La Seca ofrece un maratón de teatro con la exitosa trilogía
de Esteve Soler, traducida ya a una decena de idiomas
publicat
per
3 de maig
de 2013
Albert Lladó
Espai La Seca.
Domingos 5 y 12 de mayo.
A partir de las 17 horas.
La Seca acoge la trilogía completa (Contra l’amor, Contra el
progrés y Contra la democràcia) de Esteve Soler, traducida ya a una decena de
idiomas, en un maratón teatral que comienza a las cinco de la tarde y, con
avituallamiento entre pieza y pieza, acaba superadas las diez de la noche. Que
nadie se asuste. Lo primero que sorprende después de las tres sesiones casi
continuas es lo corto que se nos ha hecho todo. Y es que el formato (cada obra
está estructurada en siete cortas escenas), y el peculiar sentido del humor del
dramaturgo catalán, hacen de la propuesta una experiencia más que recomendable.
Vayamos por pasos. Comenzamos por Contra el progrés (dirige
Joan Maria Segura), tal vez la obra más blanca, la menos incisiva de las tres,
aunque ciertamente divertida. Aquí la escenografía de Fortià Coromina, basada
en una especie de montaña de electrodomésticos, logra que los nexos entre
historia e historia se realicen con aparente naturalidad. Nos encontramos con
una pareja que se autodefine como “no racista” (Txell Botey y Xavi Idàñez)
mientras piensan en cómo deshacerse del niño negro que se les ha instalado, sin
avisar, en el comedor de casa. También veremos la indiferencia hacia el que
sufre, cómo reclamamos más resignación al frágil, o la construcción de una
nueva religión basada directamente en el culto al dinero y la productividad. En
estos relatos hay, por supuesto, una crítica mordaz a la sociedad
contemporánea, tan esterilizada, que pueden asemejarse a los textos de Mark
Ravenhill, pero que Soler los impregna de sátira y esperpento, jugando con la
extrañeza. Una maestra descubre los horrores que esconde el cuento políticamente
correcto de la Caperucita Roja, un logo invade el hogar sin darnos cuenta, la
burocratización de las relaciones sentimentales... y la confianza ciega en el
conocimiento y las tecnologías como sinónimo de bienestar son otros de los
aspectos que aborda el texto.
En Contra la democràcia (dirige Carles Fernández Giua), de
la que ya hablamos aquí cuando se pudo ver en la sala Beckett, Soler vuelve a
utilizar la misma fórmula, pero centrándose en la polis y el abuso de poder.
Recupera, así, el Grand Guignol, un género teatral de origen francés creado a
finales del siglo XIX que, con montajes de corta duración, mostraban la
monstruosidad de su tiempo gracias a la farsa surrealista. Elecciones amañadas,
la voracidad y la ambición desmesurada, el uso de la violencia y todos sus
eufemismos son algunos de los temas que encarnan los actores Eva Cartañá, Laia
Martí y Guillem Motos. Es el momento de uno de los mejores fragmentos; un
extraño llama, de madrugada, a la puerta número seis de un bloque de pisos. No
se acuerda de qué viene inmediatamente después del seis y con ese olvido,
compartido por los inquilinos, se preguntan si les espera la nada o el
infinito. Las réplicas encajan al milímetro y son la mejor muestra de cómo
Esteve Soler trabaja el absurdo en su teatro.
Por último, en Contra l’amor (vuelve a dirigir Carles
Fernández Giua) la música toma protagonismo con la interpretación de Cartañà,
Martí y Motos (que hace que el público se destornille con algunas de sus muecas
con una potentísima vis cómica). Y hay otro actor, del que aún no les hemos
hablado. Dani Arrébola es el único que repite en las tres obras con una
asombrosa facilidad para cambiar de registro, perdiendo a la mujer en un hotel
o interpretando -como si acabara de empezar la jornada- un impresionante monólogo
final en el que un actor porno toma la palabra frente a un grupo de ayuda.
También hay en este texto, en una mezcla llena de contrastes, la pregunta por
la autenticidad (una pareja sólo puede practicar sexo después de ingerir
pastillas de amor), la crueldad humana, y la obsesión de intentar cambiar al
otro. Se acaba el mundo tal y como lo habíamos conocido, para unos astronautas
que somos nosotros, y no sabemos si reír o llorar. La conjunción, llorar de
risa, parece ser, junto al devastador retrato de la actualidad, la triple
respuesta que propone Esteve Soler.
Más que ir a la contra, el contra (adverbio) de Soler se
convierte en un contra (preposición) que matiza los valores que siempre
utilizamos como bandera. El dramaturgo no se opone a ellos, claro, sino que
indaga en el momento previo a la perversión de su auténtico significado.

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