23 de juny de 2007
Santiago Fondevila
Barcelona
Roser Batalla y Jordi Díaz levantan la mano y exhiben los cinco dedos. Lluís Soler mira (y realmente mira) desde el escenario por la puerta de entrada a las oficinas de la multinacional que busca un ejecutivo/ va mediante el llamado Mètode Grönholm, que se inventó, para beneficio de los espectadores, Jordi Galceran hace cuatro años. Es la particular cuenta atrás de cuatro actores que llevan tres temporadas seguidas entrando por esa puerta al escenario del Poliorama para explicar las tropelías de una empresa de selección de personal. El sábado (hoy para el lector), llega su última función, con orquesta y una sorpresa que desconocen hasta los intérpretes.
Grönholm, Jordi Díaz, Soler, Frankfurt, Barça, Lluís Soler, Barcelona, Accidentes, Sergi Belbel, Jordi Galceran, Josep Bargalló, Teatre Nacional, Jordi Boixaderas, Toscana, Arsenal, París, Jordi, Institut Ramon Llull, Eso, Liga
Estamos entre bastidores. Los cuatro intérpretes, ya vestidos con los trajes de sus personajes, esperan el inicio mientras la platea acaba de llenarse y el murmullo del público suena como un río en su nacimiento. Se nota una atmósfera festiva. "Vienen a despedirse", dice Lluís Soler, consciente de que, con todo el papel vendido, como ha ocurrido durante gran parte de las tres temporadas, y con el The end a la vuelta de la esquina, quienes acuden saben que vienen a ver algo muy especial, algo que se acaba. Un acontecimiento infrecuente, de los que se dan de tarde en tarde. No en el mundo (hay cuerda para rato), no en España, pero sí en Barcelona el fenómeno Grönholm llega a su fin. "Público hay", dice Roser Batalla. "Esto es como aprender a comer, si no sales de las papillas, ahí te quedas. Pero hay que probar otras cosas e ir descubriendo sabores. Con el teatro es lo mismo. La gente tiene que probar y descubrir. Di que prueben el teatro".
¿Rutina? Ni hablar. Es un equipo compenetrado y que se lo pasa bien. Hay buen rollo.
- ¿Cambios en el texto?
- Ninguno.
- ¿Seguro?
"Ninguno", asegura Soler. Y da la prueba del nueve: "Los primeros días la obra duraba 120 minutos, y ahora entre 118 y 119". El mismo texto que quedó fijado en la primera función en la sala Tallers del Teatre Nacional de Catalunya se oirá en la última. Y, sin embargo, los cuatro dicen que no hay rutina, ni cansancio, sino aprendizaje. "Hace cuatro días encontré una nueva mirada", explica Roser Batalla. "No le he dicho nada a Jordi (Díaz), pero él la fijó también y ahí ha quedado". Para estas últimas funciones. Todos convienen en que difícilmente podrán volver a vivir una experiencia como ésta. Y, desde luego, si nos atenemos a las estadísticas, es casi seguro. No han suspendido ni un solo día. ¿Enfermedades? ¿Accidentes? ¿Infortunios? ¿Despistes? Los normales, pero se afrontan y se sigue. Cada noche el telón (es un decir, porque no lo hay) se levanta a la misma hora. La vida del actor en un teatro tiene algo de ritual. Los actores y las actrices son frágiles, pero la costumbre les hace fuertes. Algún ritual tiene cada uno, pero como es personal "¡para qué vamos a explicarlo!". No son nervios, pero sí hay un cosquilleo. Un poner el cuerpo en su sitio. Ellos son la herramienta de su trabajo. Con el tiempo mejoran la organicidad. Se descubren movimientos, pequeños matices que no cambian la obra ni el personaje. Pero son formativos. El mètode...es una comedia y hay que servir a los personajes y al ritmo. Escuchar al público, porque cada día es diferente. Jordi Díaz es el más joven del reparto. Estuvo cinco años en El cor de la ciutat.
Trabajó con Belbel en Primera plana y saltó al escenario de la sala Tallers con este papel. No hay anecdotario. Todo ha ido sin sobresaltos. Los hados se confabularon para que El mètode...se deslizara suavemente por el espacio y el tiempo. ¿Un blanco? Eso puede pasar y le pasa a todo actor.
Es inexplicable porque estás diciendo algo y no sabes lo que sigue. Pero son cuatro y se apoyan y nadie nota nada. Como esta noche, que han decidido hacerle un homenaje a la regidora, Montse Alcuerta. Tres años con ellos tras las paredes de la falsa oficina. Hoy está en la platea. Y no sabe la que le han preparado. Cuando Jordi Boixaderas hable del jefe de personal dirá su nombre en lugar del que figura en la obra. Se lo montan en un plis plas, entre las bambalinas.
