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1 febrer 2008
CRÍTICA DE TEATRO
«Boscos endins»
Autor: Stephen Sondheim. Libreto: James Lapine. Dirección: Joan Lluís Bozzo. Dirección musical: Joan Vives. Escenografía: Jon Berrondo. Coreografía: Anna Briansó. Intérpretes: Ferran Frauca, Gisela, Mone, Marc Pujol, Josep M. Gimeno, Annabel Totu- saus, Clara del Ruste, Anna y Lau- ra Ventura, Teresa Vallicrosa,Anna Moliner, Sergi Albert, Maria del Mar Maestu, Ferran Castells, Car- los Gramaje. Teatre Victòria, 30-II
SERGI DORIA
A veinte años de su estreno en Broadway, Joan Lluís Bozzo le ha puesto las hechuras de Dagoll Dagom a «Into the Woods» («Boscos endins»). Su autor, Stephen Sondheim, pergeñó un musical con una ambición intelectual que sobrepasa el simple divertimento.
«Boscos endins» disecciona las fábulas y cuentos como artefactos de aprendizaje. El Príncipe Azul, Caperucita, el Lobo, el matagigantes Jan con sus habichuelas mágicas, la Bruja, Cenicienta o la enclaustrada Rapunzel habitan un retablo que entremezcla la peripecia de unos y otros para enhebrar las contradicciones que conlleva la construcción del carácter.
Estructurada en dos partes, «Boscos endins» plantea en la primera el lado más canónico de los cuentos, narrados con una ironía picante que revela las connotaciones del «vivir peligrosamente»: Caperucita se aleja del camino y equipara el miedo y la excitación en su encuentro con el Lobo.
Con las ideas muy claras sobre el propósito de la obra, Joan Lluís Bozzo sostiene su dirección en la magnífica traslación catalana del libreto de Joan Vives y una escenografía que potencia la emboscadura, ese espacio donde la soledad del crepúsculo lleva a decisiones no siempre avenidas con la ortodoxia social. Si en el primer tramo las peripecias entrecruzadas de los personajes acaban bien, en el segundo éstos han de afrontar las consecuencias de sus actos. El arrojado Jan, que se encaramó a la planta gigante y robó el oro del ogro, deberá expiar sus culpas cuando la giganta remueva el bosque en su búsqueda y cause la desgracia de sus compañeros... Las sombras se impondrán a las luces; el escepticismo superará al optimismo; la muerte, a la irresponsabilidad escapista; el tedio postcoital, a la emergencia del deseo.
Las interpretaciones de Gisela (Cenicienta), Mone (Bruja), Anna Moliner (una Caperucita electrizada) arrancan aplausos, así como la actitud frívola de los dos príncipes (Ferran Castells y Carlos Gramaje), en un movimiento actoral impecablemente conjuntado. Si algún reparo puede ponerse a la obra, no afecta al trabajo de Dagoll Dagom. El estribillo de «Boscos endins» resulta simple y machacón. A diferencia de otros musicales, como «West side story», «Jesucristo Superstar» o «Mar i Cel», se echa en falta esa canción que se graba en la memoria y apetece volver a ser escuchada. En «Boscos endins» deja más huella la letra que la música.
El país funciona (culturalment)
1 febrer 2008
CRÍTICA DE TEATRO
«Boscos endins»
Autor: Stephen Sondheim. Libreto: James Lapine. Dirección: Joan Lluís Bozzo. Dirección musical: Joan Vives. Escenografía: Jon Berrondo. Coreografía: Anna Briansó. Intérpretes: Ferran Frauca, Gisela, Mone, Marc Pujol, Josep M. Gimeno, Annabel Totu- saus, Clara del Ruste, Anna y Lau- ra Ventura, Teresa Vallicrosa,Anna Moliner, Sergi Albert, Maria del Mar Maestu, Ferran Castells, Car- los Gramaje. Teatre Victòria, 30-II
SERGI DORIA
A veinte años de su estreno en Broadway, Joan Lluís Bozzo le ha puesto las hechuras de Dagoll Dagom a «Into the Woods» («Boscos endins»). Su autor, Stephen Sondheim, pergeñó un musical con una ambición intelectual que sobrepasa el simple divertimento.
«Boscos endins» disecciona las fábulas y cuentos como artefactos de aprendizaje. El Príncipe Azul, Caperucita, el Lobo, el matagigantes Jan con sus habichuelas mágicas, la Bruja, Cenicienta o la enclaustrada Rapunzel habitan un retablo que entremezcla la peripecia de unos y otros para enhebrar las contradicciones que conlleva la construcción del carácter.
Estructurada en dos partes, «Boscos endins» plantea en la primera el lado más canónico de los cuentos, narrados con una ironía picante que revela las connotaciones del «vivir peligrosamente»: Caperucita se aleja del camino y equipara el miedo y la excitación en su encuentro con el Lobo.
Con las ideas muy claras sobre el propósito de la obra, Joan Lluís Bozzo sostiene su dirección en la magnífica traslación catalana del libreto de Joan Vives y una escenografía que potencia la emboscadura, ese espacio donde la soledad del crepúsculo lleva a decisiones no siempre avenidas con la ortodoxia social. Si en el primer tramo las peripecias entrecruzadas de los personajes acaban bien, en el segundo éstos han de afrontar las consecuencias de sus actos. El arrojado Jan, que se encaramó a la planta gigante y robó el oro del ogro, deberá expiar sus culpas cuando la giganta remueva el bosque en su búsqueda y cause la desgracia de sus compañeros... Las sombras se impondrán a las luces; el escepticismo superará al optimismo; la muerte, a la irresponsabilidad escapista; el tedio postcoital, a la emergencia del deseo.
Las interpretaciones de Gisela (Cenicienta), Mone (Bruja), Anna Moliner (una Caperucita electrizada) arrancan aplausos, así como la actitud frívola de los dos príncipes (Ferran Castells y Carlos Gramaje), en un movimiento actoral impecablemente conjuntado. Si algún reparo puede ponerse a la obra, no afecta al trabajo de Dagoll Dagom. El estribillo de «Boscos endins» resulta simple y machacón. A diferencia de otros musicales, como «West side story», «Jesucristo Superstar» o «Mar i Cel», se echa en falta esa canción que se graba en la memoria y apetece volver a ser escuchada. En «Boscos endins» deja más huella la letra que la música.
El país funciona (culturalment)
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