12 de setembre 2009

El teatro afgano renace de sus ruinas


31 agost 2009

La renacida Compañía Nacional intenta poner en pie en condiciones precarias un puñado de obras en una pequeña sala situada junto a las ruinas del antiguo Teatro de Kabul

MIKEL AYESTARAN
KABUL.

Los actores que se exiliaron por la guerra han vuelto y trabajan en el 'Teatro de los Niños'

«La comunidad internacional tira de los hilos y los afganos son las marionetas»
DV. «La última obra que se representó fue una adaptación de La madre de Máximo Gorki, todo un éxito de público». Farid pasea entre las ruinas del antiguo Teatro Nacional de Kabul y recuerda con detalle ese año 1992. Hijo de director de orquesta y actriz, siempre ha vivido en este teatro. En los años gloriosos, cuando la entrada costaba «cincuenta afganis de aquella época» y mil personas abarrotaban el aforo, y en los tiempos terribles de la guerra civil, cuando los muyahidines bombardearon el lugar y el general Dostúm -que recientemente ha regresado al país para apoyar a Hamid Karzai en las elecciones- usaba el foso de músicos para amontonar los cuerpos de sus adversarios fusilados. Farid lo ha vivido todo en primera persona y ahora trabaja como guardia de estas ruinas a cambio de un salario de 3.000 afganis al mes, 42 euros al cambio. Al menos le permiten vivir en lo que en su día fue el palco de autoridades.
«Es mi casa, cada día sueño con que alguien volverá a devolverle su esplendor, pero pasa el tiempo y nadie le presta atención. Afganistán tiene mayores urgencias que su teatro», lamenta mientras guía al extranjero por las entrañas del escenario y muestra los restos de la máquina que se usaba para cambiar de escenarios con rapidez y que era la envidia de los países vecinos.
El esqueleto de este edificio es una de las muchas cicatrices que quedan en la capital de la época de la guerra civil entre los diferentes señores de la guerra que reclamaban su cota de poder tras la ocupación soviética. Muchos de ellos ocupan puestos importantes en los ministerios con el visto bueno de Occidente, pero con la condena muda de los ciudadanos de a pie que les tienen tan poca simpatía como a los líderes talibanes.
Teatro de los Niños
Al lado del gran teatro se ha levantado un edificio más modesto presidido por un cartel que anuncia «Teatro de los Niños». Allí trabajan ahora los grandes actores de este país que tuvieron que exiliarse en los años de guerra y de control talibán. Desde hace tres años Qader Farukh dirige esta renacida Compañía Nacional que ya ha representado una decena de obras en una pequeña sala, coronada por una cúpula de cristal azul, y donde las sillas se colocan en función del público que vaya llegando. «Es teatro casi amateur y gratuito, el sueldo medio no sobrepasa los seis mil afganis mensuales, 84 euros, y vivimos gracias a segundos trabajos y ayudas internacionales», asegura Farukh, cuyo hijo acaba de graduarse en Bellas Artes y también se ha incorporado al mundo del espectáculo.
En la mayor parte de ocasiones trabajan por encargo de organizaciones internacionales y su público lo forman los niños de los diferentes colegios de Kabul. Ahora preparan una obra sobre la paz que ha encargado la misión de Naciones Unidas en Afganistán, Unama. Sesenta y cinco personas trabajan en el teatro, de ellos 25 actores y cinco actrices, «una profesión de alto riesgo para las mujeres en este Afganistán», asegura Farukh, que durante siete años vivió exiliado en Pakistán donde trabajó para el canal en persa de la cadena BBC.
Pese a la creciente presión fundamentalista en el país, considera que en la capital se respeta la libertad de expresión y por ello han podido trabajar en obras como Parlamento o Los recuerdos de un muyahidín, donde se critica a la política actual y a los que destrozaron el país durante la guerra civil. «En Pakistán es bastante peor, allí presenté un proyecto titulado La libertad de las mujeres y recibí amenazas de muerte», destaca.
No corren buenos tiempos para el teatro en este país, pero la violencia y las malas condiciones laborales no nublan la genialidad de artistas como Farukh. Con mucha discreción se retira hasta uno de los camerinos y allí, lejos de la mirada del resto de compañeros, enciende un cigarro sin importarle romper con el ramadán. Aspira con fuerza y habla de política, el monotema estos días de recuento electoral en Afganistán, «las elecciones son una especie de teatro en el que la comunidad internacional tira de los hilos y los políticos y pueblo afganos no son más que simples marionetas», reflexiona en voz alta antes de seguir fumando y recordando épocas mejores.