18 d’agost 2007

«Supongo que alguna vez me habrán utilizado para provocar un escándalo»

12 d'agost del 2007
Calixto Bieito / Director de escena

Es el «enfant terrible» de la ópera, pero los grandes teatros europeos le reclaman. «En España no quieren que dirija zarzuela porque les doy miedo, fuera sí me dejan»


Manuel Calderón
MADRID- La Prensa británica le puso el nombre de «Tarantino de la ópera», pero se quedan cortos, es mucho más. Decir Calixto Bieito es decir escándalo, pero también renovación de un género tan virtuoso como artificial. Después de todo, en la ópera siempre se ha pateado, se ha gritado y muchos han abandonado airados la butaca, incapaces de soportar cómo se ultrajaba a Verdi o a Wagner. Pero ¿lanzar octavillas desde los palcos y pitar con silbatos en mitad de la función? ¿Es para tanto? Calixto Bieito está convencido de las virtudes curativas de la provocación y de que traer textos antiguos al presente comporta el riesgo de presentar a un Don Giovanni cocainómano o que en «Macbeth» alguien asesine a otro golpeándole con una botella de Coca-cola familiar. Aunque insista en las sombras más negras del género humano, cree que en sus montajes hay mucha esperanza.
-¿No le inspira lo que llamamos vida normal?
-Soy más normal de lo que aparento, bueno, no llevo una vida normal porque viajo mucho y paso la mayor parte del tiempo fuera de mi país, pero cuando estoy en mi casa mi vida es sencilla. Sí que me interesa el mundo de lo que llamas vida normal. Creo que a medida que cumples años caminas hacia el silencio. Pasas del ruido y de la furia al silencio, quizá ya estoy en ese camino.
-¿Ha sentido algún síntoma?
-No, porque me gusta romper las líneas y cuando estoy ensayando quiero encontrarme con cosas que no preveo, que no controlo, que es lo que le da sentido al teatro.
-¿Se ha autocensurado alguna vez?
-No, nunca.
-Le felicito.
-Es que la autocensura es la censura actual, creo que no podría convivir con eso, no estoy dispuesto a no decir lo que pienso. Alguien ha dicho, equivocadamente, que soy un ególatra, pero este trabajo no es tan imporante como parece y no creo que pueda cambiar las vidas de las personas. ¿Por qué, entonces, me voy a autocensurar? Sería estúpido, el día que lo haga, mejor que lo deje.
-¿Dejaría el teatro ahora?
-A veces digo que sí, pero los que me conocen dicen que no. Por ahora, no me lo he planteado. Me gusta ensayar cada día, sumergirme en textos y escribir. Con la versión de «Los persas» de Esquilo que he presentado en Mérida, que es muy libre, me he metido de cabeza en el infierno de la guerra, he leído muchas novelas y grandes ensayos que me han ayudado a comprenderme mejor, a mí mismo y lo que está pasando. No creo que vaya a cambiar nada, sólo levanto la mano y opino de una manera que sea divertida.
-¿En algún momento se ha sentido utilizado porque encargándole un espectáculo se asegura, por lo menos, el escándalo?
-No lo pienso, no me he sentido utilizado, sólo cuando alguien te contrata, aunque no crea artísticamente en ti. Pero, sí, supongo que alguna vez me habrán utilizado para provocar un escándalo, pero vivimos en un mundo con pocos escrúpulos. A veces los teatros necesitan escándalos y los provocan, no pienses que sois los periodistas.
-¿Calixto Bieito se ha convertido en una marca?
-Yo no he pretendido ser nada, tenía la ambición de hacer mucho teatro y mucha ópera y viajar por el mundo y lo estoy consiguiendo. He perdido muchas oportunidades, o porque no las he visto, o por cuestiones personales, o porque he pensado hacer algo más pequeño... He sido bastante coherente conmigo mismo, lo cual me hace sentir muy bien, dentro de mis tempestades interiores, que son muchas, me da paz. La gracia de esta vida es controlar bien el caballo.
-Con todas las distancias, ¿tú cóctel no es el mismo que preparó Shakespeare?
-El cóctel de Shakespeare es un poco de violencia, un poco de sexo y mucha poesía, todo mezclado con una buena historia, luego puedes especular y rebajarlo. Puedes ir al museo del Prado a ver «El jardín de las delicias», de El Bosco. Ahí están esas imágenes brutales, y a nadie se le ocurre decir que retiren ese cuadro del museo porque hiere mi sensibilidad.
-¿Ha habido un retroceso en la permisibilidad en las artes?
-Sí, pero no sé si alguna vez se ganó algo, quizá sí, pero vivimos un momento más complicado.
-¿Lo dice por experiencia, claro?
