08 de setembre 2006

Una casa de locos


3 setembre 2006

Un momento de la representación.
Revisar un mito en teatro constituye una osadía. Revisar «El Quijote» puede llevar a muchos a sentir escalofrío e indignación, pues les parece que supone un atentado contra la literatura y la historia, contra el propio teatro.
Acaso buscan su destrucción, al considerar que nada de lo escrito en otro tiempo pueda ya tener valor alguno. «Els Joglars», paradójicamente un clásico en el teatro español, desafía a la ortodoxia con su versión de D. Alonso de Quijano, descarada, desquiciada, hilarante, llena de desfachatez y alocamiento. Delirante. Una directora argentina de la última vanguardia propone eliminar todo vestigio de «El Quijote» tradicional. Ensaya con los actores y les pide anchura de miras. Con lenguaje relamido y técnico de los expertos novísimos, les informa de sus ideas.
La Mancha se traslada a Manhattan, los protagonistas masculinos pasarán a ser femeninos, es más, Sancho y Quijote estarán encarnados por dos lesbianas que mostrarán su amor con toda la naturalidad que corresponde a lo que ya es siglo XXI. Los hombres del grupo se revestirán de carneros observadores y cornudos. Faltaría más. Ya estuvo bien de machismo desaforado, de arrogarse éxitos y poder. Olvídense de todo eso. Es tiempo pasado. La directora, que se lleva a su perrita faldera a los ensayos y, de vez en cuando, realiza unos ejercicios de yoga para relajarse mientras sus subordinados esperan observándola, trata de imponer su autoridad a unos personajes que han conseguido premios «Max», «Goya», «Fotogramas», que no están de acuerdo con la visión que dirige, pues les parece denigrante para su condición. Una soterrada lucha entre directora y actores. Las actrices, premiadas con los papeles más importantes de la obra, se avienen gustosas. Otra pareja quijotesca sale del psiquiátrico de San Blas e irrumpe en la sala de ensayos para reparar una gotera. Pertenecen a la Santa Orden de la Fontanería. Los despropósitos que cometen perturban la ya escasa concentración en la preparación de la obra. El ridículo más elevado, el surrealismo más concentrado, el delirio más brutal. Una casa de locos, la escena. Una casa de locos, los ensayos. Todo una casa de locos. Un caos. «El Quijote» ha desaparecido.
La directora, también. Quedan los actores, que parecen improvisar, queda el teatro, pero desvaído, convertido en no se sabe qué. El firme espadachín de las Españas, cristiano y visionario, se postula como el único, como el verdadero, como la esencia de nuestro país. Pero en la búsqueda, aparecen otros: galáctico, minusválido Dalí, Pollock, Picasso, CristoÉ Multiplicación desbordada. Considero desmedido el desbordamiento en la obra. Todo excesivo. Ingenioso, a veces. La idea de la revisión, excelente, si bien considero que dos horas han sido demasiado tiempo para lo que se ha pretendido exponer. Demasiado tiempo que, a veces, con la reiteración de escenas y motivos, ha llegado a hacerse pesado, a aburrir. El público -lleno total- asiste asombrado al principio y aplaude calurosamente al final para recompensar al grupo que ha venido llenando el mundo teatral durante tantos años. Podría deducirse que la inmensa mayoría de los asistentes ha disfrutado con la representación.