El texto de Ravenhill que lleva Mestres al Lliure se
pregunta por el precio de exportar la democracia y la libertad en una obra
irregular con tantos aciertos como excesos
publicat
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http://www.lavanguardia.com
2 de febrer
de 2013
Albert Lladó
foto : teatre lliure
Josep Maria Mestres escenifica los estragos de la guerra en
siete obras breves en el Lliure
¿Por qué nos ponen bombas? Así comienza una de las siete piezas
breves de Mark Ravenhill que Josep Maria Mestres, con traducción de Joan
Sellent, trae al Teatre Lliure de Montjuïc bajo el título Dispara/Agafa
tresor/Repetix. Es, en realidad, una selección muy personal (con nombre de
videojuego bélico) de las diecisiete obras (20 minutos cada una) que
conmocionaron a los espectadores del festival de Edimburgo de 2009. Las
palabras democracia y libertad, sus usos y sus abusos, se repetirán hasta la
saciedad en una propuesta desigual, irregular, con mucho (¿demasiado?)
efectismo, e interpretaciones con tonos conmovedores y tonos que impiden la
verosimilitud.
Hay una tesis que, bajo capas e historias diferentes, vuelve
una y otra vez al escenario: el etnocentrismo ha provocado que los occidentales
crean que su modelo de vida es el único posible y, de este modo, cualquier
invasión, cualquier despotismo, queda justificado para traer “la buena vida” a
un oriente que sufre todo tipo de tiranías. La narrativa clásica aparece para
nombrar cada fragmento, y así comenzamos con unas troyanas que, pese a su
(falsa) solidaridad, son incapaces de entender por qué su sociedad es agredida
por terroristas. El dogmatismo, qué es la luz y qué la oscuridad, está bien
reflejado en una suerte de marujas norteamericanas adictas al consumismo y las
apariencias. Es aquí donde Carmen Machi interpreta en catalán, pero más allá de
la anécdota, que parece una respuesta a la absurda polémica creada por Toni
Albà, la actriz borda su papel (lo mejor de la obra, sin duda) más adelante,
cuando es una madre, desquiciada y medio enloquecida, que se niega a escuchar
lo que dos militares han venido a comunicarle.
La obra, con un intermedio, dura casi tres horas. La primera
parte (cuatro de la sietes piezas) es francamente interesante, con una escena
bien ambientada como Terror y miseria (bravo para Àlex Casanovas y Mónica
López). Una pareja, xenófoba y paranoica, cena protegida bajo rejas y alarmas
de todo tipo. Obsesionados por la seguridad de su hijo, lo vigilan y
sobreprotegen para que no vea las consecuencias de un mundo hostil y en guerra
permanente. El crepúsculo de los dioses se ocupará de las contradicciones que
afectan a los cooperantes internacionales, que aterrizan en un país devastado
por el hambre, y que parecen querer arreglarlo a golpe de informes y
procedimientos burocráticos.
El tempo de los textos funciona en el primer round (aunque
la interpretación de Boré Buika es justísima), y recuerda a la estupenda
recuperación del Grand Guignol de Esteve Soler en su Contra la democracia.
Pero, después del descanso, la cosa va para abajo en intensidad. Roger
Casamajor está más que a la altura (fantástico actor) en El paraíso perdido,
pero el soldado estadounidense al que da vida Gonzalo Cunill en Crimen y
castigo nos aleja de la credibilidad (aunque Sílvia Bel ofrece un gran papel,
esta vez como viuda iraquí, maltratada por las fuerzas ocupantes). El colofón,
una Guerra y paz en forma de sueño infantil, tampoco acaba de convencer al
público.
El exceso de recursos audiovisuales, que son utilizados como
bisagra entre escena y escena, nos presenta como literales imágenes que el
espectador ya tiene presentes en su mente (hay vídeos de las Torres Gemelas, de
los atentados en Madrid, del derribo del monumento a Saddam Hussein, …) y que,
de alguna manera, le resta teatralidad a la propuesta.
La crítica a la doble moral, el maniqueísmo de lo que
entendemos como “civilización”, el siempre discutible límite entre la verdad y
la mentira, los muros existentes, y la tolerancia como producto de
mercadotecnia, asoma la cabeza a ratos en este Dispara/Agafa tresor/Repetix. Un
teatro comprometido, cómo negarlo, es más necesario que nunca. Pero con la
pirotecnia, precisamente, nos distanciamos de él. Es urgente, punza realmente,
cuando el director pone el microscopio en el personaje herido, en sus razones
más íntimas. Ahí está lo explosivo.

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