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1 de maig de 2013
Albert Lladó
foto : Escena de 'Litoral' Cristina Sanchez/Romea
Raimon Molins dirige 'Litoral' de Mouawad en el Romea, la
primera parte de la exitosa 'Incendis'
Litoral
Teatre Romea
Del 26 de abril al 9 de junio de 2013
Autor: Wajdi Mouawad
Dirección: Raimon Molins
Duración: 3 horas, con un entreacto de 15 minutos
Después del gran éxito de Incendis, del dramaturgo Wajdi
Mouawad, Raimon Molins ha decidido traducir, producir (a través de la sala
Atrium) y dirigir Litoral, primera obra de la tetralogía La sangre de las
promesa (le siguen Bosques y Cielos) del autor libanés-canadiense, y que ahora
presenta en el Teatre Romea de Barcelona.
Destacable trabajo el de los actores (Marc Rodríguez
defiende con solvencia al protagonista mientras Lluís Marco demuestra una vez
más su maestría) que, a partir de sencillos juegos escénicos, acaban
interpretando a 32 personajes (en un reparto que completan David Verdaguer,
Mireia Trias, Patrícia Mendoza, Pepo Blasco y Xavier Ruano). Uno de los puntos
fuertes de la propuesta, al mismo tiempo, es la escenografía de Ricard Prat,
quien, con una especie de dos cubículos gigantes de madera, resuelve hábilmente
los entresijos de una historia que se nos presenta como una odisea en la que
hay intermitentes saltos desde la realidad al sueño o a la ficción.
Wilfrid atiende la llamada que le anuncia la muerte de su
padre mientras practica sexo con alguien de quien no recordará ni el nombre. Al
contrario que en el Meursault de Camus, que recibe con indiferencia el
fallecimiento de la madre, el protagonista de Litoral se transforma a partir
del suceso trágico. Es, claro, el paso de la infancia a la edad madura de un
personaje obsesionado con enterrar a su padre de manera digna, como en un símil
de Antígona, y que va acompañado de un surrealista caballero artúrico, que sólo
ve él, y que le protege de los miedos y frustraciones a los que se tendrá que
enfrentar.
La muerte del padre supone el desvelamiento del secreto
familiar. Entonces, hay una toma de decisión: llevar el cuerpo del progenitor
donde éste nació, en un viaje metafórico (el padre, pese a sufrir los efectos
de la descomposición, puede moverse y hablar con normalidad) hacia la pregunta
por los orígenes.
Es una pieza larga (casi tres horas divididas en dos partes)
con tonos muy distintos. En la primera, el foco está excesivamente centrado en
la contextualización. Se nos presenta a los personajes, que se justifican, y el
ritmo se resiente de manera clara. También hay un esfuerzo por poner el acento
en la comicidad del texto, que no es lo mejor de Mouawad, y pierden fuerza
símbolos tan potentes como la maleta roja en la que el padre guarda las cartas
no enviadas. Es en la segunda parte, pues, en la que el lenguaje poético, la
presencia de la crueldad, y las sugerentes metáforas fluyen con aparente
naturalidad, y la épica toma toda su forma. Encontramos, así, magníficos
monólogos sobre la identidad, los horrores de la guerra y la necesidad de
narrar el pasado.
Además del padre muerto que camina, y del caballero
imaginario (un muerto y un sueño, de la mano), un director de cine funciona
como alter ego de Wilfrid. Están construyendo un relato que se cruza con las
historias paralelas que se encuentran en el camino. De Occidente se trasladan a
Oriente y allí, después de escuchar las atrocidades que explican los olvidados
(todos marcados por la pérdida), el grupo se topa con una mujer que guarda en
un saco los nombres, tanto de vivos como de muertos, que las gentes han ido
borrando de sus recuerdos. Es una suerte de red de memoria que se dirige, junto
a ellos, hacia el mar abierto. Donde todo nace y todo muere de nuevo.

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