Algo más peligroso es sufrir una ataque de angustia en escena. Le pasó a Jordi Díaz y dice que se puede contar. Una vez más, el apoyo de los demás intérpretes y el prurito profesional le sacaron del apuro. Desde entonces se toma una pastilla antes de salir. Y nunca más ha ocurrido.
Antes decíamos que no han suspendido ni un solo día. Hubo uno, pero fue una suspensión anticipada y debido al partido de Barça frente al Arsenal, en París. Fue una precaución... porque si ganaba (y ganó), Canaletes se convertía en intransitable... Se puede estar en escena mientras juega el Barça y hasta se puede saber el resultado. O casi. El domingo pasado (el del final de la Liga), a Lluís Soler le pasaron por el buzón donde los aspirantes reciben mensajes del director de personal la nota:
"Somos campeones". Pero ya no había más mensajes y en los diez minutos finales de los partidos (como bien se sabe) todo cambió. Ellos se enteraron al acabar la función.
Cuando una obra se acaba, algo se muere en el alma... de los intérpretes. De ahí que las compañías inventen siempre alguna pequeña diversión, algún añadido que pasará inadvertido al público. En esta ocasión el juego pasará por fumar a la vez y por un casco de motorista que entrará por primera vez en el escenario. Ellos verán cómo resuelven con el nuevo atrezzo. Ni se lo plantean.
- ¿Y cuando digan las últimas palabras por última vez?
Roser Batalla lo tiene claro: "Me entrarán unas ganas horribles de llorar".
Jordi Díaz abre la puerta y, junto a Roser Batalla, sale al escenario. La puerta se cierra. Quedan cuatro funciones... en el Poliorama. Frankfurt y el teatro El mètode Grönholm sigue su caminar por el resto del mundo. París la espera en enero. Y - cosas que ocurren- cuando Josep Bargalló y los miembros del Institut Ramon Llull estuvieron el pasado día 13 en Frankfurt para presentar la controvertida lista de autores que acudirán a la feria del libro, en el teatro Spielplan de la ciudad alemana se exhibía una de las producciones de El mètode Grönholm.
No hubo que pagar para que la tradujeran. Y, además, las críticas fueron buenas. En la lista de autores que acudirán a Frankfurt sólo hay un dramaturgo: Sergi Belbel, de quien se verá en el contorni, que es como llaman los italianos a la guarnición, A la Toscana.
Grönholm, Jordi Díaz, Soler, Frankfurt, Barça, Lluís Soler, Barcelona, Accidentes, Sergi Belbel, Jordi Galceran, Josep Bargalló, Teatre Nacional, Jordi Boixaderas, Toscana, Arsenal, París, Jordi, Institut Ramon Llull, Eso, Liga
Estamos entre bastidores. Los cuatro intérpretes, ya vestidos con los trajes de sus personajes, esperan el inicio mientras la platea acaba de llenarse y el murmullo del público suena como un río en su nacimiento. Se nota una atmósfera festiva. "Vienen a despedirse", dice Lluís Soler, consciente de que, con todo el papel vendido, como ha ocurrido durante gran parte de las tres temporadas, y con el The end a la vuelta de la esquina, quienes acuden saben que vienen a ver algo muy especial, algo que se acaba. Un acontecimiento infrecuente, de los que se dan de tarde en tarde. No en el mundo (hay cuerda para rato), no en España, pero sí en Barcelona el fenómeno Grönholm llega a su fin. "Público hay", dice Roser Batalla. "Esto es como aprender a comer, si no sales de las papillas, ahí te quedas. Pero hay que probar otras cosas e ir descubriendo sabores. Con el teatro es lo mismo. La gente tiene que probar y descubrir. Di que prueben el teatro".
¿Rutina? Ni hablar. Es un equipo compenetrado y que se lo pasa bien. Hay buen rollo.
- ¿Cambios en el texto?
- Ninguno.
- ¿Seguro?
