19 d’octubre 2006

Los peligros del teatro musical


1 octubre 2006
Ismael S. Albelo

Foto: Pepe Murrieta


El teatro musical cubano está resucitando y muchas personas se encuentran inmersas en este arduo esfuerzo. Téngase en cuenta que en este género se necesita bailar, cantar y actuar por igual, o al menos hacerlo todo dignamente. La inclusión de la música complejiza el empeño, la coreografía tiene que integrarse a un mismo nivel con el resto de los elementos y los intérpretes deben moverse en el escenario para realizarlo todo con organicidad.
Durante años el género ha estado ausente de nuestras tablas. Aislados intentos han fracasado por diversas causas, aunque han surgido piezas como Tocororo o Sonlar, donde la danza ha primado, lo que se conoce actualmente como dansical.
Ahora el maestro Nelson Dorr, experimentado director de teatro musical —recordar La corte del faraón, Tía Mame, Mi bella dama—, lo retoma con una obra conocida por su canción tema y por el montaje que hecho en los 80 en el infelizmente desaparecido Teatro Musical de La Habana: Pedro Navaja. Apoyado en su propia versión del libreto, Dorr se arriesga—como le es habitual—a trasladar la acción a la Cuba prerrevolucionaria, con sus cabarets afrancesados, su corrupción y su elegante producción músico- danzaria.
Teniendo en cuenta el peso que tiene la danza en esta puesta, me arriesgo a analizarla apostando por su revitalización, aún con imperfecciones, carencias y reproches, pues nuestro país posee tradición y talento joven para estos empeños.
El Pedro Navaja de Nelson Dorr comienza con un can-cán interpretado por los camareros del cabaret habanero Mon Amour, donde transcurre la trama.
Inicio fallido pues, a pesar de que el Ballet de la Televisión Cubana es una de las mejores compañías cubanas en la actualidad, el elenco no fue el más adecuado para comenzar un espectáculo, con tamaños y técnica desiguales.
Las coreografías, creadas por Freddy Viñas, Roclan y Odalys Riverón, jóvenes que se inician con notable talento en este comprometido oficio, poseen calidad de manera individual pero se evidencia falta de unidad entre ellas para este tipo de teatro.
La escena se cubre de elegancia con los “comparsas” que asisten al cabaret la última noche de 1958 –recurso ya empleado por diversos medios– y el elenco de actores, heterogéneo en experiencias y calidades, asumió con eficacia tanto el movimiento como el canto, aunque toda la parte musical era grabada.
Pienso, sin embargo, que en su afán por revivir el género, lejos de una “comedia”, Nelson Dorr realizó una “revista” musical: adaptaciones excesivas de conocidas canciones —sobre todo boleros—, 16 momentos coreográficos y escenas introducidas fortuitamente —como La isla de las cotorras, que dura cerca de 20 minutos y la escena del Joven— que poco aportan a la trama y que se abandonan como fábula una vez concluidas, interpolaciones que alargan el espectáculo y apartan la atención del tema central, disgregado por apariciones fugaces de personajes, situaciones folletinescas, bailes... y más bailes.
La co-protagonista Lili aparece apenas en tres escenas, Lola ocupa el verdadero centro más que el propio Pedro, y Tacón Cristal —verdadero ejercicio escénico de Candy Quintana— se inserta mucho menos que lo explotable.
¿Y la danza? Desigual, sobre todo en el sector masculino, agudizado por las seis manos que la componen y la referida carencia de unidad, para traernos un innecesario desvío hacia la acción danzaria en detrimento de la acción dramática.
Si este Pedro Navaja hubiera sido un dansical, esto hubiera sido justificado, pero el error surge por el desbalance entre danza, canto y actuación.
La comedia y la revista musicales tienen diferencia: la primera conjuga estos hechos artísticos; mientras en la segunda, la música y las canciones priman, quedando el drama como pretexto. En el contemporáneo dansical, la acción se desarrolla casi como un ballet, con pocos textos y menos canciones.
En otro sentido, Pedro Navaja no es un espectáculo chabacano ni grotesco, muestra elegantes diseños de Abraham García, buenos arreglos musicales e interpretaciones de Musical Habana, una excelente compañía de danza —pero con un elenco fallido—, noveles coreógrafos de talento —pero con falta de unidad estética— y la mano maestra de Nelson Dorr, quizás un tanto ansioso por darlo todo en un solo espectáculo pero necesitado de replanteo y edición del proyecto.
No obstante, debe aplaudirse que Pedro Navaja haya vuelto a escena. Es mejor trabajar sobre lo hecho que sobre la nada; lo demás es cuestión de trabajo y puesta en escena.