www.abc.es
4 de maig de 2009
JULIO BRAVO
MADRID
Josep Ros Ribas fue uno de los fundadores del Teatre Lliure. Como él recordaba hace un par de años en la revista «Artez», eran «un grupo de actores, tres directores, un escenógrafo, un grafista y yo de fotógrafo». Corría el año 1976, y desde entonces Ros Ribas -su «nombre artístico»- se ha convertido en uno de los testigos fundamentales de la historia del teatro español. En el objetivo de su cámara han quedado atrapados muchos escenas de muchos montajes inolvidables, desde aquel «El público», de Lorca, que Lluís Pasqual puso en pie en el María Guerrero en 1987 hasta la «Antaviana» de Dagoll Dagom.
El Centro Dramático Nacional rinde homenaje al fotógrafo teatral y ha reunido un centenar de imágenes en una exposición montada en el teatro Valle-Inclán, y que estará abierta hasta el próximo día 31. Gerardo Vera, director del CDN, ha escrito que «las fotografías de Ros son una mirada lúcida sobre el teatro del mundo. No retrata, sino que se sumerge en lo más profundo, descubre, ilumina, desvela, lleva en la sangre el ritmo de la escena, crea espacios poéticos, capta la fugacidad y por encima de todo traspasa los límites de la técnica fotográfica y entra de lleno en el espacio de la creación teatral más absoluta».
«Nada es como es, sino como se recuerda», escribió Valle-Inclán; y en la exposición se recuerdan montajes de Georges Lavaudant, Mario Gas, Tomaz Pandur, Adolfo Marsillach, Gerardo Vera, Patrice Chéreau, Calixto Bieito, José Luis Gómez, Ángel Facio, Fabià Puigserver, Giorgio Strehler, Lluís Homar, José Carlos Plaza, Josep Maria Flotats, Deborah Warner, Alfredo Alcón, Álex Rigola, Peter Kupke y, naturalmente, Lluís Pasqual, compañero de Ros en los primeros balbuceos del Lliure, y que ha escrito: «Pep Ros es un grande de la fotografía. Cartier-Bresson decía algo que también Ros repite a menudo: «Hacer fotos no es nada. Solamente mirar, eso es todo». El placer de ese gran voyeur no consiste en hacer la foto, sino en haberla visto en el momento de disparar, como un cazador. La pieza cazada, como la foto revelada, es sólo el testigo de ese momento irrepetible, el que une el ojo al disparo».
4 de maig de 2009
JULIO BRAVO
MADRID
Josep Ros Ribas fue uno de los fundadores del Teatre Lliure. Como él recordaba hace un par de años en la revista «Artez», eran «un grupo de actores, tres directores, un escenógrafo, un grafista y yo de fotógrafo». Corría el año 1976, y desde entonces Ros Ribas -su «nombre artístico»- se ha convertido en uno de los testigos fundamentales de la historia del teatro español. En el objetivo de su cámara han quedado atrapados muchos escenas de muchos montajes inolvidables, desde aquel «El público», de Lorca, que Lluís Pasqual puso en pie en el María Guerrero en 1987 hasta la «Antaviana» de Dagoll Dagom.
El Centro Dramático Nacional rinde homenaje al fotógrafo teatral y ha reunido un centenar de imágenes en una exposición montada en el teatro Valle-Inclán, y que estará abierta hasta el próximo día 31. Gerardo Vera, director del CDN, ha escrito que «las fotografías de Ros son una mirada lúcida sobre el teatro del mundo. No retrata, sino que se sumerge en lo más profundo, descubre, ilumina, desvela, lleva en la sangre el ritmo de la escena, crea espacios poéticos, capta la fugacidad y por encima de todo traspasa los límites de la técnica fotográfica y entra de lleno en el espacio de la creación teatral más absoluta».
«Nada es como es, sino como se recuerda», escribió Valle-Inclán; y en la exposición se recuerdan montajes de Georges Lavaudant, Mario Gas, Tomaz Pandur, Adolfo Marsillach, Gerardo Vera, Patrice Chéreau, Calixto Bieito, José Luis Gómez, Ángel Facio, Fabià Puigserver, Giorgio Strehler, Lluís Homar, José Carlos Plaza, Josep Maria Flotats, Deborah Warner, Alfredo Alcón, Álex Rigola, Peter Kupke y, naturalmente, Lluís Pasqual, compañero de Ros en los primeros balbuceos del Lliure, y que ha escrito: «Pep Ros es un grande de la fotografía. Cartier-Bresson decía algo que también Ros repite a menudo: «Hacer fotos no es nada. Solamente mirar, eso es todo». El placer de ese gran voyeur no consiste en hacer la foto, sino en haberla visto en el momento de disparar, como un cazador. La pieza cazada, como la foto revelada, es sólo el testigo de ese momento irrepetible, el que une el ojo al disparo».