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mexic
14 febrer 2005
Para Luis de Tavira, hay que llevar el teatro a quien lo necesita, a quien tiene hambre y sed de él.
Cuando en el discurso político se escuchan referencias a proyectos de descentralización cultural generalmente pensamos en palabrería. ¿Qué diferencia al Centro Dramático de Michoacán (Cedram) de estos proyectos? Con la autoridad moral que le da haber dedicado su vida al teatro —y su teatro a la vida—, Luis de Tavira responde: “Su realidad, sin más. Estamos hablando de una descentralización real”. Dirigido por De Tavira, el Cedram fue establecido en la antigua finca de veraneo del general Lázaro Cárdenas en noviembre de 2004, en Pátzcuaro, Michoacán, ciudad a la que califica como “un cruce de caminos urdido en el pensamiento utópico de Vasco de Quiroga.” El proyecto ha permitido hacer teatro ante comunidades que no conocían esta experiencia, dice De Tavira en entrevista. “Hemos llevado el teatro por los caminos, armando la estructura del teatro en pueblos donde nunca antes hubo un teatro —cuenta entusiasmado—. Estamos trabajando intensamente en un lugar donde aún es posible vivir en relaciones humanas y entrar en contacto con una comunidad de personas, y no en la ciudad contemporánea, atrocidad refrigerada donde desaparece la condición de persona”. Estas condiciones han permitido a los integrantes del Cedram reaprender muchas cuestiones en torno al teatro. “Estamos estructurando un discurso y un repertorio de una compañía estable que también es un modelo que se propone una estrategia que va contra el modo habitual de producir una obra hasta que se agote. Contamos con una pluralidad de espectáculos articulados por una diversidad en la unidad del estilo, con un equipo de actores que empieza a desarrollarse y a crecer, con producciones que van subiendo y bajando de cartel, dialogando con otros espectáculos. Así el espectador tiene oportunidad de leer un discurso, lo que los antiguos llamaban tradición, donde la gente iba al teatro y no consumía un espectáculo.”En un tiempo récord de dos años se han presentado La honesta persona de Sechuán, de Bertold Brecht; El inspector, de Nicolás Gogol; La dama boba, de Lope de Vega; El marido humillado, de Molière, y Yerma, de Federico García Lorca. “En esos dos años hemos levantado un teatro en el jardín de esa finca maravillosa con muy pocos recursos. Estamos ensayando formas emergentes para resolver el problema de las infraestructuras. Siempre se plantea la construcción de un teatro en términos multimillonarios, pero no se trata de eso sino de hacerlo con estructuras muy ligeras”. Territorio de tránsfugas
De Tavira cree en la necesidad de incidir en las claves multiplicadoras del proyecto que encabeza. Por ello, con el apoyo del Centro Nacional de las Artes (Cenart) y la Secretaría de Cultura del Estado de Michoacán, de julio del 2004 a enero de este año, se llevó a cabo en el Cedram un diplomado en pedagogía del arte de la actuación con la asistencia de 25 maestros de actuación de 13 estados. En principio, De Tavira advirtió que en el ambiente teatral del país “estamos sumidos en una Babel terminológica en donde cada quien nombra las cosas de distintas maneras. Debajo de esto hay una Babel conceptual: qué estamos entendiendo por teatro, por la actuación como arte, porque cada formador se ha ido improvisando”. El director explica que hay una pluralidad de prácticas formativas, algunas de gran valor, pero en tremenda dispersión. Y aunque considera que existen los elementos necesarios para crear una escuela mexicana de actuación, no están articulados. “Nuestro teatro es un teatro profundamente inmóvil e incomunicado o inmóvil por incomunicado. Es como una mesa llena de perinolas enloquecidas girando sobre su propio eje que van desgastando o retomando su dinamismo, pero no se afectan unas a otras. Es decir: lo que se hace en Mérida no afecta en nada a lo que se hace en Veracruz, y lo que se hace en Veracruz no tiene nada que ver con lo que se hace en Nayarit. No hay una acción que genere un movimiento”. Realizar este tipo de encuentros tiene que ver con la necesidad de organizar una agenda pedagógica nacional que pudiera conducir a una escuela mexicana de actuación. “Estamos sumidos en la importación de técnicas que son modos esnobs de seguir colonizados, ahora a las modas del mercado ante una orfandad de poder objetivar la profesionalidad del actor, porque profesionalidad quiere decir capacidad de hacerse responsable”. Un problema grave es que cualquiera se sube a un escenario o se pone frente a las cámaras, indica el director. “Es un territorio de tránsfugas, de intrusos y de charlatanes que propiamente no son actores. Y en las escuelas estamos formando al sujeto del teatro, pero ¿qué teatro y para quién?, cuando en realidad se termina haciéndole los cuadros a la televisión comercial. Los actores están conminados a volverse mercenarios”. Si esta problemática no se atiende el teatro nacional seguirá en las mismas, advierte el director que ve con optimismo la realización de este diplomado por la posibilidad de establecer una agenda común. “Esto de por sí ya es un enorme beneficio. Lo que queda claro es la necesidad de sostener estas acciones. Empezamos a crear los conductos para recuperar la experiencia y la sabiduría que hay en la práctica pedagógica, pero al mismo tiempo debemos buscar las instancias críticas que urjan a la reformulación de conceptos y de estrategias de la formación del actor desde el punto de vista pedagógico”. Para el director de montajes como Esperando al zurdo y La sombra del caudillo, Felipe Ángeles y Novedad de la patria, es preciso volver a la antigua novedad del teatro. “El teatro le descubrió al ser humano su condición de persona. Gracias al teatro los seres humanos nos concebimos como personas. Esto es central en un mundo entregado a la barbarie despersonificadora, a las relaciones mecanizadas y robotizadas, en donde desaparece la condición de la persona, donde el ser humano es concebido simplemente como una cifra de consumo”.
El público ingenuo, el más exigente
En un país donde más de 90 por ciento de sus habitantes no conoce el teatro, ¿de qué hablamos cuando hablamos de teatro?, se pregunta Luis de Tavira, el director, autor y promotor teatral, para luego responder: “Para mí hacer teatro es como hacer pan. Me parece un crimen hacer pan para servirlo a las mesas de los ahítos y los hartos que lo desprecian, habiendo tal cantidad de hambrientos. Hay que llevar el teatro a quien lo necesita, a quien tiene hambre y sed de él. Y hay que dejar de hacerlo para aquellos que ya están hartos y agotados”. Para el autor de textos de discusión sobre la materia, como Un teatro para nuestros días y El teatro en las fronteras de la modernidad, ver nacer el entusiasmo por el teatro en comunidades donde no ocurría nada ha sido una “experiencia prodigiosa, un inefable asombro ante su asombro de lo que puede ser el teatro. Nos hemos planteado hacer el mejor teatro que se haga en el país y si es posible en el mundo, para éste y para cualquier público. Es decir, lo que preparamos en Pátzcuaro para estos públicos es el mismo espectáculo que presentamos en los teatros de la capital, con la misma exigencia. No puede hacer un desprecio en el concepto original. El público ingenuo es el más exigente.”
Xavier Quirarte, Ciudad de México
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