
2 setembre 2006
Isabel Coixet
Crónicas de autor
Sé que no puedo ser objetiva, `Hamlet´ me pone de los nervios.
Tengo que decirlo, si no reviento: a mí Hamlet me ha caído siempre fatal. Nunca he llegado a entender la fascinación que sobre directores de todas las épocas ha ejercido este personaje rácano, frío, ególatra, inseguro y pusilánime. Como no hay nada que me intrigue más que la fascinación que sobre gente a la que admiro ejerce algo que no consigo entender, este verano me he dedicado a ver nada menos que tres versiones del personaje. La primera en París, en el Theatre de l’Odeon con Ariel García Valdés, dirigida por Georges Lavaudant. Para empezar, Ariel García Valdés tiene sesenta años, ya sé que en el teatro la edad de los personajes es relativa, pero francamente si un hombre de sesenta años tiene problemas porque su madre se cepilla a su cuñado, mal vamos.
Y si sobre el escenario hay momentos que la madre parece más joven que el hijo, por mucho Lavaudant y García Valdés y qualité, uno no deja de preguntarse si no se trata de un inmenso error de casting. Pero sé que no puedo ser objetiva, que Hamlet me pone de los nervios, aunque fuera el mismísimo Montgomery Clift quien lo interpretara (y él no hubiera sido un error de casting). Ya en Barcelona, veo el Hamlet del Wooster Group dirigido por Elizabeth Le- Compte. He visto diversos montajes del Wooster Group que siempre me han parecido, cuanto menos, arriesgados y estimulantes. No puedo decir lo mismo de éste, que además utiliza en retroproyección fragmentos de la película donde Richard Burton interpreta a Hamlet. Dichos fragmentos no hacen sino acrecentar la nostalgia de un tiempo donde al menos Hamlet no era la quintaesencia de la post-trans-postmodernidad, sino un tío enfadado con el mundo y lleno de dudas. Otra cosa: Ofelia. Hamlet es un maltratador que acosa moralmente a una chica, mata a su padre, la vuelve loca y ni siquiera muestra arrepentimiento. Ofelia me hace desear que Tarantino hiciera una película que se llamara Kill Hamlet, donde Ofelia volviera de la tumba (“Pobre Ofelia, ya ha tenido demasiado agua y por eso prohibiré las lágrimas”) y arremetiera contra el tipo y toda su familia. Seguro que a algún director avispado se le ocurre algún día hacer algo parecido. Desde aquí le regalo la idea. El último Hamlet que veo es el de Lluís Pasqual con Eduard Fernández. Éste me parece el mejor de todos.
El Hamlet de Eduard es formidable. Te lo crees desde el primer momento que abre la boca, no así todos los otros personajes que pululan a su alrededor, pero también es verdad que dan igual. Y como me parece el más creíble, también es el que más me irrita porque me hace recordar vivamente todos los hamlets que conozco, todos los hombres y mujeres taimados que son incapaces de asumir sus responsabilidades y que no paran de culpar a los demás de sus males. Hombres y mujeres con nula capacidad de amar, con ninguna empatía con los seres humanos, niños mimados, quejicas, gruñones, cínicos, cobardes, amargados, aburridos. Personas que, como Hamlet, convierten la vida de los que les quieren en un infierno.
Y que nunca, nunca, están contentos. ¿Qué me pasa con Hamlet? ¿Qué tiene este personaje para sacarme de mis casillas? ¿Reconozco en mí algo del personaje con lo que no me atrevo a enfrentarme, yo, que me creía más cerca de alguna hija de Lear, o hasta de Macbeth? Voy a seguir viendo hamlets hasta que los directores y los actores acaben con el personaje. Sé que no va a ocurrir pronto.
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