-Sí, noto ese cambio, pero procuro que no me afecte porque tengo la gran virtud de aislarme muy bien, sé convivir con mi soledad. Hay una tendencia promovida no sólo por los totalitarios de todo tipo, sino por los propios artistas, por el mercado que les marca unas pautas y un gusto. Es un momento difícil porque hay mucho talento, porque en este país siempre ha habido talentos, pero se hipotecan generaciones enteras mirándose en espejos equivocados.
-Pero tú entraste en el Liceo por la puerta grande, con «Un ballo in maschera», un montaje, además de técnicamente muy complejo, polémico, que se abre con el coro masculino sentado en un retrete público.
-Yo no tenía esa sensación. Soy una persona lenta y tardo tiempo en ser consciente de mis acciones, no quiero decir que sea inconsciente, y de la repercusión que podía tener. «Un ballo in maschera» era una metáfora fantástica de la vida política, un baile de máscaras, donde no sabes quién es quién. Yo tenía ganas de hacer un espectáculo sobre mis recuerdos de la Transición y pensé partir de la ópera de Verdi. Era la primera vez que se utilizaba esa estética en España y hubo un cierto revuelo. Barcelona estuvo convulsa durante dos meses, pero no se supo ver lo positivo que había sido para el Liceo estar en las portadas del mundo entero.
-Con «Wozzeck», donde se practica en escena la disección de un cuerpo con bastante realismo, el público se dividió al cincuenta por ciento. ¿Es un triunfo?, ¿una derrota?
-Es que en «Wozzeck» ya no había nada para abuchear, se trataba de continuar el ritual. En el Liceo hay anécdotas extraordinarias, como la de una persona que se lavanta gritando ¡por favor, me voy, ya no puedo más, me voy, estoy harto de estas producciones modernas de Calixto Bieito! Y en realidad era la versión de «La flauta mágica» hecha por Comediants. No me lo tomo muy en serio.
-En el Teatro Real de Madrid, una carta firmada por abonados y patrocinadores cuestiona el buen gusto de «Wozzeck». ¿Qué le sugiere?
-La verdad es que no me sugiere nada. Sin embargo, fue muy bien, bueno, unas chicas me gritaron ¡vete a tú pueblo! el día del estreno. El Teatro Real es un teatro público, si no me equivoco, y tiene que estar abierto a todas las tendencias.
-¿Se guía por inquietudes éticas o por ambiciones estéticas?
-Mi trabajo no tiene pretensiones morales, pero detrás de mis espectáculos hay opiniones sobre cómo deben ser las cosas. Por ejemplo, con «Los persas», donde expreso una opinión no pacifista, porque no lo soy, pero sí antiviolento.
-Pero en sus espectáculos la presencia de la violencia es fortísima, por ejemplo en «Peer Gynt».
-No creo que «Peer Gynt» sea tan violento, lo era más «Macbeth». Digamos que hago un uso catártico de la violencia para buscar el efecto contrario. Tratando el tema de la guerra, yo nunca haría una escena como algunas de «Salvar al soldado Ryan», sólo para decir que aquélla fue una guerra justa.
-¿No le sale hacer nada sin violencia, ni escatología, sin llegar al límite...?
-¡Al límite atávico!, ja, ja, ja. Es así, pero en «Los persas» no hay violencia y en «Plataforma» tampoco.
-Hombre, elegir a Houllebecq no es precisamente elegir a un pacifista.
-Es uno de los autores que mejor definen la sociedad contemporánea. Por eso lo elegí, y compartimos algunas influencias: mis pequeños libros de Schopenhauer siempre me acompañan para sentirme mejor.
-¿Es inmoral?, ¿amoral?, ¿un moralista?
-En Alemania e Inglaterra dicen que soy un moralista. Tengo un sentido de lo que me parece correcto y de lo que no. En la vida, uno necesita encontrar su libertad en unos límites. Hay límites que no se pueden pasar.
-¿Saben sus detractores que uno de sus éxitos grandes fue «La verbena de la Paloma»?
-Es el montaje que me abrió las puertas, sobre todo a raíz del éxito que tuvo en Inglaterra. Soy una persona muy melancólica y creo que Tomás Bretón, también. La mezcla fue la melancolía de una noche de fiesta en un Madrid viejo y barojiano, la del Baroja de «La lucha por la vida». Es una pieza muy clásica y planteé una visión impresionista. Por una vez, en una noche, el amor ganaba, sabiendo que por la mañana ya nada iba a ser igual. Esa noche, las chicas no se iban a ir con don Hilarión por una peseta. Me pitaron en Barcelona, creo que fue la primera vez.
-El director de ópera más vanguardista, ¿quiere seguir haciendo zarzuela?
-Sí, me interesa mucho, también hice «El barberillo de Lavapiés», pero en España no me dejan que dirija zarzuela porque les da miedo, pero lo curioso es que fuera me piden más que aquí. Pero no es un problema de que fuera me comprendan mejor, porque en España me siento igualmente comprendido. Es un género que me gusta sólo porque me acerca a mi infancia.