. En un confuso ir y venir a través de la historia, se retrata la títere monarquía del rey Idris, el golpe de Gadafi en 1969, la nacionalización de las compañías petroleras y las sucesivas transformaciones de la «revolución» del coronel.
Es un repaso de las reencarnaciones del liderazgo de Gadafi, desde su mesiánico Libro Verde a la instauración de un régimen de comités revolucionarios y a su padrinazgo de movimientos terroristas extranjeros (hasta los etarras aparecen en escenario con txapela).
La pretensión de la obra era indagar en la personalidad de Gadafi, pero al final sólo quedan sus contradicciones. La «ópera» tuvo su estreno absoluto en Londres, y quizás se quede sólo en eso, porque no es fácil que otro coliseo operístico se anime a programarla.
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