16 de setembre de 2006
CRÍTICA DE TEATRO
«OTEL.LO»
Autor: Shakespeare. Traducción: Miquel Desclot. Adaptación y dirección: Carlota Subirós. Intérpretes: Chantal Aimée, Pere Arquillué, Joan Carreras, Pere Eugeni Font, Iva Horvat, Àngela Jové, Norbert Martínez, Sandra Monclús, Alícia Pérez, Joan Raja, Eugeni Roig, Ernest Villegas. Estreno: Teatre Lliure. Sala Fabià Puigserver, 14-IX
SERGI DORIA
Al filo de la medianoche del pasado jueves, mientras se desparramaba sobre Barcelona la enésima tormenta septembrina, Otelo (Pere Arquillué) se rebanaba el pescuezo después de haber estrangulado a Desdémona (Alicia Pérez) y descubrir cómo el aparentemente leal y honrado Yago (Joan Carreras) había despertado en él el demonio de los celos, agostando el amor y condenándolo al caos de la sangre.
Conocido sobradamente el argumento de la obra shakespeariana vayamos a la adaptación con la que Carlota Subirós ha inaugurado la temporada del Lliure. Empecemos por la parte positiva: como lección moral, su «Otelo» es una perfecta disección de los mecanismos del mal, de la conspiración y de las fidelidades tejidas sobre el miedo. Y en ese feudo demoníaco reina el Yago que compone Joan Carreras, con esa tez blanquecina y brillante y esos cambios tonales que confieren a su discurso una tesitura maléfica, la «voz en off» de una estrategia infernal que define los celos como «un monstruo de ojos verdes». Con su indumentaria paramilitar y su cinismo interpretativo, el Yago de Joan Carreras merece un sobresaliente: nos lo imaginamos destilando medias verdades en alguna tertulia radiofónica o de «paparazzi» en la telebasura induciendo a linchamientos públicos a partir de sus juicios «morales».
Y ahora vamos por lo negativo.
La puesta en escena de Carlota Subirós es deudora del «vicio tecnológico» que aqueja a los directores contemporáneos cuando adaptan clásicos. Se renuncia a la indumentaria de la época, pero se rellena innecesariamente el montaje con ingredientes, digamos posmodernos, como las imágenes en video o esa mujer que serpentea en algún rincón del escenario. De esa maraña de efectos especiales que a veces desvía la atención del espectador salvaríamos el pitido de ascensor que puntúa cada estación en el camino hacia el caos. La opulencia tecnológica alarga innecesariamente la representación, sin por ello enriquecer la cadencia de la conspiración que urde Yago. Y otro reproche: la versión de Miquel Desclot, cuya riqueza léxica puede resultar un lastre si los actores la recitan con una velocidad que impedía entender lo que decían, sobre todo en los primeros lances de la obra.
Aliños escénicos aparte, el «Otelo» de Subirós mantiene la sustancia existencial del texto shakespeariano y resulta muy pedagógico en estos tiempos de miseria ética y mascarada social
Aliños escénicos aparte, el «Otelo» de Subirós mantiene la sustancia existencial del texto shakespeariano y resulta muy pedagógico en estos tiempos de miseria ética y mascarada social
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