7 de maig de 2006
«De repente el último verano» De Tennessee Williams. Versión: Álvaro del Amo. Dirección: José Luis Sáiz. Reparto: Olivia Molina, Mariano Alameda, Susi Sánchez, Carmen Segarra, Cristina Juan, Borja Manero, Eva Pérez, Magda Labarga, Leopoldo Ballesteros. Teatro Valle-Inclán, Sala Francisco Nieva. Madrid, 4-V-2006.
Miguel AYANZ
Desprovista de la fuerza magnética, casi animal, con que el personaje de Stanley Kowalsky impregnaba «Un tranvía llamado deseo», carente también de la amargada conciencia autobiográfica de seres enjaulados que padecían Laura y Tom en «El zoo de cristal», el drama social «De repente el último verano» se apoya en la prosa de Tennessee Williams y en lo escabroso de su argumento. Lo que cuenta este texto de 1958, prohibido en España durante la dictadura y llevado al cine por Katharine Hepburn y Liz Taylor, es, aparentemente, el asesinato de un joven poeta de clase alta, hermoso y maldito. ¿Trasunto del propio Williams? Hay, sí, una intensa carga biográfica, aunque mezclada con la ficción y camuflada tras una densa simbología. Detrás del suceso, se descubre una perversión en el estío español de Sebastian Venable: rondar playas de muchachos, perderse con ellos. Hoy lo llamamos pedofilia. Pero la perífrasis, el abuso del eufemismo, la huída de la verdad en una época en que no todo podía decirse, lleva hoy a cierta sensación de antigüedad. Deficiente adaptación. En parte es defecto de esta nueva adaptación del Centro Dramático Nacional que firma Álvaro del Amo. Tantas veces se sobrescribe un texto que no lo necesita por cobrar unos derechos, y otras, es el caso, la versión se queda corta. Es incomprensible que se mantengan personajes en escena que apenas tienen una frase. Como lo es alargar el dilema de la joven Catalina Holly, testigo del asesinato: ¿debe hablar o callar? Sólo se justifica en el monólogo final arrebatado en el que Olivia Molina demuestra tanto que tiene ganas y carácter, como que le falta aún un poco -con todo, su trabajo es estimable-. Pero el camino se hace tortuoso. Sólo la señora Violeta Venable (Susi Sánchez, la mejor del reparto como una digna dama de rancio abolengo), lucha por la reputación de su malogrado hijo, o por la suya, en definitiva. El resto es vacío, intereses monetarios y subtramas prescindibles. Aproximarse a una pieza así desde el naturalismo es una invitación al sueño. Prometía José Luis Sáiz, veterano en el CDN -con Lluís Pasqual fue ayudante de dirección- y en otras lides desde hace años, una lectura nueva. Cumple los diez primeros minutos, con un arranque onírico, rupturista: música contemporánea, sangre fosforescente que resbala por la escenografía -una especie de cantera, aunque no se sabe muy bien a qué responde el orden o desorden- y un coro de médicos que aterrorizan, en una pesadilla de lobotomía, al doctor Cukrowicz (un Mariano Alameda que lo intenta hasta el desnudo). Son los demonios del propio Williams, que sufrió por la operación que le realizaron a su hermana. Después, despierta el doctor y asistimos a dos horas de clásico naturalismo. ¿Dónde queda la experimentación? El resultado, un largo y gélido montaje. ¿El penúltimo?
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