
27 de setembre de 2006
El Buero Vallejo se llenó en la doble representación del montaje de Boadella
Francesc Pérez y Jesús Agelet en una de las escenas más hilarantes.
Francesc Pérez y Jesús Agelet en una de las escenas más hilarantes.
(Foto: NANDO RUIZ)
Contemplar el montaje de Boadella sobre el Quijote 'En un lugar de Manhattan' es resarcirse del hartazgo que ha supuesto la conmemoraración del 400 aniversario de la publicación de la primera parte de El Quijote. En doble sesión, viernes y sábado, Els Joglars ha brindado esta oportunidad a cientos de alcarreños, que no se sienten manchegos, sobre el escenario del Buero Vallejo, con un librepensamiento y dos llenos.Arremetiendo contra “la artificialidad inherente al arte teatral que tanto complace a los forenses teatrales” –Boadella, dixit–, la obra desparrama el ridículo al que se ha llegado queriendo encumbrar la figura del hidalgo de la manera más original y moderna.Así, la compañía catalana planta el argumento de una directora de teatro argentina, interpretada por Pilar Sáenz, que traslada a Manhattan la localización de un montaje que está preparando sobre El Quijote. Pretende ser más original que nadie y decide la 'pajarada' de que Don Quijote y Sancho sean dos personajes femeninos, interpretados por dos mujeres lesbianas, y acompañados por cuatro carneros, en constante parodia de un Quijote que tan pronto se convierte en un videojuego como en un samurai.Una gotera en el teatro, en el aspecto más conceptual de la palabra, chafa el experimento, pues aparecen en escena dos fontaneros, “desfacedores de entuertos hidraúlicos”, que encarna los valores reales de los dos protagonistas cervantinos, reconduciendo el disparate a otra realidad más loca. Son y Pep Villa (Sancho) y Ramón Fontserè (Quijote) , que en vez de cabalgar en rocinante lo hace en una Guzzi medio desguazada, y que bebe los vientos por Leonor, su dulcinea enfermera en el Psiquiátrico de San Blas.La simplicidad de estos personajes, contrapuesta al artificio saca a relucir los valores quijotescos, con el mensaje de que estos ya no existen en la sociedad sino en la marginación de la locura.Una puesta en escena de arriesgada parónima con el sello de excelencia de El Joglars. De otra manera no se entiende que dos horas de representación cautiven con tanto hipnotismo al público, en una sucesión tan variopinta de escenas, cuando es inevitable que la risa surja de manera descoordinada desde el patio de butacas.El público se sintió cómplice de esta mordacidad y aplaudió en pie una excelente dramaturgia, de sabor agridulce .
Contemplar el montaje de Boadella sobre el Quijote 'En un lugar de Manhattan' es resarcirse del hartazgo que ha supuesto la conmemoraración del 400 aniversario de la publicación de la primera parte de El Quijote. En doble sesión, viernes y sábado, Els Joglars ha brindado esta oportunidad a cientos de alcarreños, que no se sienten manchegos, sobre el escenario del Buero Vallejo, con un librepensamiento y dos llenos.Arremetiendo contra “la artificialidad inherente al arte teatral que tanto complace a los forenses teatrales” –Boadella, dixit–, la obra desparrama el ridículo al que se ha llegado queriendo encumbrar la figura del hidalgo de la manera más original y moderna.Así, la compañía catalana planta el argumento de una directora de teatro argentina, interpretada por Pilar Sáenz, que traslada a Manhattan la localización de un montaje que está preparando sobre El Quijote. Pretende ser más original que nadie y decide la 'pajarada' de que Don Quijote y Sancho sean dos personajes femeninos, interpretados por dos mujeres lesbianas, y acompañados por cuatro carneros, en constante parodia de un Quijote que tan pronto se convierte en un videojuego como en un samurai.Una gotera en el teatro, en el aspecto más conceptual de la palabra, chafa el experimento, pues aparecen en escena dos fontaneros, “desfacedores de entuertos hidraúlicos”, que encarna los valores reales de los dos protagonistas cervantinos, reconduciendo el disparate a otra realidad más loca. Son y Pep Villa (Sancho) y Ramón Fontserè (Quijote) , que en vez de cabalgar en rocinante lo hace en una Guzzi medio desguazada, y que bebe los vientos por Leonor, su dulcinea enfermera en el Psiquiátrico de San Blas.La simplicidad de estos personajes, contrapuesta al artificio saca a relucir los valores quijotescos, con el mensaje de que estos ya no existen en la sociedad sino en la marginación de la locura.Una puesta en escena de arriesgada parónima con el sello de excelencia de El Joglars. De otra manera no se entiende que dos horas de representación cautiven con tanto hipnotismo al público, en una sucesión tan variopinta de escenas, cuando es inevitable que la risa surja de manera descoordinada desde el patio de butacas.El público se sintió cómplice de esta mordacidad y aplaudió en pie una excelente dramaturgia, de sabor agridulce .
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