19 d’abril 2007

Blanca Portillo : «Yo necesito el teatro para vivir»

9 abril 2007

JULIO BRAVO
MADRID.
Con una obra de título extravagante, «Mujeres soñaron caballos», vuelve a la escena madrileña a una de las más importantes actrices de nuestro país: Blanca Portillo. En realidad, prácticamente no se ha bajado de ella desde hace años, porque a pesar de que ha logrado la popularidad en la televisión («Siete vidas»), y de que ha trabajado en varias de las más importantes producciones rodadas últimamente en España («Volver», «Alatriste», «Los fantasmas de Goya»), ella es una mujer de teatro. Blanca Portillo se ha puesto a las órdenes del argentino Daniel Veronese, una de las más importantes personalidades del teatro porteño actual, para interpretar «Mujeres soñaron caballos» (escrita y dirigida por el propio Veronese), donde comparte cartel con Celso Bugallo, María Figueras, Ginés García Millán, Andrés Herrera y Susi Sánchez. El jueves se estrena en el teatro Valle-Inclán dentro de la programación del Centro Dramático Nacional.
-Usted vio ya esta obra en Buenos Aires mientras trabajaba en «La hija del aire». ¿Qué le pareció?
-Me quedé muerta, pegada a la butaca. Había oído hablar de Veronese y sabía que era un dramaturgo importante, pero no había visto ninguna obra suya. Y ésta me dejó petrificada.
-¿Qué es lo que más le llamó la atención?
-Veronese tiene un estilo propio para contar las cosas, unconcepto dramatúrgico distinto y una poética propia. Demuestra cómo el teatro puede llegar muy adentro del ser humano. La obra nos presenta a tres hermanos y sus parejas que se reúnen para cenar; es el punto de partida para una historia que habla de la violencia.
-«Como en las mejores familias», que usted interpretó hace unos años, también partía de una cena familiar, que es origen también del conflicto.
-Pero no tiene nada que ver. Allí se hablaba más de la incomunicación, de lo que se esconde y no se dice; aquí se habla de la perversión de los valores... La familia es el epicentro de todos los sentimientos, del amor y la violencia. Es la metáfora del mundo. Es lógico que sirva como punto de partida para muchas obras teatrales.
-¿Qué tal está resultando el trabajo con Veronese?
-Me habían hablado de él como de un director que quiere a los actores, pero se quedaron cortos. Éste es uno de los trabajos en los que me he sentido más cuidada: es un hombre sereno, receptivo, que trabaja con el actor, le valora, aprovecha lo que es útil, le escucha... Otorga al actor una confianza extraordinaria.
-¿Ésta es una obra que exige del actor una implicación emocional mayor que en otras ocasiones?
-Es una obra que apela a la víscera del actor, muy poco técnica; somos seis personajes en un espacio de dos metros por tres, así que tu espacio vital está invadido constantemente. Eso te obliga a trabajar casi únicamente desde la honestidad. Hay obras en las que se trabaja más con la técnica.
-La televisión le ha dado la popularidad; el cine, reconocimiento, pero siempre vuelve al teatro...
-Yo lo necesito para vivir. Cada vez estoy más convencida de que éste es un trabajo grupal. Cuando estamos en el escenario somos dueños y señores de lo que ocurre, y mis capacidades se desarrollan con mayor tranquilidad. Hay algo en el teatro muy purista que me gusta y necesito. También, claro, sentir la respiración del público y sentir que cada función es diferente a la anterior
-¿Tiene algo esta obra de catártico para los actores?
-Más bien para el público. El objetivo final del teatro es el espectador; lo nuestro, al fin y al cabo, es algo privado. Pero nosotros nos subimos al escenario con la intención de que el público se sienta diferente al final de la función. Y en esta obra la reacción del espectador es casi física. La reflexión viene a posteriori.
-Veronese ha dicho que podemos ver una escena real de violencia o de dolor en la televisión y no conmovernos, porque tenemos el escape del mando a distancia, pero que en el teatro, aun siendo ficticia, no hay escapatoria...
-Ésa es la magia del teatro, la ventaja que le sacamos a otros medios. Si están bien contadas, las historias se meten hasta un lugar muy recóndito de tu cerebro y tu corazón. Tiene, además, un componente poético añadido.
-¿Sigue siendo el teatro un agitador de conciencias?
-Lo es, afortunadamente. Madrid ha recuperado en este sentido un pulso que había perdido. Está mucho mejor que nunca El teatro es agitación, un revulsivo, y aquí se están viendo de nuevo grandes obras sobre grandes temas, lo que quiere decir que hay una demanda de los espectadores de cosas que importan. La evasión la pueden encontrar en otro lugar.