Julio Manrique lleva al Teatre Romea el antihéroe que
Bernard-Marie Koltès creó poco antes de morir
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http://www.lavanguardia.com
3 de març
de 2013
Foto : Versión de 'Roberto Zucoo', de Koltès David Ruano
Albert Lladó
Un antihéroe contemporáneo. Un asesino en serie. Un Hamlet
con pistola. Un poeta solitario que huye de todas las prisiones, sobre todo las
interiores, dejando un río de sangre por donde pasa. Roberto Zucco mata, como
el señor Meursault de Camus, de una manera absurda, sin más razón que la
inercia, y el escepticismo hacia su entorno (“aplasto a los otros animales no
por maldad, sino porque no los veo”). Bernard-Marie Koltès se basaría en un
hecho real, un joven italiano que era buscado por haber acabado con la vida de
sus padres y de un policía, para construir su última obra. Moriría de sida en
1989, a los 41 años.
Julio Manrique ha recuperado una de las piezas más conocidas
del dramaturgo francés veinte años después de que la trajera a Catalunya Lluís
Pasqual. Y lo ha hecho con puntería en el ritmo (las quince escenas sin
respiro) y una fuerte plasticidad. Precisamente la magnífica escenografía de
Sebastià Brosa, una suerte de Rue del Percebe de Francisco Ibáñez, puede
alejarnos de la tremenda poeticidad del texto al querer apostar por la imagen
como primer recurso. Uno, por la estética y el tono, tiene la sensación de
estar viendo más un David Lynch que un Koltès.
También ha acertado Manrique con el actor protagonista, un
Pablo Derqui que se mete en la complejidad de un personaje tan contradictorio
como atractivo. Menos creíbles están Ivan Benet (como el chulo misógino) o Rosa
Gàmiz (como la madama). Ocho actores interpretan a los veinticinco personajes y
ello, pese al juego que pueda dar, se acaba notando en algunos que exageran en
el cambio de registro. De todas formas, estremecedora la escena del metro -otra
vez, potentísima la escenografía con el cartel de Se busca- en la que
contemplamos todas las aristas del misterioso sujeto, capaz de ayudar a un
viejo con el que conversa tranquilamente acerca del miedo. Vemos, sí, su
capacidad de compasión y su fragilidad. ¿Quién/qué es, entonces, Roberto Zucco?
El Zucco dulce y tierno, el Zucco sanguinario, el Zucco loco
e imprevisible, el Zucco que se ahoga en la celda de su persona. Zucco es un
enigma.
Decía Michel Foucault sobre el hombre moderno que “el
objetivo principal hoy no es descubrir, sino rechazar lo que somos”. En su obra
Tecnologías del yo, el filósofo (muerto cinco años antes que Koltès) nos
advierte de que “la revelación de sí es al mismo tiempo la destrucción de sí” y
Zucco es lo que intenta, escapar de lo que él intuye que es (la aniquilación
del padre y de la madre) y de aquello en lo que le quieren convertir (los
vigilantes, la cárcel). El panóptico representa una sociedad obsesionada con el
control que impide la libertad, salvaje y radical, del que se siente diferente.
Manrique, así, crea una versión casi cinematográfica,
bellísima, que -aunque parece renunciar a cierto lirismo- consigue presentarnos
a un arquetipo que funciona mejor que nunca en pleno siglo XXI. Zucco es el
extraño que todos llevamos adentro. Es la (íntima) ansiedad que padece el
individuo ante la hostilidad de un mundo que nos moldea hasta hacernos útiles,
eficaces, para todos sus engranajes. Roberto Zucco es la lucha de un
rinoceronte contra su propia alienación.

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