08 de març 2013

Enigma Zucco




Julio Manrique lleva al Teatre Romea el antihéroe que Bernard-Marie Koltès creó poco antes de morir

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http://www.lavanguardia.com
3 de març de 2013
Foto : Versión de 'Roberto Zucoo', de Koltès David Ruano
Albert Lladó

Un antihéroe contemporáneo. Un asesino en serie. Un Hamlet con pistola. Un poeta solitario que huye de todas las prisiones, sobre todo las interiores, dejando un río de sangre por donde pasa. Roberto Zucco mata, como el señor Meursault de Camus, de una manera absurda, sin más razón que la inercia, y el escepticismo hacia su entorno (“aplasto a los otros animales no por maldad, sino porque no los veo”). Bernard-Marie Koltès se basaría en un hecho real, un joven italiano que era buscado por haber acabado con la vida de sus padres y de un policía, para construir su última obra. Moriría de sida en 1989, a los 41 años.
Julio Manrique ha recuperado una de las piezas más conocidas del dramaturgo francés veinte años después de que la trajera a Catalunya Lluís Pasqual. Y lo ha hecho con puntería en el ritmo (las quince escenas sin respiro) y una fuerte plasticidad. Precisamente la magnífica escenografía de Sebastià Brosa, una suerte de Rue del Percebe de Francisco Ibáñez, puede alejarnos de la tremenda poeticidad del texto al querer apostar por la imagen como primer recurso. Uno, por la estética y el tono, tiene la sensación de estar viendo más un David Lynch que un Koltès.
También ha acertado Manrique con el actor protagonista, un Pablo Derqui que se mete en la complejidad de un personaje tan contradictorio como atractivo. Menos creíbles están Ivan Benet (como el chulo misógino) o Rosa Gàmiz (como la madama). Ocho actores interpretan a los veinticinco personajes y ello, pese al juego que pueda dar, se acaba notando en algunos que exageran en el cambio de registro. De todas formas, estremecedora la escena del metro -otra vez, potentísima la escenografía con el cartel de Se busca- en la que contemplamos todas las aristas del misterioso sujeto, capaz de ayudar a un viejo con el que conversa tranquilamente acerca del miedo. Vemos, sí, su capacidad de compasión y su fragilidad. ¿Quién/qué es, entonces, Roberto Zucco?
El Zucco dulce y tierno, el Zucco sanguinario, el Zucco loco e imprevisible, el Zucco que se ahoga en la celda de su persona. Zucco es un enigma.
Decía Michel Foucault sobre el hombre moderno que “el objetivo principal hoy no es descubrir, sino rechazar lo que somos”. En su obra Tecnologías del yo, el filósofo (muerto cinco años antes que Koltès) nos advierte de que “la revelación de sí es al mismo tiempo la destrucción de sí” y Zucco es lo que intenta, escapar de lo que él intuye que es (la aniquilación del padre y de la madre) y de aquello en lo que le quieren convertir (los vigilantes, la cárcel). El panóptico representa una sociedad obsesionada con el control que impide la libertad, salvaje y radical, del que se siente diferente.
Manrique, así, crea una versión casi cinematográfica, bellísima, que -aunque parece renunciar a cierto lirismo- consigue presentarnos a un arquetipo que funciona mejor que nunca en pleno siglo XXI. Zucco es el extraño que todos llevamos adentro. Es la (íntima) ansiedad que padece el individuo ante la hostilidad de un mundo que nos moldea hasta hacernos útiles, eficaces, para todos sus engranajes. Roberto Zucco es la lucha de un rinoceronte contra su propia alienación.