04 de març 2014

'Los Miserables', al otro lado de las barricadas



El musical que más tiempo lleva en cartel en todo el mundo, en gira estos días en Pamplona, es resultado de una labor de equipo coordinada y precisa que comienza entre bambalinas.

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UN REPORTAJE DE PAULA ECHEVERRÍA FOTOGRAFÍAS PATXI CASCANTE
PAMPLONA

Para que un musical de la envergadura de Los Miserables salga como el público espera, todo debe estar medido, estudiado, en su sitio en el momento justo; y el trabajo para que eso se cumpla comienza mucho antes de que se levante el telón.

A falta de dos horas para que dé comienzo la función, la responsable del control de regiduría, Helena Gimeno, y otros de los casi cien profesionales involucrados en el montaje del musical -más de 40 en función-, comienzan el rutinario chequeo técnico para que llegado el momento todo funcione. "El escenario se queda montado de una manera al terminar la función anterior, y hay que rebobinar y disponerlo todo en el punto cero para todo vuelva a empezar", cuenta Helena Gimeno, quien desde su puesto está conectada a todos los departamentos involucrados en el montaje y el aspecto técnico del musical. "Todo debe funcionar como un reloj suizo, con una maquinaria muy precisa, para que las cosas sucedan cuando tienen que suceder", cuenta, sentada frente a la cámara infrarroja que le permite ver en el transcurso del espectáculo el escenario cuando todo está oscuro y el público no ve nada, para así comprobar que no hay ningún percance en los cambios de escenario. Son unos 40 movimientos de automatismos -más 33 de telares- que se producen por unas vías instaladas en el suelo del escenario, mediante un mecanismo automatizado a través de un ordenador. Además, hay más de 400 memorias de luces que enriquecen la historia permitiendo juegos de iluminación y de sombras. Los técnicos y, en especial, la regidora Helena Gimeno, tienen que estar preparados para solventar de la manera más rápida y eficaz cualquier fallo técnico. "No suele ocurrir, pero el otro día pasó, por primera vez desde que comenzamos la gira", comenta Gimeno en referencia al fallo técnico que obligó a retrasar el pasado domingo en Pamplona la función de las ocho de la tarde. "El ordenador que registra los movimientos de escenario falló y hubo que reiniciarlo varias veces hasta que tuvimos la garantía de que estaba bien; preferimos hacer esperar al público el rato necesario hasta tener la garantía de que no iba a volver a suceder durante la función", explica.

También dos horas antes de cada sesión, las responsables del área de sastrería preparan el vestuario que lucirán los intérpretes. "Se trata de recoger toda la ropa que se echó a la lavar el día anterior, distribuirla por camerinos y preparar los vestuarios para cada actor", cuenta Gurutze Esteban, responsable de sastrería, un área en la que trabajan once personas (diez distribuyen y ponen a punto los trajes, y otra ejerce de lavandera). "Son 33 actores en escena, con una media de 14 cambios, a 5 prendas por cada cambio... Tenemos cerca de 2.000 prendas de las que estar pendientes", detalla Esteban, quien asegura que la rapidez es tan importante en esta labor como "el cuidado que pones en este quehacer, porque tiene que estar todo perfecto". Durante el transcurso del musical, las encargadas de sastrería siguen trabajando, "perchando y desperchando los trajes, colocando correctamente a los actores los lazos y las chelinas, también las camisas, que tienen que ir con los cuellos levantados, y encajándoles bien las chaquetas, porque estamos hablando de una historia que transcurre en 1800, y el vestuario tiene que ir tal y como se llevaba entonces", detalla Gurutze Esteban, quien alude a un elemento clave de vestuario: la montonera. Así llama el equipo de Los Miserables a un caos ordenado de un montón de ropa, donde cada actor tiene marcado un espacio y allí se colocan sus prendas en orden descendente al transcurrir de la obra para garantizar que los cambios de vestuario se hagan en cuestión de segundos.

Los intérpretes no llegan con demasiado tiempo a camerinos -una hora antes del inicio de la función-, y lo hacen aparentemente relajados y de manera muy organizada y profesional. Aunque cada espectáculo supone empezar de cero, están acostumbrados a los preparativos, y a la rutina de quitar tensiones antes de entrar a Baluarte, tomando un café, dando un paseo por la ciudad o descansando en el hotel. Ya en camerinos, cada uno pasa esos momentos previos como le pide el cuerpo: varios músicos de la orquesta que interpreta en directo desde el foso la música del espectáculo sueltan tensiones jugando a pasarse una pelota en medio del pasillo -"es una manera de calentar, de desconectar y de hacer piña", dice Fani Fortet, encargada de la percusión-. En los pasillos, los cantantes calientan la voz entonando notas y fragmentos de temas, y los más pequeños -los intérpretes que dan vida a Eponine niña, Cosette niña y Gavroche- corretean por los pasillos tomándose el trabajo como debe ser para ellos: un juego apasionante.

UNA RELAJACIÓN RESPONSABLE
 "A media hora de entrar en escena, todo el mundo ya empieza a ponerse serio", asegura Elena Medina (Fantine en el musical) mientras una de las peluqueras le arregla el pelo. "Siempre hay nervios, porque sabes que vas a actuar delante de muchísima gente y eso es una responsabilidad, pero hasta que no den los cinco minutos antes de la función, nos permitimos estar un poco más relajados", apunta la intérprete, que como el resto del elenco lleva el micrófono -color carne, para que se mimetice con la piel- entre la redecilla del pelo y la peluca, de manera que queda como una gota de agua a la altura de la frente.

En otro camerino, el argentino Felipe Forastiere (cover del Jean Valjean que interpreta como principal en esta gira su paisano Nicolás Martinelli), da los últimos retoques al atuendo de su personaje. "Estos momentos previos son extraños, estás en una lucha entre el hecho de concentrarte y de atender a todos estos detalles necesarios de vestuario, maquillaje, peluquería... Yo me lo tomo como pare del proceso de transformación y de concentración: me veo en el espejo y ya no soy yo, ya soy Jean Valjean", cuenta.


Quedan diez minutos, y es el momento de pasar revista a los micros de cada intérprete para que sus voces se transmitan perfectamente al público; los músicos se instalan en el foso y afinan sus instrumentos, ante las miradas curiosas de los espectadores de las primeras filas. Es el momento. Todo está a punto para una nueva función -como todas, única e irrepetible-. Hasta el sábado 1 de marzo incluido, funcionará el engranaje al otro lado de las barricadas para emocionar al público navarro con esta historia de redención y ansias de libertad. El domingo, a desmontar todo y rumbo a Mallorca. Pero el musical, seguro, quedará aquí, en el recuerdo de muchos.