"Ninguno", asegura Soler. Y da la prueba del nueve: "Los primeros días la obra duraba 120 minutos, y ahora entre 118 y 119". El mismo texto que quedó fijado en la primera función en la sala Tallers del Teatre Nacional de Catalunya se oirá en la última. Y, sin embargo, los cuatro dicen que no hay rutina, ni cansancio, sino aprendizaje. "Hace cuatro días encontré una nueva mirada", explica Roser Batalla. "No le he dicho nada a Jordi (Díaz), pero él la fijó también y ahí ha quedado". Para estas últimas funciones. Todos convienen en que difícilmente podrán volver a vivir una experiencia como ésta. Y, desde luego, si nos atenemos a las estadísticas, es casi seguro. No han suspendido ni un solo día. ¿Enfermedades? ¿Accidentes? ¿Infortunios? ¿Despistes? Los normales, pero se afrontan y se sigue. Cada noche el telón (es un decir, porque no lo hay) se levanta a la misma hora. La vida del actor en un teatro tiene algo de ritual. Los actores y las actrices son frágiles, pero la costumbre les hace fuertes. Algún ritual tiene cada uno, pero como es personal "¡para qué vamos a explicarlo!". No son nervios, pero sí hay un cosquilleo. Un poner el cuerpo en su sitio. Ellos son la herramienta de su trabajo. Con el tiempo mejoran la organicidad. Se descubren movimientos, pequeños matices que no cambian la obra ni el personaje. Pero son formativos. El mètode...es una comedia y hay que servir a los personajes y al ritmo. Escuchar al público, porque cada día es diferente. Jordi Díaz es el más joven del reparto. Estuvo cinco años en El cor de la ciutat.
Trabajó con Belbel en Primera plana y saltó al escenario de la sala Tallers con este papel. No hay anecdotario. Todo ha ido sin sobresaltos. Los hados se confabularon para que El mètode...se deslizara suavemente por el espacio y el tiempo. ¿Un blanco? Eso puede pasar y le pasa a todo actor.
Es inexplicable porque estás diciendo algo y no sabes lo que sigue. Pero son cuatro y se apoyan y nadie nota nada. Como esta noche, que han decidido hacerle un homenaje a la regidora, Montse Alcuerta. Tres años con ellos tras las paredes de la falsa oficina. Hoy está en la platea. Y no sabe la que le han preparado. Cuando Jordi Boixaderas hable del jefe de personal dirá su nombre en lugar del que figura en la obra. Se lo montan en un plis plas, entre las bambalinas.
Algo más peligroso es sufrir una ataque de angustia en escena. Le pasó a Jordi Díaz y dice que se puede contar. Una vez más, el apoyo de los demás intérpretes y el prurito profesional le sacaron del apuro. Desde entonces se toma una pastilla antes de salir. Y nunca más ha ocurrido.
Antes decíamos que no han suspendido ni un solo día. Hubo uno, pero fue una suspensión anticipada y debido al partido de Barça frente al Arsenal, en París. Fue una precaución... porque si ganaba (y ganó), Canaletes se convertía en intransitable... Se puede estar en escena mientras juega el Barça y hasta se puede saber el resultado. O casi. El domingo pasado (el del final de la Liga), a Lluís Soler le pasaron por el buzón donde los aspirantes reciben mensajes del director de personal la nota:
"Somos campeones". Pero ya no había más mensajes y en los diez minutos finales de los partidos (como bien se sabe) todo cambió. Ellos se enteraron al acabar la función.
Cuando una obra se acaba, algo se muere en el alma... de los intérpretes. De ahí que las compañías inventen siempre alguna pequeña diversión, algún añadido que pasará inadvertido al público. En esta ocasión el juego pasará por fumar a la vez y por un casco de motorista que entrará por primera vez en el escenario. Ellos verán cómo resuelven con el nuevo atrezzo. Ni se lo plantean.
- ¿Y cuando digan las últimas palabras por última vez?
Roser Batalla lo tiene claro: "Me entrarán unas ganas horribles de llorar".
Jordi Díaz abre la puerta y, junto a Roser Batalla, sale al escenario. La puerta se cierra. Quedan cuatro funciones... en el Poliorama. Frankfurt y el teatro El mètode Grönholm sigue su caminar por el resto del mundo. París la espera en enero. Y - cosas que ocurren- cuando Josep Bargalló y los miembros del Institut Ramon Llull estuvieron el pasado día 13 en Frankfurt para presentar la controvertida lista de autores que acudirán a la feria del libro, en el teatro Spielplan de la ciudad alemana se exhibía una de las producciones de El mètode Grönholm.
No hubo que pagar para que la tradujeran. Y, además, las críticas fueron buenas. En la lista de autores que acudirán a Frankfurt sólo hay un dramaturgo: Sergi Belbel, de quien se verá en el contorni, que es como llaman los italianos a la guarnición, A la Toscana.
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