la vanguardia
13 abril 2006
El autor de ´Esperando a Godot´, que revolucionó el teatro del XX, nació hace un siglo
JOAN-ANTON BENACH
JOAN-ANTON BENACH
Barcelona
Hoy se cumplen cien años del nacimiento de Samuel Beckett (1906-1989) en Foxrock, una localidad del hinterland de Dublín. La fecha es para recordar cosas sustanciales en el campo de la literatura y el teatro del último siglo y, entre ellas, el caso insólito de un escritor que necesitó llegar a los 47 años para conquistar el pleno reconocimiento y, de ahí, sólo 16 para ser distinguido con el Nobel, en 1969. Segundo hijo de una acomodada familia - padre aparejador de éxito y madre profundamente religiosa-, Samuel Beckett creció en una dorada colonia protestante con colegios y clubs exclusivos, pero la ausencia de privaciones no impediría al futuro escritor un frecuente sentimiento de soledad. Viajó por primera vez a Francia a los 20 años, aunque su exilio definitivo no se produciría hasta 1937, después de múltiples salidas de su país hacia destinos culturales europeos.
Su huida del vacío y del aislamiento dublinés sería muy parecida a la de Oliver Goldsmith, Oscar Wilde, Sean O´Casey, Bernard Shaw o James Joyce, este último amigo suyo desde que se conocieron en París en 1928. Instalado en la capital francesa, miembro activo de la resistencia y refugiado en el Rosselló huyendo de la Gestapo, Beckett escribió la mayor parte de su obra dramática en francés, aunque nunca abdicó del idioma materno al que él mismo traducía todos sus textos. En 1948, un año después de elaborar una pieza primeriza que siempre repudió (Eleutheria),escribe Molloy y Malone muere,dos de sus mejores novelas, junto con Murphy,Watt y Mercier y Camier.
Pero este es, sobre todo, el año de su Esperando a Godot,el texto dramático que mayor influencia tendrá en todo el teatro europeo del siglo XX. Pese a lo cual, no será publicado hasta 1952 y estrenado por Roger Blin al año siguiente. Con una carga existencial que no se da en Ionesco, la obra pone al individuo frente al absurdo de una espera inútil, que, sin embargo, se repetirá cada mañana. "Si supiera quién es Godot, ya lo habría dicho", replicaba Beckett cuando le preguntaban por el misterioso personaje cuya llegada aguardan Vladimir y Estragón. Yes que el autor no es el filósofo ni el exégeta que pretende difundir alguna idea, ni, menos aún, el agnóstico que quiera hablar de un Dios diminuto - el diminutivo ot francés, como sufijo del God inglés- y definitivamente ausente. Samuel Beckett es el frontón que simplemente devuelve en forma de palabra teatral - "sólo tenemos las palabras", dice- su particular percepción de la tragedia humana, con sus expresiones patéticas y desoladas, angustiosas y grotescas. El impacto de Esperando a Godot fue tremendo. Mientras Figaro Littéraire saludaba el auténtico sentido de "un movimiento dramático que todavía se halla en periodo de pruebas", su compatriota, el optimista y vital dramaturgo Sean O´Casey, hablaba de "una obra miserable (...) en la que no hay nada que apunte a la esperanza, no hay ansias de ella, sino regodeo en la desesperación y en el grito de dolor". Fascinado por el "tiempo" de la pieza, Robbe-Grillet admiraba que se mantuviera a flote durante tres horas, "sin un fallo, sin un hueco, y eso que sólo está hecha de vacío", mientras que, destacando la clave clownesca de la pareja Vladimir y Estragón, Jean Anouilh hacía un chiste: "Esperando a Godot es el sketch de los Pensamientos de Pascal, ejecutado por los Fratellini".
Admirador de excepción de Beckett, aunque mucho más joven que él, Harold Pinter, cuyas obras primeras acusan la directa influencia del irlandés, declaraba: "Me gusta Beckett porque no intenta venderme nada que yo no quiera comprar; le importa poco si quiero o no quiero comprar algo. Pues bien, voy a comprarle su mercancía con todos los cachivaches, porque no deja pasar un guijarro sin darle la vuelta ni una lombriz sin fijarse en ella". Ese detallismo del dramaturgo lo glosaba en Barcelona el gran actor y director Pierre Chabert en 1990. Hombre de confianza de Beckett, y convertido en una especie de albacea de toda su obra, Chabert insiste en apuntar que nadie como el autor de La última cinta de Krapp ha puesto el teatro en tan estrecha relación con los objetos escénicos y con el cuerpo del actor. Y es verdad.
Cualquier director que quiera serle realmente fiel deberá sacar el mejor partido a la voz y al gesto de los personajes, pero lo demás lo tendrá escrito en las acotaciones quisquillosas de Beckett, que todo lo prevé: los pasos exactos que debe dar él o la actuante en una u otra dirección o los segundos que ha de durar una pausa o la luz de un foco sobre un rostro impávido. Más discreto que tímido, más jovial que amargado, desmintiendo lo que pregonaban algunos tópicos, enemigo de entrevistas y fastos mundanos, en 1969 Beckett no fue a recoger el Nobel a la Academia Sueca y estuvo varios días en paradero desconocido. Llenaba sus productivos retiros con la narrativa de la minuciosidad y con una obra dramática que a menudo se torna espejo desalentador del hombre contemporáneo. Ni en su juventud dublinesa ni en su madurez aceptó la soledad como condena. Su compañera, la pianista Suzanne Dumesnil, a la que conoció en 1938, murió el 17 de julio de 1989. Él sólo pudo sobrevivirla cinco meses.
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