
24 octubre 2006
JOSE GABRIEL ANTUÑANO
El teatro Principal de Zamora en el entorno celebrativo de su cuarto centenario ha repuesto días atrás «El rey que rabió», zarzuela, o más bien opereta cómica, estrenada en 1891 y compuesta por Ruperto Chapí sobre un libreto del zamorano Miguel Ramos Carrión y el asturiano Vital Aza. De este modo, además de ofrecer al público un género que gusta, se rendía un homenaje al libretista de la tierra. El libreto, que narra las andanzas de un apuesto y joven rey, que decide salir de palacio en busca de aventuras y encuentra el amor de su vida en una campesina, se sigue con facilidad y conjuga ingredientes sentimentales con final feliz, la boda del monarca saltándose las leyes de la realeza, situaciones de equívocos que desencadenan simpáticos enredos y una galería de personajes cómicos que, abocetados en sus diferencias, desencadenan algunos pequeños conflictos. Con este material Chapí compuso una música, donde no destaca ningún pasaje de manera determinante, pero que resulta agradable de escuchar por su elegancia y armonía, y fácil de interpretar, pues la compañía que a finales del diecinueve encargó esta opereta ya andaba con las cuerdas vocales algo destensadas.
El espectáculo, sobrio pero bien presentado, posee ese empaque necesario que debe acompañar a las zarzuelas, para que atraigan por su carácter musical (con buenos intérpretes, suficientes músicos en la orquesta y cantantes en el coro) y para que gusten por la elegancia de trajes y decorados. Con estos ingredientes, la respuesta del público es infalible tanto por su presencia como por su entusiasmo en la recepción y ante tal respuesta una vez más me planteo varias cuestiones: ¿por qué arrinconan el género y lo tildan de casposo? ¿por qué en determinados ambientes algunos se avergüenzan de programarlo? ¿por qué no se componen espectáculos pensando en los gustos y temas que pueden llegar al espectador del siglo XXI? Y en sentido positivo, ¿qué elementos reúne la zarzuela (o géneros asimilables como el chico o la opereta) para que guste?
Para encontrar algunas respuestas a estos interrogantes hay que partir de dos realidades una económica y otra sociopolítica. La primera se relaciona con la carestía de los espectáculos que, aunque lo son menos que una ópera, su calificativo de popular los hacen socialmente menos relevantes y su menor categoría artística los introduce en una segunda división; la segunda de las razones se relaciona por una parte, con prejuicios ideológicos que han recaído sobre un género que frívolamente se ha tildado de derechas, y de otra, porque sin ayudas de las administraciones las agrupaciones líricas bastante han hecho con mantener un género, sin poder competir en glamour y en cantantes.
Por suerte, algunos de estos a prioris se diluyen y el público no decae e incluso registra incorporaciones de gente joven, porque en España existe una afición latente al teatro musical en un sentido amplio. Sin embargo, se necesitan más actuaciones que competen fundamentalmente a las administraciones: recuperar repertorio y estimular las composiciones, bien es verdad que adaptadas a los medios de hoy y a las temáticas del momento, pero conservando esos elementos que tantos éxitos han deparado: la sencillez y proximidad de argumentos; la variedad de la composición musical con la mezcolanza de momentos de lucimiento para grandes voces y de elementos populares y pegadizos, siempre acompañados de la tripleta intérpretes, coros y orquesta; la variedad de espacios, que exige escenografías brillantes y vestuario adecuado; y la adaptabilidad a los múltiples espacios para poder realizar giras por los muchos teatros que existen fuera de Madrid.
JOSE GABRIEL ANTUÑANO
El teatro Principal de Zamora en el entorno celebrativo de su cuarto centenario ha repuesto días atrás «El rey que rabió», zarzuela, o más bien opereta cómica, estrenada en 1891 y compuesta por Ruperto Chapí sobre un libreto del zamorano Miguel Ramos Carrión y el asturiano Vital Aza. De este modo, además de ofrecer al público un género que gusta, se rendía un homenaje al libretista de la tierra. El libreto, que narra las andanzas de un apuesto y joven rey, que decide salir de palacio en busca de aventuras y encuentra el amor de su vida en una campesina, se sigue con facilidad y conjuga ingredientes sentimentales con final feliz, la boda del monarca saltándose las leyes de la realeza, situaciones de equívocos que desencadenan simpáticos enredos y una galería de personajes cómicos que, abocetados en sus diferencias, desencadenan algunos pequeños conflictos. Con este material Chapí compuso una música, donde no destaca ningún pasaje de manera determinante, pero que resulta agradable de escuchar por su elegancia y armonía, y fácil de interpretar, pues la compañía que a finales del diecinueve encargó esta opereta ya andaba con las cuerdas vocales algo destensadas.
El espectáculo, sobrio pero bien presentado, posee ese empaque necesario que debe acompañar a las zarzuelas, para que atraigan por su carácter musical (con buenos intérpretes, suficientes músicos en la orquesta y cantantes en el coro) y para que gusten por la elegancia de trajes y decorados. Con estos ingredientes, la respuesta del público es infalible tanto por su presencia como por su entusiasmo en la recepción y ante tal respuesta una vez más me planteo varias cuestiones: ¿por qué arrinconan el género y lo tildan de casposo? ¿por qué en determinados ambientes algunos se avergüenzan de programarlo? ¿por qué no se componen espectáculos pensando en los gustos y temas que pueden llegar al espectador del siglo XXI? Y en sentido positivo, ¿qué elementos reúne la zarzuela (o géneros asimilables como el chico o la opereta) para que guste?
Para encontrar algunas respuestas a estos interrogantes hay que partir de dos realidades una económica y otra sociopolítica. La primera se relaciona con la carestía de los espectáculos que, aunque lo son menos que una ópera, su calificativo de popular los hacen socialmente menos relevantes y su menor categoría artística los introduce en una segunda división; la segunda de las razones se relaciona por una parte, con prejuicios ideológicos que han recaído sobre un género que frívolamente se ha tildado de derechas, y de otra, porque sin ayudas de las administraciones las agrupaciones líricas bastante han hecho con mantener un género, sin poder competir en glamour y en cantantes.
Por suerte, algunos de estos a prioris se diluyen y el público no decae e incluso registra incorporaciones de gente joven, porque en España existe una afición latente al teatro musical en un sentido amplio. Sin embargo, se necesitan más actuaciones que competen fundamentalmente a las administraciones: recuperar repertorio y estimular las composiciones, bien es verdad que adaptadas a los medios de hoy y a las temáticas del momento, pero conservando esos elementos que tantos éxitos han deparado: la sencillez y proximidad de argumentos; la variedad de la composición musical con la mezcolanza de momentos de lucimiento para grandes voces y de elementos populares y pegadizos, siempre acompañados de la tripleta intérpretes, coros y orquesta; la variedad de espacios, que exige escenografías brillantes y vestuario adecuado; y la adaptabilidad a los múltiples espacios para poder realizar giras por los muchos teatros que existen fuera de Madrid.
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