
30 de setembre de 2006
«Dagoll Dagom» hizo disfrutar al público del Jovellanos con su nueva versión de la opereta de Gilbert & Sullivan, que incluye referencias satíricas a la actualidad españolaGijón, J. C. GEA Cuando visitó Londres en 1886, el príncipe japonés Konatsu insistió en ver «El Mikado», que se había estrenado un año antes con enorme éxito en el teatro Savoy y que un periodista nipón acababa de encontrar seriamente ofensiva para con su emperador y su país. Las autoridades inglesas, que habían retirado la función durante unos días para ahorrarle ofensas al ilustre visitante, no tuvieron más remedio que reponerla. Y el príncipe sólo pudo hallar en la opereta de Gilbert y Sullivan «música brillante y mucha diversión». Y así sigue «El Mikado» 120 años después, en la nueva versión de «Dagoll Dagom» que hasta mañana se representa en el Jovellanos: regalando una brillante partitura, un disparatado libreto -ingeniosamente traducido por Bru de Sala- y diversión de un tipo que ya no abunda: chispeante, perfectamente blanca, aunque con sospechas de la picardía y la sátira que le añadieron pimienta en su momento y, sobre todo, con un sentido infalible del teatro como puro divertimento popular, inteligente y bien representado. O, por mejor decir en este caso, bien cantado, tocado e interpretado. A los méritos de la compañía catalana hay que añadir sin reservas los de la Sinfónica de Gijón, que apenas en cuatro días de ensayos con el entusiasta maestro Joan Vives se ha puesto a punto para acompañar con seguridad y solvencia a un elenco que canta tan bien como actúa, y viceversa. Quedó claro desde el prólogo instrumental que quizá dejó algo descolocada a una parte del público, muy joven el jueves -por la transfusión de participantes de los Encuentros de Juventud de Cabueñes- y, por ello, probablemente abocado a su primera opereta y quizá función lírica en general. Pero cualquier extrañeza posible, incluso en el espectador más refractario al género, se va limando conforme avanza el enredo y a la altura de la segunda parte, repuesta la dosis de nicotina, ya ha desaparecido completamente.
Los periodistas solemos abusar del verbo «vibrar» para describir las reacciones del público, pero en esta ocasión era literal: el aire del teatro, a partir del descanso, vibraba con ese especial hormigueo que es señal de que el público está entregado, cómplice y disfrutando. No podía ser de otro modo con una obra que es la quinta esencia del musical popular. Pero, claro, esas generalidades no valen de nada si no se encarnan como se debe en un escenario. Respecto a la historia: puro disparate de opereta, que era de lo que se trataba. La sátira de Gilbert & Sullivan contra la burocracia del Imperio británico, la ridiculez del protocolo y la acumulación de cargos ya llega con toda la pólvora mojada al siglo XXI, aunque la comicidad siga intacta e, incluso, gane encanto con su leve baño de anacronismo. Y las alusiones críticas a asuntos de su época, materializada sobre todo en el número de la «lista negra» de ejecutables por el verdugo Ko-Ko, ha sido «aggiornatta» a este país y tiempo, como es, por otra parte, tradición en todas las muchas adaptaciones que ha conocido «El Mikado». Así, se reparte algo de leña contra la ley antitabaco, los metrosexuales, la telebasura y la pesadez del Estatut, aunque resulta particularmente cáustica y divertida la parodia de los gorgoritos a lo «OT», que borda Kathisha en uno de sus solos.
Resulta curioso pensar que ha habido quien vio en el libreto original alusiones racistas o machistas en la «lista negra» de Ko-Ko. A estas alturas, ni las que las sustituyen ni las originales podrían despertar ningún reparo. Ni siquiera en un asistente a los cursos de los Encuentros de Cabueñes.
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