la vanguardia
1 abril 2006
JOAN-ANTON BENACH
Por los años cincuenta del pasado siglo era frecuente la publicación de una llamada "autocrítica" que muchos autores mandaban a los diarios pocos días antes de estrenar. Naturalmente, en vez de criticarla, cada autor anotaba las claves principales y las motivaciones que le habían llevado a escribir su obra. Persiguiendo parecidos objetivos y antes de estrenar f. r. a. n. z. p. e. t. e. r.,Sergi Fäustino ha elaborado una entrevista consigo mismo y ha hecho de ella una difusión estratégica, dado que, por kilométrica, ningún periódico querría publicarla. Pero como sea que el autor quiere explicarse, al final de la representación se ofrece a exponer vía e-mail a quien lo desee el sentido que tiene su obra, que así, de entrada, es más oscura que la garganta del lobo. Al margen de que deba agradecerse en lo que vale tan generosa disposición laboral, a mí me parece que Fäustino saldría más airoso de su f. r. a. n. z. p. e. t. e. r. si guardara un religioso silencio para dejar que cada cual imaginara lo que quisiera del pequeño caos escénico que propone, un desbarajuste trufado, eso sí, con una estupenda selección de lieder de Schubert interpretados por Maria Dolors Aldea, madre del autor. Aunque el amor filial no consta entre los impulsos que originaron la propuesta, queda claro que la relación consaguínea con la soprano, gran especialista en el lied, ha desempeñado un papel importante en la génesis del espectáculo que tiene en la vida y obra de Franz Peter Schubert la fuente principal de inspiración. Apasionado del juego gratuito, como ese de la puntuación, el dierésico Fäustino utiliza en su espectáculo cuatro elementos principales: una pareja de maniquíes- el masculino, un calco del artista- que va colocando en posiciones distintas, con lo que el autor-actor-director sugiere un hondo problema de incomunicación, tan patético como el que Piccoli sufría en Grandeur nature;unas proyecciones continuas de olas marinas y paisajes en movimiento aluden a un supuesto viaje interior del personaje; en tercer lugar, la voz en off del artista que relata los episodios de ese largo periplo, sin que, a mi juicio, encuentre el registro adecuado, tanto por los temas narrados, como por la dicción, muy descuidada, o por un bilingüismo sencillamente absurdo; y, finalmente, la música de Schubert, Maria Dolors Aldea muy bien acompañada al piano por David Casanova y el lied exquisito, con la traducción de cada verso proyectada en una pantalla. He aquí los cuatro soportes, las cuatro esquinas muy esquinadas de la propuesta y que convierten la escena en una plaza donde la más absoluta indiferencia del espectador puede pasear a sus anchas. "He estructurat l´espectacle des de la no narrativa", dice Fäustino, pero cuando eso se hace - y hoy se hace bastante- se procura que la poesía y la metáfora logren tejer una trama mínimamente dramática. Y aquí, entre Schubert y Schubert, sólo se percibe un desordenado ejercicio onanista, sin ningún interés.
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