la vanguardia
1 de març de 2006
Ventura Pons continúa, con Jordi Puntí, su conversación con la obra de autores catalanes, tanto de narrativa como de teatro
Al indagar en diversos modelos literarios, Ventura Pons ensaya cada vez una nueva propuesta fílmica
IMMA MERINO
Con El perquè de tot plegat, adaptando quince cuentos de Quim Monzó pertenecientes al libro homónimo y a otros como L´illa de Maians, Ventura Pons inició hace doce años una aventura que aún continua: buscar inspiración en la literatura catalana contemporánea mientras ensaya diferentes estructuras narrativas y, mostrando la geografía de Barcelona, explora en la soledad, la incomunicación, el amor (o el deseo) y sus heridas. Abandonando las comedias moderno-costumbristas que practicó después de su gozoso debut como cineasta con Ocaña, retrat intermitent (1977), la aventura comenzó de manera brillante: cada cuento de Monzó, escritor trágico disfrazado de humorista, fue asumido como un reto que obligaba a buscar una solución (forma) diferente para su puesta en escena cinematográfica.
La película El perquè de tot plegat se inicia con el episodio La voluntad (dónde Lluís Homar quiere que una piedra hable: al final, desesperado, la tira y se oye un "pafff!") y acaba con otro llamado La duda en que Pepe Rubianes, mientras busca setas, encuentra un gnomo dispuesto a satisfacerle sus deseos: pero el buscador no sabe lo que quiere. En ese momento de cambio, pues, Ventura Pons afirmaba una voluntad (repensarse y renovarse como cineasta haciendo hablar en el cine el imaginario de la literatura catalana actual) y a la vez reconocía sus dudas ante su nueva apuesta. Aunque, colocada al final, esa duda hasta podía parecer retórica: el filme demostraba que Pons iba por buen camino. Así es que prosiguió la aventura, pero no dentro de la narrativa, si no yendo al encuentro de dos dramaturgos: Benet i Jornet y Sergi Belbel.
Empezó con el primero adaptando E. R con el título Actrius para declarar su amor al teatro (Pons le dedicó una década de su vida profesional antes de hacer cine) y homenajear a sus intérpretes: Espert, Sardà i Lizaran, observadas por Mercè Pons. Abordó después a Belbel para crear una especie de díptico con Caricies (con una estructura circular similar a La ronda, de Schnitzler) y Morir (o no), dónde siete historias independientes que acaban con una muerte tienen su reverso sin desenlace fatal. El período teatral acabó con un retorno a Benet i Jornet (Amic, Amat, título luliano contenido en Testament, la obra original) que pudo hacer pensar que, después de las estructuras un poco mecánicas de Belbel, Pons se reencontraba con personajes más complejamente vivos y diría que más humanos hasta en su crueldad. Con el cambio de siglo, Ventura Pons volvió a la narrativa y, al margen del sabroso paréntesis musical de El Gran Gato, ahí continua, habiendo sido infiel en una ocasión a la literatura catalana (pero no a Barcelona) adaptando a David Leavitt en Manjar d´amor (Food love), quizás su propuesta más pretenciosa.
Su encuentro con Lluís-Anton Baulenas, primero mediante el relato inédito Anita no perd el tren y después con Amor idiota, significó un cierto retorno a la comedia y, partiendo de novelas, una asunción de formas más convencionales y lineales. Ahora le ha tocado el turno a Jordi Puntí, mediante el cual Pons vuelve a jugar narrativamente entrelazando tres relatos de los seis que configuran Animals tristos.De hecho, dos de los relatos (Icones russes y Bombolles) ya están relacionados en el libro: el primero narra la relación adúltera deun hombre y una mujer que siempre se encuentran en una misma habitación de hotel hasta que ella descubre el porqué de la fijación de él (desde la ventana observa su propia casa) y lo abandona provocándole una crisis mientras su esposa está convaleciente de una operación de cirugía estética; el segundo se centra en la criada (ecuatoriana en el relato, mexicana en el filme) del matrimonio de Icones russes y en su novio peruano, que fantasea con acostarse con una mujer burguesa. Entre estas dos historias, poniendo en relación personajes de las tres y haciéndoles coincidir en espacios, se inserta Gos que es llepa les ferides,sobre una pareja que se desmorona a causa de una infidelidad, un tema común como el de la soledad herida.
Pons se sirve de un narrador omnisciente (que transfigura el punto de vista subjetivo de Gos..., pero está en los otros dos relatos) tan distante como redundante (respecto a lo visualizado) mientras el registro pasa de la comedia (a veces pasada de rosca hasta la caricatura) al drama, aunque da la sensación que, habiendo acentuado el humor, el vacío existencial que se respira en los relatos de Puntí se diluye en una cierta banalidad. Una sensación que no se contradice con el deseo de que Ventura Pons continúe su aventura.
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