El musical que más tiempo lleva en cartel en todo el mundo,
en gira estos días en Pamplona, es resultado de una labor de equipo coordinada
y precisa que comienza entre bambalinas.
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UN REPORTAJE DE PAULA ECHEVERRÍA FOTOGRAFÍAS PATXI CASCANTE
PAMPLONA
Para que un musical de la envergadura de Los Miserables
salga como el público espera, todo debe estar medido, estudiado, en su sitio en
el momento justo; y el trabajo para que eso se cumpla comienza mucho antes de
que se levante el telón.
A falta de dos horas para que dé comienzo la función, la
responsable del control de regiduría, Helena Gimeno, y otros de los casi cien
profesionales involucrados en el montaje del musical -más de 40 en función-,
comienzan el rutinario chequeo técnico para que llegado el momento todo
funcione. "El escenario se queda montado de una manera al terminar la
función anterior, y hay que rebobinar y disponerlo todo en el punto cero para
todo vuelva a empezar", cuenta Helena Gimeno, quien desde su puesto está
conectada a todos los departamentos involucrados en el montaje y el aspecto
técnico del musical. "Todo debe funcionar como un reloj suizo, con una
maquinaria muy precisa, para que las cosas sucedan cuando tienen que
suceder", cuenta, sentada frente a la cámara infrarroja que le permite ver
en el transcurso del espectáculo el escenario cuando todo está oscuro y el
público no ve nada, para así comprobar que no hay ningún percance en los
cambios de escenario. Son unos 40 movimientos de automatismos -más 33 de
telares- que se producen por unas vías instaladas en el suelo del escenario,
mediante un mecanismo automatizado a través de un ordenador. Además, hay más de
400 memorias de luces que enriquecen la historia permitiendo juegos de iluminación
y de sombras. Los técnicos y, en especial, la regidora Helena Gimeno, tienen
que estar preparados para solventar de la manera más rápida y eficaz cualquier
fallo técnico. "No suele ocurrir, pero el otro día pasó, por primera vez
desde que comenzamos la gira", comenta Gimeno en referencia al fallo
técnico que obligó a retrasar el pasado domingo en Pamplona la función de las
ocho de la tarde. "El ordenador que registra los movimientos de escenario
falló y hubo que reiniciarlo varias veces hasta que tuvimos la garantía de que
estaba bien; preferimos hacer esperar al público el rato necesario hasta tener
la garantía de que no iba a volver a suceder durante la función", explica.
También dos horas antes de cada sesión, las responsables del
área de sastrería preparan el vestuario que lucirán los intérpretes. "Se
trata de recoger toda la ropa que se echó a la lavar el día anterior,
distribuirla por camerinos y preparar los vestuarios para cada actor",
cuenta Gurutze Esteban, responsable de sastrería, un área en la que trabajan
once personas (diez distribuyen y ponen a punto los trajes, y otra ejerce de
lavandera). "Son 33 actores en escena, con una media de 14 cambios, a 5
prendas por cada cambio... Tenemos cerca de 2.000 prendas de las que estar
pendientes", detalla Esteban, quien asegura que la rapidez es tan
importante en esta labor como "el cuidado que pones en este quehacer,
porque tiene que estar todo perfecto". Durante el transcurso del musical,
las encargadas de sastrería siguen trabajando, "perchando y desperchando
los trajes, colocando correctamente a los actores los lazos y las chelinas,
también las camisas, que tienen que ir con los cuellos levantados, y
encajándoles bien las chaquetas, porque estamos hablando de una historia que
transcurre en 1800, y el vestuario tiene que ir tal y como se llevaba
entonces", detalla Gurutze Esteban, quien alude a un elemento clave de
vestuario: la montonera. Así llama el equipo de Los Miserables a un caos
ordenado de un montón de ropa, donde cada actor tiene marcado un espacio y allí
se colocan sus prendas en orden descendente al transcurrir de la obra para
garantizar que los cambios de vestuario se hagan en cuestión de segundos.
Los intérpretes no llegan con demasiado tiempo a camerinos
-una hora antes del inicio de la función-, y lo hacen aparentemente relajados y
de manera muy organizada y profesional. Aunque cada espectáculo supone empezar
de cero, están acostumbrados a los preparativos, y a la rutina de quitar
tensiones antes de entrar a Baluarte, tomando un café, dando un paseo por la
ciudad o descansando en el hotel. Ya en camerinos, cada uno pasa esos momentos
previos como le pide el cuerpo: varios músicos de la orquesta que interpreta en
directo desde el foso la música del espectáculo sueltan tensiones jugando a pasarse
una pelota en medio del pasillo -"es una manera de calentar, de
desconectar y de hacer piña", dice Fani Fortet, encargada de la
percusión-. En los pasillos, los cantantes calientan la voz entonando notas y
fragmentos de temas, y los más pequeños -los intérpretes que dan vida a Eponine
niña, Cosette niña y Gavroche- corretean por los pasillos tomándose el trabajo
como debe ser para ellos: un juego apasionante.
UNA RELAJACIÓN RESPONSABLE
"A media hora de
entrar en escena, todo el mundo ya empieza a ponerse serio", asegura Elena
Medina (Fantine en el musical) mientras una de las peluqueras le arregla el
pelo. "Siempre hay nervios, porque sabes que vas a actuar delante de
muchísima gente y eso es una responsabilidad, pero hasta que no den los cinco
minutos antes de la función, nos permitimos estar un poco más relajados",
apunta la intérprete, que como el resto del elenco lleva el micrófono -color
carne, para que se mimetice con la piel- entre la redecilla del pelo y la
peluca, de manera que queda como una gota de agua a la altura de la frente.
En otro camerino, el argentino Felipe Forastiere (cover del
Jean Valjean que interpreta como principal en esta gira su paisano Nicolás
Martinelli), da los últimos retoques al atuendo de su personaje. "Estos
momentos previos son extraños, estás en una lucha entre el hecho de
concentrarte y de atender a todos estos detalles necesarios de vestuario,
maquillaje, peluquería... Yo me lo tomo como pare del proceso de transformación
y de concentración: me veo en el espejo y ya no soy yo, ya soy Jean
Valjean", cuenta.
Quedan diez minutos, y es el momento de pasar revista a los
micros de cada intérprete para que sus voces se transmitan perfectamente al
público; los músicos se instalan en el foso y afinan sus instrumentos, ante las
miradas curiosas de los espectadores de las primeras filas. Es el momento. Todo
está a punto para una nueva función -como todas, única e irrepetible-. Hasta el
sábado 1 de marzo incluido, funcionará el engranaje al otro lado de las
barricadas para emocionar al público navarro con esta historia de redención y
ansias de libertad. El domingo, a desmontar todo y rumbo a Mallorca. Pero el
musical, seguro, quedará aquí, en el recuerdo de muchos.

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