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12 de juny de 2008
EMILI J. BLASCO.
CORRESPONSAL. LONDRES
La nueva producción de «Pygmalion» en el Old Vic de Londres es un buen ejemplo del «revival» de George Bernard Shaw (1856-1950) que se está experimentando en el escenario anglosajón. El excesivo acento en lo que de cómico tienen las obras del premio Nobel de 1925 había extendido en los últimos tiempos cierto cansancio entre los directores teatrales y el público, al quedar reducido a un simplismo costumbrista.
«Pygmalion», escrita por Shaw en 1913, no sería una obra tan enormemente conocida de no haberse llevado al cine y recreado como musical con el título de «My Fair Lady». Aún como «Pygmalion», nombre que las mitologías de Ovidio otorgan al escultor que se enamora de la mujer que ha esculpido y pide a los dioses que le den vida, llegó a la gran pantalla en 1938. En 1956, Lerner y Loewe la transformaron en el musical «My Fair Lady» para Broadway, y sobre esta versión en 1964 se haría la película protagonizada por Audrey Hepburn.
A lo largo de ese itinerario se fue edulcorando el drama de la florista de Covent Garden. Símbolo de esa mutación es el final. Shaw, testaduro en no dar convencionales colofones a sus obras, estableció que en la última escena Eliza Doolittle abandonara a su maestro de fonética y formas, Henry Higgins, para casarse con un joven pretendiente. Hollywood y Broadway, en cambio, sentaron una tradición de «My Fair Lady» en la que se sugiere una posible boda entre los dos principales personajes.
La producción estrenada ahora en el Old Vic londinense, de la mano de Peter Hall, ex director de la Royal Shakespeare Company y del National Theatre, recarga el potencial dramático de la obra, restituye su profundidad emocional y hace justicia a la talla intelectual de Shaw. A ello contribuye Tim Pigott-Smith con un Higgins infantil e irresponsable. Al principio incluso parece demasiado juguetón, pero pronto queda claro que esto es para destacar, como contrapunto, la fuerza interior y la dignidad de Eliza, interpretada por Michelle Dockery.
Shaw no sólo quiso mostrar que las damas elegantes eran meras floristas con acentos y maneras de clase alta, sino que transformar a una joven de baja formación y recursos en una dama podía ser algo contraproducente para ella y, desde luego, menos útil en su vida. Dicho en presente: ¿qué gana una chica normal de hoy al convertirse en mujer objeto, trofeo o florero o al salir en las revistas del corazón?
Eliza no acude a la consulta de Higgins porque le halague ser una señorita, sino porque considera que una mejor presentación por su parte le será útil para vender más flores. Peter Hall cree acercarse más al original de Shaw al presentar la lucha de la joven por su independencia, algo especialmente manifiesto en la segunda parte, en la que las continuas situaciones cómicas dan paso a la tragedia del dolor. Aquí el perdedor es Higgins, un caso terminal de paralizado desarrollo emocional, que sólo reconoce su amor por Eliza cuando ya es demasiado tarde.
12 de juny de 2008
EMILI J. BLASCO.
CORRESPONSAL. LONDRES
La nueva producción de «Pygmalion» en el Old Vic de Londres es un buen ejemplo del «revival» de George Bernard Shaw (1856-1950) que se está experimentando en el escenario anglosajón. El excesivo acento en lo que de cómico tienen las obras del premio Nobel de 1925 había extendido en los últimos tiempos cierto cansancio entre los directores teatrales y el público, al quedar reducido a un simplismo costumbrista.
«Pygmalion», escrita por Shaw en 1913, no sería una obra tan enormemente conocida de no haberse llevado al cine y recreado como musical con el título de «My Fair Lady». Aún como «Pygmalion», nombre que las mitologías de Ovidio otorgan al escultor que se enamora de la mujer que ha esculpido y pide a los dioses que le den vida, llegó a la gran pantalla en 1938. En 1956, Lerner y Loewe la transformaron en el musical «My Fair Lady» para Broadway, y sobre esta versión en 1964 se haría la película protagonizada por Audrey Hepburn.
A lo largo de ese itinerario se fue edulcorando el drama de la florista de Covent Garden. Símbolo de esa mutación es el final. Shaw, testaduro en no dar convencionales colofones a sus obras, estableció que en la última escena Eliza Doolittle abandonara a su maestro de fonética y formas, Henry Higgins, para casarse con un joven pretendiente. Hollywood y Broadway, en cambio, sentaron una tradición de «My Fair Lady» en la que se sugiere una posible boda entre los dos principales personajes.
La producción estrenada ahora en el Old Vic londinense, de la mano de Peter Hall, ex director de la Royal Shakespeare Company y del National Theatre, recarga el potencial dramático de la obra, restituye su profundidad emocional y hace justicia a la talla intelectual de Shaw. A ello contribuye Tim Pigott-Smith con un Higgins infantil e irresponsable. Al principio incluso parece demasiado juguetón, pero pronto queda claro que esto es para destacar, como contrapunto, la fuerza interior y la dignidad de Eliza, interpretada por Michelle Dockery.
Shaw no sólo quiso mostrar que las damas elegantes eran meras floristas con acentos y maneras de clase alta, sino que transformar a una joven de baja formación y recursos en una dama podía ser algo contraproducente para ella y, desde luego, menos útil en su vida. Dicho en presente: ¿qué gana una chica normal de hoy al convertirse en mujer objeto, trofeo o florero o al salir en las revistas del corazón?
Eliza no acude a la consulta de Higgins porque le halague ser una señorita, sino porque considera que una mejor presentación por su parte le será útil para vender más flores. Peter Hall cree acercarse más al original de Shaw al presentar la lucha de la joven por su independencia, algo especialmente manifiesto en la segunda parte, en la que las continuas situaciones cómicas dan paso a la tragedia del dolor. Aquí el perdedor es Higgins, un caso terminal de paralizado desarrollo emocional, que sólo reconoce su amor por Eliza cuando ya es demasiado tarde.