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11 octubre 2009
Miguel Ángel Solá y Blanca Oteyza acongojan en el estreno en España de «Por el placer de volver a verla»
La muerte es una estupidez
SAÚL FERNÁNDEZ
Morir, desde luego, es una estupidez, porque el muerto se lleva todas las respuestas y el vivo se queda solo, con la sorpresa y con la interrogación. La muerte es el final más anunciado, pero, cuando llega, siempre lo hace súbitamente. Y los planes se quedan en proyectos destruidos y las ganas de seguir se ponen en duda y todas las frases comienzan en quizás... La muerte disuelve los días cotidianos y, así, lo único que queda es inventarse otro tiempo corriente. Los muertos, cuando se van, dejan a los vivos un poco menos vivos...
El muerto no quiere irse y el vivo no quiere quedarse solo; por eso la muerte no es más que una estupidez. Cuando muere una madre, la estupidez se agrava hasta el infinito. La madre trae la vida, su marcha no es más que un contrasentido. El dramaturgo canadiense Michel Tremblay escribió hace más de una década -en 1998- una comedia y una memoria, un homenaje a la madre fallecida, a la madre que le dio las armas que debía disparar para permanecer en la tierra y no olvidar que el tiempo es el río tranquilo que erosiona los días y que sólo conduce a la estupidez más soberana. La obra de Tremblay fue «Por el placer de volver a verla», cuyo estreno nacional acogió este viernes pasado el teatro Palacio Valdés, de Avilés; de nuevo, en la ola de los debús más prestigiosos. En esta ocasión, con dos grandes de la interpretación -Miguel Ángel Solá y Blanca Oteyza-, los dos, bajo la batuta de Manuel González Gil; los tres, responsables de «Hoy: El diario de Adán y Eva, de Mark Twain», el último superéxito del teatro en castellano.
«Por el placer de volver a verla» se estrenó en la última temporada veraniega de Mar del Plata (Argentina) y, entonces, se llevó todos los premios, todos los aplausos, todos los parabienes. Manuel González Gil dirigió su primera versión de la comedia de Tremblay, entonces, con Virginia Lago y Manuel Callau. El espectáculo que se vio en Avilés el viernes pasado cambió el plantel de actores y cambió también la versión de la comedia. Miguel Ángel Solá y Blanca Oteyza la hicieron suya para entregarla inmediatamente a los espectadores que llenaron el teatro hasta casi la última butaca.
El montaje -teatro dentro del teatro: no son los personajes los que buscan el autor; es el autor quien busca a su personaje- lo abrió Solá con un monólogo dirigido directamente a los espectadores. Se presentó como un reconocido autor y director de teatro con una obra en construcción. Quería recordar a su madre, la mujer exagerada, la mujer fantasiosa, la mujer que moldeó el alma de su hijo pequeño para que este pudiera sobresalir en un mundo en el que un día, de repente, se quedaría solo. Solá fue interrumpido por un espectador avilesino impetuoso («¡Arriba no se escucha!»)... la pausa inusitada (el público de esta ciudad tira a ser modosín) reestructuró una función en la que Solá se mostró enorme -pese a los tres años sin pisar las tablas, después del grave accidente que sufrió en el mar de Canarias- y Blanca Oteyza se agrandó en cada escena en la que insuflaba vida a esa madre que fue todas las madres. Solá, Oteyza y González Gil hablaron de la memoria y dispararon al corazón del público que se quedó marchito. Y es que la muerte siempre es una estupidez.
11 octubre 2009
Miguel Ángel Solá y Blanca Oteyza acongojan en el estreno en España de «Por el placer de volver a verla»
La muerte es una estupidez
SAÚL FERNÁNDEZ
Morir, desde luego, es una estupidez, porque el muerto se lleva todas las respuestas y el vivo se queda solo, con la sorpresa y con la interrogación. La muerte es el final más anunciado, pero, cuando llega, siempre lo hace súbitamente. Y los planes se quedan en proyectos destruidos y las ganas de seguir se ponen en duda y todas las frases comienzan en quizás... La muerte disuelve los días cotidianos y, así, lo único que queda es inventarse otro tiempo corriente. Los muertos, cuando se van, dejan a los vivos un poco menos vivos...
El muerto no quiere irse y el vivo no quiere quedarse solo; por eso la muerte no es más que una estupidez. Cuando muere una madre, la estupidez se agrava hasta el infinito. La madre trae la vida, su marcha no es más que un contrasentido. El dramaturgo canadiense Michel Tremblay escribió hace más de una década -en 1998- una comedia y una memoria, un homenaje a la madre fallecida, a la madre que le dio las armas que debía disparar para permanecer en la tierra y no olvidar que el tiempo es el río tranquilo que erosiona los días y que sólo conduce a la estupidez más soberana. La obra de Tremblay fue «Por el placer de volver a verla», cuyo estreno nacional acogió este viernes pasado el teatro Palacio Valdés, de Avilés; de nuevo, en la ola de los debús más prestigiosos. En esta ocasión, con dos grandes de la interpretación -Miguel Ángel Solá y Blanca Oteyza-, los dos, bajo la batuta de Manuel González Gil; los tres, responsables de «Hoy: El diario de Adán y Eva, de Mark Twain», el último superéxito del teatro en castellano.
«Por el placer de volver a verla» se estrenó en la última temporada veraniega de Mar del Plata (Argentina) y, entonces, se llevó todos los premios, todos los aplausos, todos los parabienes. Manuel González Gil dirigió su primera versión de la comedia de Tremblay, entonces, con Virginia Lago y Manuel Callau. El espectáculo que se vio en Avilés el viernes pasado cambió el plantel de actores y cambió también la versión de la comedia. Miguel Ángel Solá y Blanca Oteyza la hicieron suya para entregarla inmediatamente a los espectadores que llenaron el teatro hasta casi la última butaca.
El montaje -teatro dentro del teatro: no son los personajes los que buscan el autor; es el autor quien busca a su personaje- lo abrió Solá con un monólogo dirigido directamente a los espectadores. Se presentó como un reconocido autor y director de teatro con una obra en construcción. Quería recordar a su madre, la mujer exagerada, la mujer fantasiosa, la mujer que moldeó el alma de su hijo pequeño para que este pudiera sobresalir en un mundo en el que un día, de repente, se quedaría solo. Solá fue interrumpido por un espectador avilesino impetuoso («¡Arriba no se escucha!»)... la pausa inusitada (el público de esta ciudad tira a ser modosín) reestructuró una función en la que Solá se mostró enorme -pese a los tres años sin pisar las tablas, después del grave accidente que sufrió en el mar de Canarias- y Blanca Oteyza se agrandó en cada escena en la que insuflaba vida a esa madre que fue todas las madres. Solá, Oteyza y González Gil hablaron de la memoria y dispararon al corazón del público que se quedó marchito. Y es que la muerte siempre es una estupidez.