
la opinión digital
los angeles
14 abril 2006
Bogotá es el centro del teatro mundial en estos días visitada por productores y directores en busca de nuevos actores y dramaturgos.
Joshua Goodman
BOGOTA
Un motel de carretera en las afueras de Las Vegas. Dos policías en uniforme caminan como vaqueros en las películas, mientras debaten las diferencias finas del inglés de Estados Unidos y de Canadá. Sólo que lo hacen en español, con acento bien argentino, hasta que lanzan sus cascos y se funden en un abrazo que hace al público estallar en carcajadas.
La estupidez es el título de la sátira teatral del aclamado dramaturgo argentino Rafael Spregelburd, que fue uno de los mayores éxitos del Festival Iberoamericano de Teatro que se desarrolla en esta capital.
Pero no fue el único que deleitó al público.
El Festival de Teatro Estelar de Latinoamérica, ahora en su décima edición, se ha enriquecido tanto que los directores de teatro del mundo ahora incluyen este evento bianual para echar un vistazo a nuevos talentos y llenar sus programas en la próxima temporada.
La edición de este año, bajo el lema de El Mundo en Escena, promete un récord de 700 funciones de 2,400 artistas representantes de 42 países. Durante 17 días, aficionados del teatro tendrán la oportunidad de asistir a presentaciones desde la producción alemana de Edward Albee Quién le teme a Virginia Wolf hasta una compañía de danza moderna de Benin.
“No puedes dejar de sentirte asombrado por lo que el festival ha logrado”, dijo Joe Melillo, un productor ejecutivo de la Academia de Música de Broadway (BAM). “El único problema es que resulta imposible verlo todo”.
Casi desde su inicio, hace 20 años, los organizadores del festival han alardeado de que es el más grande del mundo. La edición actual se espera que atraiga a más de tres millones de espectadores, la gran mayoría de ellos a las funciones gratuitas que se presentan en las calles, y los desfiles, como el inaugural del 1 de abril.
Pero más que la cantidad es la calidad de las funciones lo que ha hecho del de Bogotá uno de los más selectos festivales de arte, como el venerable Festival Internacional de Edimburgo o el Festival de Teatro de Avignon, a los que Melillo asiste regularmente.
“Yo acudo a festivales en Europa para ver que es lo mejor en la escena actual, pero voy a Bogotá para descubrir que viene en camino”, afirmó Melillo.
Hasta ahora, la apuesta parece estar rindiendo resultados. La producción Emilia Gallotti, del Deutsche Theater Berlin, que Melillo vio aquí en 2004 en la pasada edición, figuró entre las más grandes atracciones del Next Wave Festival del BAM en 2005, con más de cuatro mil aficionados que pasaron por sus taquillas en su corto estreno.
Este año junto a Melillo hay otros 30 importantes productores y directores de lugares como Dublín, Viena y San Sebastián, España. Para acomodar a esos potenciales patrocinadores, el festival les provee de boletos, hospedaje y un edecán las 24 horas del día para que transiten sin tormento de una sede a otra del evento.
También hay una mesa de negocios a puerta cerrada, llamada VIA, en donde las compañías locales pueden ofrecer sus trabajos.
La esperanza es repetir el sorpresivo éxito del festival de 2004, cuando siete producciones, en su mayoría colombianas, fueron invitadas a festivales en Suiza, Irlanda, Austria, Estados Unidos y la República Checa. Otro mérito lo tuvo Nicolás Montero, que vendió una obra y fue invitado a dirigirla, traducida, en el American Repertory Theater de Boston.
“Estamos dándonos cuenta, cada vez más, de la importante oportunidad para hacer negocios en que se ha convertido el festival”, declaró el coordinador de la VIA, José María Angel.
Aparte de La estupidez, otras presentaciones que los productores y directores observarán detenidamente son la obra mexicana Las chicas 3,5 Floppies, sobre dos prostitutas en un antro vacío en el fin del mundo, y una presentación con video sobre un destruido barrio urbano colombiano llamada Testigo de las ruinas.
Otros grandes éxitos son Los días felices, de Samuel Beckett, bajo la dirección del legendario dramaturgo inglés Peter Book, y una danza moderna de la israelí Kibbutz Dance Company.
El país invitado especial de este año es Rusia, que está representada por la maratónica producción de La guerra y la paz y Las tres hermanas de Anton Chejov. También se anotaron compañías menos conocidas de naciones como China, Israel, Etiopía y Macedonia.
Actores, dramaturgos y coreógrafos en ciernes pueden sacar provecho de los consejos de docenas de expertos que ofrecen talleres y clases.
Pero el mayor espacio está reservado para las obras de Colombia y Latinoamérica.
A pesar de una tradición de teatro político y con mensaje social, la mayoría de las obras de la región son escasamente conocidas más allá de sus fronteras.
“En un mundo cada vez más globalizado, eso está cambiando”, dijo Lane Czaplinski, quien está asistiendo al festival por primera vez como director artístico del centro Seattle’s On the Board.
“El reto es encontrar una producción que pueda traducirse bien para las audiencias apolíticas de Estados Unidos”, dijo Czaplinski, quien planeó ver siete presentaciones de compañías latinoamericanas, de las que confiesa orgullosamente no saber nada.
Mientras tanto, los colombianos parecen deleitarse con la atención internacional brindado por el festival.
Más que un tributo a las artes de Tespis, el festival ha evolucionado a una catarsis casi carnavalesco del intratable y prolongado conflicto armado.
Durante las dos semanas que dura, esta normalmente nublada capital andina “es un escaparate de arte, traído por innumerables actores callejeros, coloridas marchas y conciertos gratuitos”, dijo Fanny Mikey, la creadora y organizadora del festival.
“Tanto como los actores, los residentes de Bogotá se merecen un aplauso”, aseguró.
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