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28 de novembre de 2014
El Teatro de La Abadía (Madrid) presenta 'Hacia la alegría',
una obra escrita y dirigida por Olivier Py en la que adapta el primer capítulo
de su novela 'Excelsior', publicada en 2014 por la editorial francesa Actes Sud
y que tiene como único protagonista al ser humano, el deseo de trascendencia y
la necesidad de la belleza, cuyo arte marca en el espectador la estremecedora
experiencia del fugitivo.
Interpretada por Pedro Casablanc, Hacia la alegría es un
monólogo interior escrito en tercera persona que estará acompañado por un
cuarteto de cuerda formado por Desislava Karamfilova, Petya Kavalova, Stamen
Nikolov y Albert Skuratov. La música en directo de Fernando Vázquez (Ocho
apellidos vascos, Lo imposible) se completa con una sugerente escenografía de
Pierre-André Weitz.
Hacia la alegría
Coproducido con el Théâtre National de la Communauté
Française y el Festival d’Avignon, y en colaboración con Teatrul National Radu
Stanca, en el marco de Cities on Stage/Ciudades en Escena, este texto, de
argumento sencillo, parece un relato filosófico que invierte el mito de la
caverna de Platón.
Vida interior
Un arquitecto que ha perdido la energía necesaria para crear
(Casablanc) se levanta en mitad de la noche, movido por una especie de
presentimiento que le empuja a vestirse y a correr por la ciudad.
En un principio su recorrido es político, deja atrás la zona
residencial donde vive y se acerca al centro comercial, que le induce a una
meditación sobre las diferencias sociales y el vacío del mundo mercantilista.
Fractura social
Su paseo continúa por los barrios pobres, donde pasa por
delante de un teatro cerrado, un edificio que él mismo diseñó y que ahora es la
viva imagen de su fracaso, para adentrarse en la noche y en la fractura social,
y acabar uniéndose a un grupo de indigentes en un túnel. A partir de ese
momento, su carrera va tomando un cariz metafísico. Se va despojando de todo lo
que es, poco a poco renuncia a su identidad y se ve sometido a una gigantesca
sacudida. Es ahí cuando aparece el cielo, y la profunda desnudez de su
existencia.
El hombre se va sumergiendo en una especie de tumba oscura,
donde tan solo vislumbra la sombra de sus manos que juegan con la luz que
desprende un mechero. Ha retornado a las intuiciones primarias, hasta ese lugar
de sí mismo donde será capaz de recuperar la espléndida riqueza de la vida
interior.
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